Te extraño...
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Te extraño...
Ahora recuerdo la primera vez que te reíste y las ganas que me dieron que se me ocurra un chiste, ¿Cómo van a convencerme que la magia no existe?
Wos
Ibuprofeno emocional
¿Qué onda la gente que responde cada 8 horas como si fuesen un ibuprofeno? Dosis cada tanto, efecto rebote... y después, el silencio.
¿Para qué hablás si no vas a hablar? ¿Para qué arrancás una conversación si la vas a abandonar a mitad de camino, como si no importara?
No somos robots. No somos notificaciones que podés silenciar. Y no, no es ansiedad. No es intensidad. No es que uno “espera demasiado”. Es que vos ofrecés poco. Y ni siquiera eso lo sostenés.
No te estoy pidiendo que me escribas cada cinco minutos. Te estoy preguntando por qué empezás algo que no vas a continuar. ¿Por qué saludás si no querés hablar? ¿Por qué volvés si no pensás quedarte? ¿Por qué tanta gente se volvió fanática de hacer perder el tiempo?
Y no me vengas con que “estás ocupado”. Todos lo estamos. Pero el que quiere, se hace el tiempo. El que no, manda un mensajito cada ocho horas… justo cuando el hilo ya se está por cortar. Para no quedar tan mal. Para mantener tibia la conexión. Para no cerrar del todo, pero tampoco apostar.
Mediocridad afectiva en su máximo esplendor.
Y no es solo cosa de hombres, ¿eh? También lo hacen muchas mujeres. Es una plaga moderna: gente que no quiere perder, pero tampoco sabe ganar. Gente que quiere “mantenerse en contacto”, pero no conectar. Gente que prefiere ser cobarde antes que clara.
Y ya fue. No quiero ibuprofenos. Quiero vínculos con nombre y presencia. Conversaciones con ida y vuelta, no con lag mental. Prefiero una verdad cruda a un “hola, ¿todo bien?” cada 10 horas. O peor: una respuesta como si no hubiesen pasado 10 horas desde la última. Como si nada.
Gracias, pero no. Mi tiempo no es de entrega programada. Mi atención no es para gente a medio cargar. Y mi interés, menos.
Fer
Algún día encontrarás un corazón que esté a la altura de tu amor propio.
Tony E. A. Un corazón digno.
Quisiera detener el tiempo,
bajarme del tren de la vida,
olvidarme del vagón en dónde iba
y bailar con mis sueños.
Sentir que cada segundo cuenta
como el primero,
como el único,
sin retornos,
sin arrepentimientos.
Sólo siendo y reconociendo
la grandeza de cada momento.
Que la vida es eso que sucede
mientras siento la brisa fresca,
mientras sonrío sin precedentes,
porque lo único que importa es mi presente.
Quiero abrir mis alas
sin pensar en el mañana,
suspirando profundamente
y volver a comenzar
cuántas veces lo necesite.
•L
Acepto y abrazo cada imperfección. Soy mi propio poema, mi propia canción, mi propia revolución. Soy una obra maestra en constante evolución.
He madurado por dolor, no por edad.
VII.
He nadado en aguas más profundas y menos densas, más claras y más completas. He caminado sobre piedras y con un cristal entre ceja y ceja. He soñado, y por un momento el mundo parecía más seguro. He gritado porque no dejaba de tragar humo.
Se ha quemado y aquí nadie está recomponiéndose. Se ha resquebrajado y nadie está defendiéndome. Se ha roto y todos parecen estar riéndose. He salido, a rastras y casi completa, en pedazos pero buscando piezas. He crecido, sin un muro de contención, con cautela y vehemencia. He sobrevivido, poco a poco, despacio y con destreza.
— Lizzie Lob | Delirio con letras.