Las drogas son, en lo público, un tema recurrente. Hace menos de una década, parecía no haber otra forma de nombrarlas más que a través de la nota roja, policiaca o del escándalo político. Desde entonces, otras formas de abordarlas comienzan a ser más conocidas, tanto en el ámbito académico como mediático. Sin embargo, poco como sociedad hemos avanzado en depurar su lenguaje y discurso general, lo que ha resultado ser una camisa de fuerza para extender una mejor comprensión de las mismas entre un público más amplio, pero también incluso entre círculos que se dicen expertos en ellas.
De este modo, aunque el círculo se amplió un poco -por ejemplo, ahora se discute el valor médico o terapéutico de algunas sustancias que antes solo eran consideradas como "recreativas"-, o aún cuando la antropología ha documentado mucho en cuanto a su valor cultural en todo el mundo, casi nada se habla o pondera por su poder no utilitario: es decir, solo se alude a conceptos como "medicinal", "recreativo" o "enteogénico". Y si bien es cierto que muchas de ellas pueden entrar en tales categorías, tal estructura evade la razón principal de su relación con nosotros como especie: la experiencia por sí misma.
El discurso público contemporáneo sobre las deogas, así, se limita a su utilidad y a su valor: en lo económico y en los mercados, en cuanto a la seguridad pública, en términos de salud o en la psiquiatría, en la política, en lo moral. Antagonistas de todos esos campos (tal vez no en lo económico) solo son valoradas como herramientas para otros propósitos y fines, nunca por su valor en la experiencia humana.
Y la experiencia de las drogas, tan diferentes entre ellas, es en el fondo la razón por la que siempre las hemos usado, las usamos, y las seguiremos usando.
Desde luego, la búsqueda de alguien por el opio o el LSD puede ser completamente distinta a la de quien busca el tabaco o el alcohol. Las drogas psicodelicas, en cambio, abren puertas y mueven resortes que a veces no sabíamos siquiera que existían en nosotros. La experiencia de cada una es distinta, así como sus propósitos y riesgos. Pero valorarlas y clasificarlas solo por estos parámetros resulta casi inútil para una comprensión más amplia, menos precisa pero más importante, de las mismas.
Las drogas nos permiten ver, y vernos, desde perspectivas invisibles para estados de abstinencia, ese valor tan preciado. Usarlas da la impresión que no estamos “produciendo“ algo, y de ahí viene el desprecio generalizado hacia ellas, y hacia sus usuarios: somos simplemente locos o desviados que quieren evadirse de la "realidad" porque quienes piensan así no quieren, o no pueden, aceptar que no hay una sola realidad, ni fuera ni dentro de cada uno de nosotros. Y les aterra la mera idea de estar equivocados. De que sus coordenadas tal vez no basten para dar estructura y guía a la vida que conocen y de la cual no desean salir.
La política hacia las drogas es, de está manera, un reflejo fiel de ese miedo: trastocan el orden y las estructuras, y hacen a los usuarios disidentes y escépticos de aquello a lo que nos quieren conducir -o más bien, de donde no quieren que salgamos.
Debemos por lo tanto ser ignorados, limitados, reprimidos, ridiculizados, silenciados, estigmatizados.
Todo, menos comprendidos. No vaya a ser que algo de razón tengamos, y que la existencia y los parámetros a a los que están acostumbrados tal vez no sean tan ciertos, tan precisos, tan predecibles como anhelan.












