Parecía que estaba pisando tierra firme. Al principio daba pasos cortos pero certeros, por si algo se derrumbaba o por si algo se caía de repente. Poco a poco, con el paso del tiempo, fui pisando con más seguridad, con más confianza. Hasta que al final terminé caminando con más rapidez, incluso empecé a correr. Reía y saltaba sin miedo a que esa tierra firme que estaba pisando terminase por desmoronarse algún día. Nadie podía rompernos. Estaba erguida y firme. Preparada para cualquier pelea.
“¿Qué puede pasar?” pensé. “Todo aquí va bien, puedo ser libre sin destruir nada y sin que nadie me destruya”, pensé. Porque todo iba relativamente bien.
De repente, sin pensarlo, sin quererlo, sin permitirlo siquiera, di un salto y el suelo empezó a temblar. No era consciente, pero la guerra sólo acababa de empezar.
Empecé a toser, porque el polvo que se levantaba desde el suelo me ahogaba. Miré a mi alrededor para ver qué estaba ocurriendo. Absolutamente todo estaba desplomándose frente a mis ojos.
El suelo se partió en dos y todo empezó a caerse poco a poco, trozo a trozo. El tiempo parecía ir más lento. El suelo pasó a ser inestable conforme todo impactaba contra el mismo robándole así el equilibrio a todo el mundo.
Recuerdo que la gente gritaba a todo pulmón, lloraba y también se preguntaba qué era lo que estaba pasando.
Yo sólo extendí mis brazos y me cubrí el pecho sin saber muy bien qué era lo que debía hacer.
Hasta que caí y pasé a estar en un agujero del que ya no podía -ni puedo salir-.
Estoy debajo de todo, al fondo, muy al fondo. A kilómetros de distancia de la realidad.
Cierro los ojos con fuerza y ejerzo más presión sobre mi pecho porque no deja de doler, porque el dolor no cesa y parece que no tiene pensado cesar en ningún momento.
Cada vez que abro los ojos para ver qué pasa veo a todo el mundo a mi alrededor intentando sacarme de aquí. Me tienden la mano y me preguntan cada dos por tres si estoy bien. No, no estoy bien. Estoy en un maldito agujero que no tiene ningún tipo de salida y que no para de consumirme cada día más.
Sé que éste es el final, pero no entiendo por qué todo sigue doliendo, por qué el agujero se hace cada vez más grande y más oscuro. Soy consciente de que no puedo más. Así que lo único que me queda es gritar. Grito, una y otra vez, hasta quedarme sin voz. Hasta que todos dejan de oírme y es ahí cuando el silencio empieza a jugar conmigo en mitad de éste tablero.
Mi pecho sigue comprimiéndose y mi garganta empieza a secarse, el aire deja de entrar en mis pulmones.
Noto como mi corazón va latiendo cada vez más despacio, dejando suaves punzadas mientras el oxígeno intenta recorrer las venas de mi cuerpo.
Ya no soy capaz de mantener los ojos abiertos. Porque la realidad duele menos cuanto menos peso cargan tus ojos.
Toda la gente va desapareciendo, todos han dejado de hablarme y se ha terminado. Estoy donde nunca quise estar, revolviéndome en mi propia basura. Es real.
Todo, absolutamente todo, ha dejado de tener sentido. Poco a poco pequeñas imágenes en movimiento pasean alrededor de mi cabeza, invadiendo por completo mi mente; envenenándola. Y recordándome que estaría mejor en cualquier otro lugar. Ojalá estuviese en un lugar diferente.
Pero no hay vuelta atrás, no existen máquinas, métodos ni sustancias químicas que me ayuden a frenar o a retroceder en el tiempo.
Todo ha pasado a ser demasiado malo para ser bueno. No hay un equilibrio porque en ésta montaña rusa sólo existen los extremos.
Doy dos pasos hacia adelante y tres hacia atrás.
Las imágenes se van tatuando en mi cabeza de una manera lenta, tan lenta que se ha convertido en una de las mejores torturas del siglo XXI. Se clavan en mi cerebro obligándome a recordar cada momento una y otra vez. Me fuerza a revivir todas y cada una de las escenas que consiguieron destrozarme, hacerme cachitos.
Todo mi pasado vuelve de golpe para abofetearme y recordarme que simplemente salí de un agujero para meterme en otro que es aún más profundo.
Así que sólo quedo yo, mi agujero, mis pensamientos, mis imágenes, mi cabeza y los intrusos que ofrecen métodos para dormirme de una vez por todas. Y es que las pastillas no dejan de hablarme.
No hay nada más, no tengo nada a lo que pueda aferrarme aquí. Porque da lo mismo que mis heridas vayan sanando lentamente, siempre volverán a abrirse. Mis manos se manchan y da igual si llevo varios días sin comer.
Mi cuerpo va cicatrizando a media que las heridas se van marcando más. No importa si veo o no. De todas maneras nunca pude hacer nada a ciegas.
Ya no importa cuánto pesa la culpabilidad ni cuánto mide la desgracia.
Sólo me queda esperar el final o la próxima catástrofe.
— Lizzie Lob | Delirio con letras.