act one
여기 우리는 모두 미쳤습니다.
Érase una vez, un hombre que estaba hecho de agua pero que olía a fresas y tulipanes, vivía bajo las laderas de grandes montañas hechas de cristal y lapislázuli, en ella se hallaban sus más grandes sueños y anhelos que nadie podía desenterrar solo si tenías la llave de su alma. Él creía en las fuerzas superiores y desconocidas que lo miraban constantemente, eran cientos de ojos que se estaban escondidos en los arbustos o hasta en lo más insignificante, pero no le temía, sentía que los resguardaban de sus propios demonios, aquellos que, estaban hechos de niebla que perturbaban su mente de vez en cuando. Pero estaba solo, tanto que la montaña no era tan azul como de costumbre, su olor desaparecía y sus sueños también, el hombre no era feliz.
Un día, toc-toc, llamaron a su puerta, había un regalo especial : una chaqueta de cáscaras de bananas. ¡Él odiaba las bananas! Extrañado por aquel paquete y presunto ‘’regalo’’, lo tomó para tirarlo, pues había sido un malchiste. Sin embargo, para su sorpresa, apenas tocó la peculiar prenda, una fuerza mágica de inmediato hizo que sin un esfuerzo siquiera, se aferrara tan pronto había sido agarrada a el torso del muchacho que con disgusto intentó quitarsela.
‘’¡No puede ser!’’ Exclamó. ‘’Está hechizada’‘.
Por más que jaló y jaló de ésta, no se podía desprender de su cuerpo. Tenía que hacer algo, no podía quedarse así. Furioso, decidió emprender marcha en su auto para ir en búsqueda del brujo del pueblo, quien podría decirle cómo deshacerse de ella y además, averiguar quién pudo haber hecho tal cosa. Cuando prendió el motor e intentó hacer los cambios pero, en eso había una barra de chocolate, extrañado y muy hambriento, la tomó dibutativo si probar ¿y si estaba envenenada? y es que no podía confiar después de lo sucedido. Suspiró y leyó antes el envoltorio plateado donde decía, cómeme si quieres andar. Frunció el entrecejo, no sabía si lo que estaba haciendo estaba bien, o algo, le pareció demasiado raro pero lo hizo. Sacó la envolutura y al ver un poco de chocolate, lo mordió dando un gran bocado y apenas lo hizo el auto comenzó a andar mágicamente aunque lo hizo rápido sin previo aviso que terminó sin poder tener el control del vehículo.
¡El chocolate era la clave! Asustado gritó por la carretera, intentando hacer maniobras con el manubrio para volver andar en recto y no zigzagear. Lo peor es que una vez que había degustado de ello, no podía detenerse, era una adicción o no sabía si era un embrujo. Al no poder controlarlo, se desvió por el pastizal y los jardines de sus vecinos arrasando con todo a su paso incluido con ropa tendida que terminó obstruyendo su visual, pedía disculpas pero las personas que lo comenzaron a ver del pueblo, se reían de él, por su traje, por su boca llena de chocolate, y el descontrol del vehículo. Otros lo veían disgustado, asustados, decepcionados. Hace mucho que no bajaba de la montaña, y cuando lo hizo, dio tal espectáculo. Ahí es cuando se dió cuenta de lo que pasaba, no era la gente, no era un embrujo, era él.
Sin más nada que hacer, con el corazón en la mano gritó ‘’¡BASTA! ‘’muy alto cerrando sus ojos para abrir paso a las lágrimas. El auto se detuvo de inmediato en seco, en mitad del camino.
‘‘Basta...porfavor, basta’‘
Sacó todo el dolor de su pecho, dejó de escuchar a las sombras, y pensó en aquellos días donde él era feliz en compañía de los demás. Se echó a llorar sin fuerzas nisiquiera de golpear. No estaba bien, no podía seguir alejándose de todos, debía volver a sus colores, a lo que era, a su esencia. Apenas se recuperó un tanto, notó que la chaqueta ya no estaba y que en lugar de chocolate había un tulipán azul. Todos en el pueblo estaban frente al auto vestidos estrafalariamente, como le gustaba, lleno de vívidos colores, esperando con una sonrisa junto con el brujo del pueblo que estaba de los primeros abriendo sus brazos enormemente. El hombre bajó del auto, con extrañeza, no había nada desastroso alrededor, todo estuvo en su mente.
‘’¡Bienvenido de nuevo, Kim!’’ Exclamó el viejo brujo para acercarse a él y darle un abrazo. ‘’Te extrañamos’’. El hombre ahora ya no lloraba de tristeza, sino que de felicidad, y la montaña era azul, tan tan azul como antes, así como todo en su pequeño mundo donde comenzó a florecer nuevamente.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.














