Era un diez, pero... (en este caso era un García Cubas)
He visto un montón de tiktoks con la tendencia «Era un diez, pero...», en estos vi los testimonios de muchas chicas que hablaban de un prospecto masculino, que era guapo pero a lo largo de una primera cita o la relación que entablaron con ellos, fueron teniendo actitudes misóginas, racistas, clasistas, homofóbicas, en los mejores casos eran descorteses, sucios o groseros. Creo que quisiera compartir un testimonio parecido pero aplicado a mi ámbito laboral.
Hace unos meses me encapriché con ganarme el premio editorial Antonio García Cubas, un premio editorial que otorga el INAH cada año. Como trabajo en una editorial universitaria, y uno de los editores del campus, que estudió lo mismo que yo, egresó tan solo un año antes de la uni y trabaja el mismo tipo de publicaciones que yo ya tiene uno, yo dije «¿Por qué no intentarlo?» Solo tenía que hacer lo que siempre hago, eso sí, tratando de convencer a los autores de aceptar n recomendación para que se publicara su libro en lo que para mí sería su mejor versión.
Y llegó el prospecto perfecto para empezar la travesía rumbo al García Cubas. Era un libro que había entrado a la editorial unos meses antes que yo, se compone de dieciséis capítulos que hablan sobre un montón de temas ligados a una zona geográfica específica. Tiene capítulos sobre la descripción física de la zona, sobre la tecnología hidráulica usada por sus habitantes durante los primeros siglos de nuestra era; otros que hablan sobre el paisaje y las alteraciones de este por parte de los pobladores durante ese mismo periodo. Hay también algunos capítulos sobre lingüística, arqueología, otros más bien históricos-etnográficos y bueno, en general da un panorama muy completo sobre ese lugar durante un periodo de tiempo más o menos definido.
El contenido me gustó, aprendí mucho, la lectura en general no se me hizo pesada y pude imaginarme claramente algunas de las escenas del pasado que sus letras dibujaban. Pude imaginarme también una edición muy linda, este libro era hermano de otro título un poco más específico, ambos se desprendían del mismo proyecto de investigación. El libro del que hablo no tenía presupuesto para su impresión, pero el otro sí, y me imaginé utilizar este como conejillo de indias para salirme con la mía en un par de años más. Me atreví a imaginarme los dos libros editados como partes de un todo, el mismo diseño editorial con variaciones que denotaran su individualidad por supuesto.
Me imaginé que el diseño tenía que ser funcional tanto para impresión como para pantalla, porque así debe de ser en la editorial: todos los materiales se suben a un repositorio de acceso abierto.
Me imaginé ediciones lindas, el impreso me lo imaginé con cubiertas de cartulina texturizada, o quizá con una camisa de papel albanene sobre la que estuviera impreso el complemento de la portada (para hacer un juego con la transparencia). Pensé «Claro, sería muy bonito tener un diseño que juegue con la transparencia del albanene en un libro que habla principalmente sobre agua».
Me imaginé capitulares, ilustraciones hechas exprofeso para el libro (algunos colaboradores redibujaron varios gráficos directo de sus fuentes históricas, solo era cuestión de unificar su apariencia), me imaginé varios guiños editoriales muy monos, como el uso de calderones en el párrafo final de cada capítulo, también soñé con incluir un índice analítico.
Me equivoqué en imaginar todo eso porque el libro no es mío, no soy la autora, no tengo el poder de decidir sobre nada importante a menos que, quienes sí lo tienen, confíen en mi criterio. Me equivoqué en el tratamiento que le di al proyecto, en prometer una fecha de entrega de mi corrección y no respetarla porque el trabajo rebasó mis expectativas. Me equivoqué al no dar aviso sobre esto de forma oportuna y sentir pánico al ver que los días pasaban y el trabajo no estaba terminado.
Al final, me parece que la corrección quedó bastante decente, pero los coordinadores de obra la tiraron a la basura de una manera magistral. Tomaron el documento al que con tanta minuciosidad le cambié todas las comillas inglesas por españolas y revirtieron los cambios que hice sobre el texto, excepto en el aparato crítico. En el aparato crítico no revirtieron las comillas, y de hecho me confunde un poco lo que hicieron porque cuando entregaron su nueva versión me hicieron notar que mis correcciones sobre este apartado eran muy confusas e inconsistentes (ahí sí no me voy a excusar: usé una edición desactualizada del manual de estilo que querían seguir) y que le habían pagado a especialistas para arreglar lo que yo dejé mal hecho. No hay justificación para que hubieran trabajado con mi versión si tan mala les parecía, desde mi punto de vista lo ideal habría sido que usaran la versión anterior a mi corrección y que los especialistas hicieran lo suyo sin que se notara mi intervención (inoportuna).
Cuando entregué mi corrección les hice saber mi pretensión sobre el García Cubas, y me respondieron que para poder buscar algo así primero tenía que salir el libro —«Primero hay que terminar el libro, luego veremos»—. A mí me parecía lógico trabajar con el objetivo de obtener el premio, lograr una edición unificada, con criterios claros, con materiales complementarios que le agregaran valor: imágenes tratadas específicamente para el proyecto, un índice de materias para apoyar al lector en su búsqueda, una portada minimalista y funcional, que pudiera tener algún acabado especial en su formato impreso.
En fin, los coordinadores de obra ya pagaron a especialistas y diseñadores sin consultar o avisar antes a nadie, les pareció que la editorial no aportó más que tiempo perdido en una corrección inservible y en observaciones y propuestas vanas. Ellos van a hacer el libro según su interés, según sus gustos y sus criterios, según sus propias ambiciones. Puede ser que al final solo se sienten a deliberar que no vale la pena postularlo al García Cubas. Ni modo.