Lo que no te cuentan de la crisis
es que las noches joden más sin una cama
donde hacerte cosquillas por las mañanas.
Sin poder amanecer con tus manos apartando las sábanas.
Que ante la ausencia de ese refugio de cuatro patas y una colcha,
cualquier baño se convierte en nuestro rincón más íntimo,
ya no por morbo sino por la necesidad primaria,
la de morderte, que las marcas te recuerden a mí,
que me he tenido que ir lejos
para no encontrarme a mí misma.
Lo que no te dicen de los kilómetros
es que pesan como una manta vieja y mojada que
no puedes abrir los ojos, respirar
o ver más allá en este agujero que otros cavaron
pero donde hemos caído todos menos ellos.
Lo que no te susurra nadie sobre la vida
es que la ausencia de tus buenas noches besadas
patrocina mis insomnios y, cuando no, las pesadillas.
Que tu peor enemigo se vuelve tan pequeño
que cabe y germina dentro de ti;
cuando te quieres dar cuenta te salen las ramas de odio
y las raíces las echas para ocupar un hueco vacío
que antes se llenaba del eco de las risas cómplices
de las que ya no queda ni una sombra.
Ya no escucho la primera canción que me pasaste
cada puta noche antes de irme a dormir
porque ya no tiene sentido
y he pasado de edificar cuidadosamente mi muro
a chocar una y otra vez con el tuyo
La chica que antes escondía su sonrisa
ahora pone sus lágrimas por bandera
que no ondea, se precipita
por el acantilado de sus mejillas.
Hace combustión la tristeza
y lo pone todo perdido de distancia al explotar.
Pero, claro, estás demasiado lejos para que te salpique.