g i z e l l
La voz del docente causó que un escalofrío la recorriera por completo, recordando su conversación telefónica. ¿Qué clase de ser humano hacía eso? ¿Terminar una relación con una estúpida llamada? Trató de tragar en seco, evitando que una oleada de emociones, hiciera estragos el interior de la italiana. ¿Con qué derecho le hablaba? Hasta donde ella sabía, él ya no tenía el poder para exigirle absolutamente nada. “No.” Respondió con brusquedad, aprovechando que ya no había estudiantes cerca de ellos. “¿Para qué mierdas quieres mirarme?” Alzó nuevamente la voz, evitando por un momento mirar los ojos del docente. “¿Quieres verme? Sí, estoy drogada. ¿Algo más? ¿También me las vas a quitar? ¿Qué esperas de mí?” No, no le iba a dar el gusto de verla llorar. Antes de que las palabras continuaran saliendo de sus finos labios, alzó su vista, encontrándose con la mirada del alemán. La misma que ponía cada vez que la veía en el suelo, queriendo que todo en su vida fuera una simple pesadilla. Todas las veces que estuvo con ella, le sirvieron para darse cuenta, que nada dentro de su mundo parecía tener sentido. Hasta que llegó él, a darle un poco de luz a un ser que se estaba dejando seducir por la oscuridad.
Aún saboreaba el toque de amargura que dejaba en su boca el simple pensamiento de su aire de cobardía. La noche traía consigo la obscuridad, en sus más tenues o salvajes estados. Existía vergüenza en la decisión que tomó aquella noche, sí. Existía arrepentimiento en el modo en que el acto fue realizado, más no en el acto mismo. No del todo. Él no se permitía que fuese de esta manera. Incluso si en lo más profundo de su ser el deseo que llamaba el nombre de Gizell a niveles más allá de lo carnal, continuaba diciéndose que era lo mejor para ella. A tales alturas, estaba convencido de ello. Hasta que ella aparecía frente a sí. Entonces la estabilidad en su decisión se tornaba dubitativa. Y se balanceaba aún más al ver el estado en el que se encontraba en aquel momento “Espero que hagas lo que es mejor para ti” salieron las palabras con firmeza, tensando su mandíbula en un intento por no alzar la voz demasiado. Acortó la distancia entre sus cuerpos, dando un par de pasos hacia ella con las manos enterradas en los bolsillos de su pantalón. Manos que concentraban tensión en nudillos doblados a modo de puños. “No espero que hagas esta mierda------ que pierdas tu tiempo inmersa en las drogas de tu padre. Eres mejor que eso” imaginó que hacer mención de las drogas a la directora, si bien podría poner un fin al consumo de estas por parte de la italiana, traería consecuencias sumamente peores, por lo que la descartó de inmediato “Así que basta. Tienes que parar.”










