Sigue lloviendo. Me ofrecí a comprar chocolate para ver la peli de Black Mirror de la que todxs hablan. Abro la puerta, bajo el escalón y salgo. En la calle de mi casa de la infancia hicieron el infame cambio de faroles ámbar a leds blancas, algo que me esfuerzo por omitir y forzarme a ver el asfalto con reflejos dorados.
Las gotitas me empiezan a oscurecer la remera. La lluvia de verano es magnética. Cruzo la calle y me dirijo al Palmeiras, un kiosco que queda doblando en la próxima esquina. La ciudad está quieta. Casi no pasan autos por Galarza. Me costó tiempo, o un ejercicio de extrañamiento, pero Galarza, la calle que intersecta a la calle de mi casa de la infancia, es realmente espantosa. A esa altura ya empieza a hacerse evidente la decadencia de las heladerías del centro y las tiendas de ropa boliviana, y la Galarza se prepara para convertirse en eso que se pierde con el correr de los semáforos, los autos de picada los sábados, el 24 horas de la terminal, la desembocadura frente al cementerio.
Ahora no anda nadie. La mamá del Wasa me saluda desde la cervecería que abrió el año pasado en donde solía estar la verdulería de Robles. El viejo Robles andaba con la Rosi, que era una gorda con tetas enormes y fácil veinte años menos. Tenían muchas hijas mujeres y todas atendían la verdulería. Un tiempo antes de cerrar, habían puesto un local de comida rápida que se llamaba Rosi. Un día volví y ya no estaban. Ahora está la cervecería. Me saluda la mamá del Wasa desde la caja y me saluda también su hermanita de ocho años, y yo, chorreando, sigo camino al kiosco de la esquina a ver si tienen un Cofler Block doble.
En el Palmeiras hay dos pibes charlando con el chico que atiende. No lo conozco. Mejor, porque cuando los conozco siempre son los mismos caras de verga. A esos los tengo de hace décadas y siempre me saludan como si no me conocieran. Son muy caras de verga. Por eso me alegra no conocer al pibe. Miro lo que hay en un mostrador y le pregunto:
-¿Eso es lo que tenés de chocolates?
-Eso o menos -me responde y nos reímos. Lo que no sé es que era en serio.
-Un Cofler Block, de los dobles -le pido.
-Cofler me quedan dos Shot chiquitos -me contesta, sacándolos de una heladera para mostrarme.
Le agradezco y le digo que no, que somos cuatro y dos shot no alcanzan. Le digo que voy a ver si consigo en otro lado. Me río, soy simpática. Él se ríe también y me desea suerte.
Vuelvo a salir. Encaro para El Elfer. El Elfer es un kiosco que en realidad se llama El Fer, tiene en la puerta un toldo amplio y un cartel de esos verticales que dice muy claro: “EL FER”. Pero en la ciudad todo el mundo dice “El Élfer”, con tónica en la E, un devenir grotesco pero que se acata, porque nadie sabría a qué te referís si decís que vas a “El Fer”. El Elfer tiene abierto hasta tarde y, aunque es bastante carero, es la mejor opción en un rango de tres cuadras para conseguir un chocolate.
Cruzo de vereda para no pasar por la cervecería otra vez. Es increíble la cantidad de locales de ropa que hay en la ciudad. El viejo lugar de computación donde comprábamos jueguitos ahora es un local de ropa. Al lado y enfrente también, locales de ropa. En la esquina de casa, el local de electricidad que estuvo por décadas ahora es un local de ropa. El gimnasio de la cuadra siguiente está abierto todavía. Se escucha un techno cabeza y arengas en voz de mujer saliendo del Power Gym. Adentro un puñado de minas saltan sobre patas de canguro con luces láser.
En la heladería de al lado quedan los empleados. Posta la ciudad está re tranquila. Las gotas se me escurren por los brazos. Está hermosa la lluvia para chapotear un rato, pero no tengo ojotas. Así que a los charcos los salto. Pienso lo que amaba las lluvias de verano, las cosas que me había armado para sentirla en serio, por todo mi cuerpo. Alto dispositivo.
Hace como diez años ya. No, diez no, pero capaz sí once o doce.
Me iba arriba, ponía discos de lluvia, jugaba con emuladores de consolas que nunca tuve. Bancaba un rato la toma. Cuando todos se acostaban, yo me sentaba en el alféizar de la ventana y me quedaba ahí, mojándome, viendo la gente pasar. Me divertía que no me vieran, porque la gente no mira para arriba cuando anda por la calle y mucho menos si llueve.
A veces me veían amigos. Amigos de amigos, que venían de juntarse en una casa un par de cuadras para arriba por la calle de casa. Yo también a veces me juntaba en esa casa, y los saludaba. Otras veces pasaban repartidores de diarios, casi al amanecer, tapados con bolsas negras o pilotos amarillos. Ellos sí miraban para arriba, pero yo no los saludaba. Me quedaba viendo como se escurría el agua hacia la Galarza, el brillo ambarino del asfalto mojado, las gotitas chorreando del techo de chapa y los cabes gruesísimos, gozaba de algún corte de la luz de calle, los yuyos creciendo en la fachada de la casa de Rosita Lombardo de Lemos, que en paz descanse, la marca de la puerta que habían convertido en ventana.
Cuando llego al Elfer me seco los pies en un cartón de la entrada. El viejo que atiende siempre (¿el mismísimo Elfer?) me saluda y me pregunta:
-¿Andabas con ganas de mojarte?
Me río y le digo que sí, y que también con gula. Espero que termine de atender a un pendejo que vi bajarse de un auto en marcha un poco antes de llegar al kiosco. Está bien vestido y bien peinado, pero no me fijé qué compra. En ningún momento me mira. Por eso asumo que es un careta. Es tan fácil y cómodo asumir esas cosas en la ciudad.
Le pido al Elfer un Block doble, que tiene en el mostrador. Le pregunto si estará bien, me dice que sí. Tiene pegado un adhesivo que tiene escrito con birome azul: 140. Saco del bolsillo la plata de mi papá. Le doy uno de quinientos y dos de veinte. Me da el vuelto, lo saludo y me voy. Abajo del toldo del Elfer hay un gordo sentado en una silla de patio cervecero, tomando aire. Lo saludo a él también y encaro para casa.
La tienda de la esquina haciendo cruz, Galarza y Congreso de Tucumán, está vacía. Hace un par de días pasamos por ahí con Lucas y yo lo hice mirar unas llantas porque eran muy buenas réplicas. Debe haber sido antes de año nuevo. Y ahora está vacío. Seguro que ponen un local de ropa.
En el semáforo de la cuadra siguiente se atracan algunos autos. Acá con el amarillo la gente en vez de acelerar frena. Bueno, al menos los días de lluvia. Tienda de ropa, tienda de ropa, celulares, tienda de ropa. Llevo el chocolate agarrado con dos dedos en pinza de uno de los bordes del envoltorio, para que no se derrita. El Elfer no lo tenía en frío y me acuerdo de los videos de chocolates con gusanitos que vi en tuiter.
En la otra esquina sigue en pie la última gran tienda de insumos eléctricos e informáticos del radio inmediato. Es decir, una manzana a la redonda de mi casa de la infancia. Incorporaron, supongo que como estrategia de subsistencia, artículos vistosos bien exhibidos en la vidriera, como parlantes inalámbricos con luces led incorporadas, cámaras de seguridad y pizarras eléctricas, que tiran lucecitas para afuera. Y más que clientes, en esta época atraen bicherío, de pequeño y gran calibre, que rebotan contra el vidrio hasta caer muertos sobre la vereda.
Tiene un magnetismo la lluvia, la ciudad quieta, la brisa de verano. Miro para arriba antes de entrar a casa. Me quedaba ahí por horas, sentada en el alféizar, dejando que la lluvia me empapara, en silencio o en secreto, cantando bajo hasta que aclarara. Ahí bajaba, me secaba un poco y me acostaba a dormir. Ahora la ventana está llena de cactus. No hay más lugar para algunas cosas.
Entro y escucho que una de mis hermanas exclama “¡Por fin!”. La casa está llena de mosquitos. Son una plaga. Mi papá prende un espiral. Le digo que tiene que echar Fly para que mermen. Hace como que no me escucha. Mi hermana reparte los cuadraditos de chocolate. Dos para cada unx, y sobran dos. Uno lo agarro yo y otro mi hermanita menor. Mi papá no se da cuenta de esa última repartija, aunque después reclama:
-¿Esos dos pedacitos era lo que había para cada uno? Fa.
Mi hermana se queja de que quiere más y le paso mi tercer pedazo. Mi hermanita se empalaga y me cede el suyo. Apagamos las luces, nos acomodamos. Alguien busca Bandersnatch en el menú de Netflix. Cuando lo ponemos nos recibe un compilado de sorries que nos avisa que el smart no es apto.
-Pero es un smart -se queja mi hermana.
-Vamos arriba, prendemos el aire y la miramos -propone mi papá.
Yo digo que sí, pero no hay mucho más quórum. Después de dar un par de vueltas por la interfaz y de quejarnos de que Netflix es peor que Todo Video -el videoclub que, ya en quiebra, tiene una oferta de DVDs a $50-, ponemos una de terror surcoreana que se llama Virus. Yo sugerí Akira, pero me respondieron:
-No, películas de dibujitos no.
-No son dibujitos, es animé.
-No, películas con personas no.
Y así. Un embole, Virus. Tras casi una hora de lo que mi ex mejor amigo otaku llamaba “de desarrollo de personajes” en el cine oriental, se desencadena la predecible infección y para entonces ya están todos escroleando sus celulares menos yo, porque se me rompió a la tarde. Entonces me quejo:
-Si hubiéramos puesto Akira para este momento estaríamos re flasheando.
Mi padre me replica que deje de geder porque él no se pasa la vida molestándome con cosas que quiere que yo vea porque le gustan a él. Capaz que tiene razón pero me ofendo. Extraño a mi ex amigo otaku y a mi ventana de lluvia y mis roms y mis discos. Hay cosas para las que no hay más lugar. Apronto mis cosas y amenazo con irme a lo de la mami. Mi hermanita me dice:
-Esperame, que ahora viene Tato a buscarme y vamos los tres juntos.
Le digo que sí. Saco de la mochila los pedazos de torta vegana con gusto a leicaj que separé y envolví en papel aluminio para llevarle a mi abuela por la mañana. Les digo que la dejo ahí. No espero que se la lleven, es probable que se la coman. No me importa. Me acuerdo de algo y voy a la pieza. Busco los apuntes del final que debería preparar este verano. Me los cargo y me siento lejos de la tele, donde sigue su curso el bodrio surcoreano.
Decidir irse por lo menos es menos bardero que bardear, pienso. Hay cosas para las que no hay más lugar, pienso. La lluvia de verano también es un sentimiento adolescente.
Una complicidad solipsista.
Escucho unos golpes sobre el vidrio de la puerta. Le aviso a mi hermanita que es Tato. La espero afuera mientras saluda. Tato me pregunta qué onda y yo pongo los ojos en blanco y le digo:
-Y no, pero son familia -me contesta. Y me siento contenida.
Doblamos en la otra esquina, la que no es Galarza, y agarramos por la peatonal. Mi hermanita va bajo el paraguas, Tato y yo nos mojamos. Pregunta si hace frío o es que está pajosa. Le contestamos: estás pajos. Tato tiene una capucha. Yo abrazo mi bolsa de apuntes. Está hermosa la noche. Un poco lxs envidio pero más me dan ternura. Me hacen sentir en el lugar correcto.
En el hall del mercado hay alguien durmiendo. Mi hermanita dice que es Daniel Sin Casa. Le pregunto si no era que ya había conseguido, pero me contesta que no, y le dice a Tato que van a necesitar otro point para ranchar.
Cuando llegamos a lo de mi vieja, Tato dice:
-La verdad que la noche está para dormirla.
-O para chapotear -le respondo-, igual no tengo ojotas.
Uno de mis discos favoritos de lluvia decía que nadar la noche se merece una noche tranquila. Y Link se agachaba por un pasadizo estrecho mientras yo aprendía a usar los controles y él encontraba su primera espada.
¿Será posible que el destino de Hyrule dependa de un chico tan flojo?