Desde aquí comprendo que mi amor fue excesivo y el suyo, insuficiente; que yo me consumí en la fidelidad a un sentimiento, mientras usted confundía el amor con el deseo y la pasión con el derecho al olvido.
No busco ya su arrepentimiento —llega tarde incluso para los muertos—, pero sepa que no hace sino confirmar la verdad que en vida me negué a aceptar: que no fue el mundo quien me condenó, sino el haber amado a un hombre incapaz de permanecer.
Yo seré para usted un recuerdo incómodo, no por lo que fui, sino por lo que pudo haber sido y no fue. En cada abandono suyo, en cada promesa rota, se repetirá mi historia sin mi nombre, y aunque intente sofocar esa verdad con nuevas pasiones, ella regresará —silenciosa, obstinada— en los momentos de quietud, cuando ya nadie lo mire.
Yo he encontrado descanso. Usted, en cambio, seguirá acompañado por aquello de lo que jamás podrá huir: su propia inconsistencia.
—Anna
















