Me he perdido. A mí misma, a mi conciencia, a mis ganas de sonreír sin motivo, a mi ausencia de dolores de cabeza, a mis problemas irrelevantes, a mis pasos de bailarina por la ciudad de los sueños despierta. Me he perdido a mí, por ti, por la ciudad que gira entorno a estas palabras, me he perdido sin retorno, sin hilo de oro del que tirar, me he perdido en este puto otoño frío, de demasiadas hojas en el suelo, de demasiadas pocas palabras en los labios. Me he perdido, y solo tengo ganas de llorar, de zambullirme en la noche profunda, de perderme más todavía, de ser ya inalcanzable para nadie, de no aferrarme de absolutamente nada más. Me he perdido, y no sé encontrarme, y no sé si quiero encontrarme, y no sé si querrán encontrarme. Me he perdido, y el sabor es amargo, exigente, frío, frágil, contundente, como sabe el darte cuenta de que has leído demasiado, como saben los finales que no empiezan, como sabe la vida que no vas a vivir. Me he perdido, y no quiero querer ayuda, no quiero querer manos, no quiero querer más lágrimas; me he perdido, y me quiero querer de vuelta, pero no me quiero querer aquí.