La vieja con el tatuaje tumbero y la plaza de la descomposición.
Supongo que en mi vida no voy a terminar nunca sabiendo todo lo que quiero; estoy malditamente delimitada por mi particularidad, cuando mi anhelo, es el universo, entero, y su infinidad de pequeñas contradicciones.
[odio que la deconstrucción de mi psiquis termine inevitablemente en la relación que tengo con mi madre, sus problemas irresueltos, y su manejo de la angustia que consiste básicamente en depositarla en mí.]
El otro día en el tren había una chica que tenia los ojos cansados, los cachetes muy redondos, y unos tatuajes muy feos en la muñeca, pero resulto que estos eran para tapar un montón de cicatrices. Tenía más de 10 cortaduras y sobre ellas la frase “Se fuerte”. Lo primero que pensé fue: es un poco ridículo hacerse el fuerte, cuando la esencia del humano es la fragilidad y la inestabilidad. No es que quería juzgarla, en realidad, me sentí identificada un poco, no sé. Aunque, a diferencia de la chica de cachetes, yo no quiero tapar mis cicatrices, a mi no me molestan. Son como pequeños trofeos que gane gracias a entender que todo el dolor pasa, que todas las heridas se curan y lo que queda es experiencia, historia. Lo que me molesta es la gente. Por lo general, no están tratando de hacerte sentir incómoda. Bastante a menudo, sólo están buscando algo qué decir; realmente no quieren saber por qué tengo cicatrices, sino que lo hacen por decir algo. Sin embargo, me quedo atorada buscando una respuesta. Una respuesta que deviene en mentira, insalvablemente.
Yo sí quiero ser fuerte, y no me quiero esconder.
Me encontraba bailando sin parar. Sí, bailando, como una desaforada. Era como que estaba siendo feliz, así, saltando en el baño en pijama. No podía parar, porque si lo hacia, el peso de la realidad me iba a hacer caer, pero no iba a ser cualquier caída, iba a ser la peor de todas. La de que no estés.
A veces creo que todo esto que me estas haciendo sentir (que en un punto es re lindo) va a degradar en un final terrible, que no voy a poder manejar. Como la angustia, y el dolor incorpóreo, amorfo. ¡Ay, los sinsentido! Como las agendas que me compro y nunca uso porque no les encuentro utilidad; como la remiseria donde empezó todo; como caminar en la calle sin mirar a donde estoy pisando por estar escribiendo lo que nunca te voy a decir; como los títulos que no concuerdan con los relatos; como la inútil imposición de ponerme en el lugar de otro, cuando apenas puedo ser yo, y a veces ni siquiera puedo ponerme en mi lugar; como los desencadenantes, que suelen ser los más pequeños y superficiales pero terminan por desatar llantos sin consuelo en almuerzos que no terminan nunca; y como la contraposición interminable entre teoría y praxis, igualdad y libertad, universalidad y particularidad.
Supongo que no me vas a hablar y, menos, pedir que salga con vos, así que mejor me dejo de escribir.
No tiene mucho sentido, pero ¿qué tiene sentido?