Lo primero que le asustó fue no reconocer dónde estaba. El bosque a su alrededor se parecía a cualquier otro bosque en el que hubiera podido perderse y, aunque estaba seguro de que alguien con mucho tiempo libre habría podido decirle si este o aquel árbol eran de este o de aquel tipo, que si aquellas flores eran autóctonas de aquí o de allá, a él ni le importaba ni le interesaban esas cosas. Sólo sabía que allá donde le alcanzaba la vista solo era capaz de ver árboles y más árboles, troncos, flores, ramas y arbustos. Ningún camino, ningún rastro de que estuviera en una zona medianamente transitada. Sus rodillas y brazos estaban llenos de hojas y tierra, así que debía haberse caído en algún momento. Tal vez la caída era lo que le había devuelto al aquí.
Lo que le aterrorizó era que no recordaba cómo había llegado ahí. Por el dolor de sus piernas y de su pecho debía haber llegado corriendo. Su respiración, poco más que un jadeo discontinuo, y el tronar de los latidos de su corazón en sus oídos le indicaban que había ido a máxima potencia hasta que, probablemente, había tropezado. Había corrido hasta que no había podido más pero… ¿por qué? ¿Qué había sucedido?
- Otra vez no… Vamos, vamos… Piensa. Recuerda. ¡Recuerda, maldita sea!-su tono fue creciendo en volumen e impaciencia al mismo tiempo que, aún con las piernas temblando, se sentaba sobre las raíces de un gran árbol. No confiaba en sí mismo para mantenerse en pie y tal vez pudiera respirar hondo hasta tranquilizarse y recuperar la calma. Casi como un acto reflejo llevó las manos a uno de sus bolsillos y algo muy dentro de sí se tranquilizó un poco al sentir su desgastada baraja de cartas. Su perdida, o mas bien robada, baraja de cartas.
Aquel día, tras dar un paseo solitario por los alrededores de los dormitorios y haber vuelto a su habitación, había descubierto que alguien había entrado en su habitación y las había robado. Casi sin esfuerzo su mente había formulado la imagen del pesado adivino de la clase, con su rostro siempre inexpresiva y su voz neutral. En un primer momento no había sentido más que una terrible curiosidad por sus habilidades, pero su relación con algunas personas había hecho que sólo fueran de mal en peor, hasta el punto en el que pensar en él era suficiente para hacerle hervir la sangre. Además, tenía la impresión de que sabía o intentaba saber algo sobre él. Había notado como rehuía el contacto con él y con cualquiera cosa que sus manos hubieran tocado, y le parecía haber oído en los pasillos que era parte de su naturaleza mágica. Cuando aún estaba interesado en él había investigado todo lo sutilmente que había podía.
Al parecer había llegado a la academia hacía cosa de dos o tres años y se había convertido en el Buddy de Luca, un peliverde conocido por saltarse todas las clases y normas posibles y con fama de problemático. Callado e introvertido, no había hecho muchos amigos al principio, ocupado en cosas como sobrevivir a los problemas que su Buddy le provocaba y evitando a toda costa el contacto físico con la gente. Era un chapuzas incapaz de hacer el hechizo más simple bien, pero aparentemente tenía un don para la adivinación. Visiones, tarot, lecturas mágicas y de manos… Si era adivinación o similares, Andreas era tu hombre. Había podido, muy a su pesar, admirar su habilidad en el tema en alguna de las lecturas que hacía cuando tenía tiempo libre a los demás, aunque al parecer dichos favores habían empezado a ocurrir hacía poco por culpa de que algo de su pasado le había bloqueado todo aquel tiempo.
Entendía, hasta cierto punto, el sentimiento. Sentirse bloqueado, atrapado, por culpa del pasado… o de la inexistencia de dicho pasado. Lo había intentado tantas, tantas veces, que sabía que era imposible. Su pasado se había perdido, se había olvidado. Había preguntado a las cartas tantas veces y tantas veces le habían dado respuestas confusas, contradictorias, vacías. Diez minutos podían ofrecer dos lecturas completamente diferentes; dos horas, veinte; una semana, mil repeticiones sin sentido. Tantas que ya había dejado de preguntar. Era evidente que algo había porque era consciente de que a veces recordaba cosas, conceptos, acontecimientos… pero era todo tan abstracto, tan inalcanzable que estaba destinado irremediablemente a volver a olvidar. Era el sentimiento más sobrecogedor que había sentido nunca, y sabía que había mirado a la muerte a los ojos varias veces.
Aquel mismo día sin ir más lejos, ella le había contemplado con una expresión vacía y había estado dispuesta a, como mínimo, dislocarle ambos brazos. La odiaba irremediablemente: preciosa, misteriosa y tenebrosa a partes iguales. Ni siquiera la conocía más allá de saber que su nombre era Shara, que era de algún lugar no muy agradable fuera de Gedonelune y que estaba en una maravillosa y perfecta relación con Azusa Kuze. A él le temía casi tanto como a ella la odiaba, aunque de él tenía incluso menos información. Su cuerpo se negaba a acercarse cuando él estaba cerca, su cerebro gritaba cuando éste sonreía y su magia se descontrolaba tan pronto como le veía levantar una mano para escribir en aquella compleja caligrafía de Hinomoto. Cada vez que los veía juntos algo se revolvía en su interior, sentía ganas de llorar, gritar y vomitar al mismo tiempo, y sólo podía preguntarse por qué pasaba aquello. ¿Por qué? Y tal vez lo hubiera descubierto si Andreas no fuera el mejor amigo de Shara y, por tanto, recelara de él tanto como de la exótica pareja.
Se frotó distraídamente la mano derecha, sintiendo aún el zapato de ella sobre ésta. Había visto sus ojos muertos y se había estremecido ante las palabras que habían salido de sus labios, pero no había sido capaz de sentir miedo. No tal y como él lo conocía, al menos. Había sentido una lejana rabia, una fuerte impotencia ante la situación, pero sobre todo… una segura indiferencia. Por algún motivo no se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que genuinamente pudiera morir. Morir… ¿Había muerto antes? ¿Estaba muerto ahora mismo? ¿Era todo una gran locura… o sencillamente se había vuelto a perder? Perder… Perdido. Se había perdido. Algo hizo clic en su cabeza.
Iba a volver a desaparecer, perderse, ser olvidado.
¿Cuántas veces había olvidado? ¿Cuántas veces había cambiado de mundo? ¿Cuál era su verdadero mundo y cuándo volvería allí? ¿Quería volver? ¿Había algún lugar en el que alguien le estuviera echando de menos? ¿No podía evitarlo de alguna manera? Estaba cansado de desaparecer, de ser olvidado.
Las mil preguntas que rondaban su mente se entrelazaban en una espiral del horror más absoluto, más frío y más desgarrador que nadie pudiera jamás experimentar. A día de hoy, cada vez que experimentaba aquel estado era incapaz de describirlo fielmente. No había lágrimas o sonidos que pudieran expresar aquello. Tal vez su propio olvido era una forma de sanar, de no tener que enfrentarlo una y otra vez. Si pudiera controlarlo, si pudiera impedirlo, si aquel cosquilleo mágico no le envolviese y si su magia no hiciera que aquel bosque parecía irreal y falso…
Una mariposa se posó sobre su nariz, revoloteó a su alrededor y durante unos segundos le pareció lo más real que había visto jamás. Un pensamiento tan simple que tranquilizó su espíritu y le hizo dejar escapar una risa que sonaba lejana y extraña en sus labios. Unas manitas pequeñas y pálidas, con las uñas pintadas de rojo y tapadas con una tela que sólo dejaba al descubierto sus delgados dedos aparecieron entonces desde su espalda, unos segundos antes de sentir cómo era abrazado hasta el pecho de alguien que debía tener más o menos su estatura.
- Estoy aquí, Lex -susurró una voz tranquilizadora a su espalda, cerca de uno de sus oídos-. Escucha mi voz. Agárrate a ella. ¿Sigues conmigo?
- Sí… Sí-se atrevió a contestar, aunque no estaba seguro de saber qué le estaba pidiendo que hiciera. Vagamente se preguntó cuándo se había levantado y alejado del árbol, pero bien podía haberlo hecho sin darse cuenta durante el breve momento de pánico.
- Si te asustas sólo ocurrirá más rápido-siguió la voz-. Tienes que calmarte, respirar hondo. Estoy aquí. Estás aquí. No vas a ir a ningún sitio.
- Dime que no me dejarás-susurró, levantando una mano para entrelazar los dedos con los de aquella mano. Tan delicada, tan suave. Tan real.
- No te dejaré marchar. Te lo prometo. Por eso estoy aquí…
Ambos estuvieron en silencio unos minutos, acompasando ambas respiraciones. Unos cuatro, cinco minutos después, el bosque parecía volver a ser real, volvía a sentir que estaba donde debía y el miedo había desaparecido.
- Ya estás mejor-dijo la voz, que de pronto le hizo un nudo en la garganta. No era una pregunta.
- Nunca habías hecho esto antes. Esto… Nunca había funcionado así.
- Eso es porque te gusta este mundo-repuso con calma-. Has hecho amigos. Has encontrado realidad-su mente formó una imagen de Bonnie sonriendo.
- No es lo que quiero. No… No funciona así.
- Lex… Llevas dos años con esto. No puedes seguir así… Te volverás loco.
- ¡Ya lo estoy! ¡No me importa! -las manitas temblaron y le sintió encogerse-. Lo siento. Lo siento, no quería gritarte. Es que…
- No importa… Está bien. Estás bien. Cuando lo olvides, todo ir–
- No quiero olvidar. No quiero olvidarte… No quiero que te vayas otra vez.
La voz pareció dudar sobre qué decir. El tiempo se acababa y ambos lo sabían. El mayor se giró entonces para verle. Estatura aproximada, tez pálida, unos ojos de un claro lila enmarcados por unas largas pestañas y con una perpetua expresión de infinita tristeza. Su pelo estaba delicadamente recogido, de un color grisáceo en las puntas pero algo más azulado cuanto más se acercaba a la raíz. Tan triste, tan bonito, tan real… Levantó una mano para acariciar su mejilla con la suavidad con la que uno acaricia algo hermoso pero frágil, con el temor de quien teme romper un momento mágico o espantar a alguna criatura asustadiza. La caricia hizo que sonriera muy suavemente, aunque como siempre la sonrisa no alcanzaba a sus ojos.
- Serás feliz aquí, Lex-susurró, levantando una de sus manos para colocarla sobre la que tenía aún en su mejilla-. Yo quiero que seas feliz.
- ¿Sin ti?
- Me olvidarás. Siempre lo haces.
- ¿Y cómo seré feliz si me falta algo que no sé que es?
Hubo otro silencio, este mucho más breve, antes de que el otro diera un paso atrás, susurrando:
- Tengo que irme.
- No lo hagas.
- Se acaba el tiempo. Ya has empezado a olvidar… -sonrió de nuevo, siempre tan triste.
- Por favor, no me hagas esto-avanzó el paso que el otro había retrocedido, sintiendo un nudo en el estómago.
El más joven de los dos se acercó un segundo, dejando un suave beso en la comisura de su labio y una caricia en su mejilla.
- Sabes que no puedo hacer nada más, Lex… Sólo observar… Pero te prometo una cosa.
- No, no lo digas.
- Nunca podré olvidarte y pase lo que pase…
- Tsukasa, por favor, por favor, no lo digas…
- …te quiero-ambos susurraron a la vez aquellas dos palabras, como una secreta súplica, un sueño inalcanzable.
Un bosque, lleno de árboles de a saber qué tipo y sin vistas de civilización cerca. ¿Dónde demonios quedaba la academia y cómo había llegado ahí?
- Genial, Lex. Va a hacerse de noche y tienes la orientación de un murciélago afónico-masculló de mal humor-. Como no llegue a los dormitorios antes del toque de queda me van a matar. ¿Por donde voy?
Una mariposa dorada revoloteó a su alrededor, posándose sobre sus labios y haciéndole cosquillas. Una genuina risa se le escapó al mismo tiempo que las lágrimas le empañaban los ojos. Cuando levantó una de las manos para restregarse uno de los ojos húmedos, la mariposa alzó el vuelo y echó a volar en una dirección.
- Joder, y ahora lloro. ¿Qué mierdas me pasa hoy?
Una vez secados los ojos, decidió buscar el camino de salida. Eligió el camino por el que la mariposa había desaparecido y, aunque no la llegó a volver a ver, sí encontró la forma de volver.