Esto ocurrió cuando en aquel pueblo todavía no habían llegado los televisores a color, los teléfonos tenían marcado de disco y las calles aún eran de tierra. Don Clemente Fernández se había jubilado de ordenanza en la única escuela del pueblo dejando en el puesto a José Álvarez.
Desde las cinco de la mañana, José era el primero en despertar y salir a recorrer las calles, no por que llevara mucho tiempo limpiar la escuela, sino porque disfrutaba de la brisa de aquellas horas, del silencio reinante y de la absoluta soledad. Pero había algo que hacía que José no se sintiera del todo solo durante las madrugadas, la aparición de huellas descalzas en las calles de tierra.
La primera vez que las vio fue durante su primer día de trabajo. En cuanto salió de su casa notó un rastro de pies descalzos sobre la calle frente a su vereda, caminó tres cuadras en la misma dirección que aquellas huellas hasta que vio que éstas doblaban por una esquina, y hasta donde la vista se lo permitió, pudo ver que seguían de largo. Hasta allí también llegó la curiosidad de José, no quiso ir en busca de más rastros, al menos, por esa noche.
A la madrugada siguiente no había huellas delante de su casa, pero sí las encontró estampadas en otro lugar, la calle frente a la escuela. En cuanto José terminó sus labores de limpieza salió decido a seguir los rastros de pies descalzos, caminó junto a aquellos pasos durante varias cuadras, dobló por muchas esquinas y pasó frente a muchas casas pero nunca vio que las huellas se detuvieran en ningún lugar. Desistió cuando se dio cuenta que no faltaba mucho para llegar a la salida del pueblo, y mientras tanto, los rastros seguían su camino.
Al tercer día, José quiso tomar una ruta alternativa para ir a la escuela, estaba dispuesto a averiguar quién era el loco que andaba descalzo durante las noches y por qué lo hacía, pero tuvo que caminar bastante hasta finalmente dar con las marcas de pies que aparecieron caminando alrededor de la plaza del pueblo y que, luego de dar toda la vuelta, siguieron su recorrido hasta perderse por la calle frente a la oficina de correos, el pequeño bar de doña Clarisa Beltrán, la pastelería, el registro civil, la farmacia y la modesta tienda de ropa de una de las tías de José.
Recién hasta la octava noche algo un tanto distinto ocurrió. Caminó durante mucho tiempo sin poder encontrar nada, pero cuando el ladrido de los perros hizo eco en el silencio, José creyó que al fin lograría dar con el caminante descalzo. En los días anteriores José había recorrido varias calles polvorientas y los pocos perros callejeros que rondaban el pueblo siempre le ladraban, así que aplicó esa misma lógica para aquella ocasión, pensando que, si iba en dirección a los ladridos encontraría a los perros, a las huellas descalzas y a su dueño. No resultó. Llegó hasta donde los gruñidos y ladridos lo guiaron, y allí estaban las huellas, pero nadie caminaba delante de ellas, y mientras tanto, los perros ladraban en dirección a los rastros de pies sobre la tierra. José quiso ir en busca del otro madrugador andarín, pero al ver la hora en su reloj se dio cuenta que ya debería estar limpiando la escuela.
En las semanas siguientes José repetía la misma rutina, se había obsesionado tanto con aquellos pies descalzos que, sólo con tal de tener más tiempo para encontrar a su dueño antes de ir a la escuela, se levantaba mucho más temprano. Su obsesión escaló un poco más cuando quiso aventurarse en su búsqueda también durante los fines de semana y feriados, y al poco tiempo empezó una suerte de diario en el que llevaba un registro preciso de todo lo referente al caminante de pies desnudos, anotaba las calles en las que encontraba sus rastros, la fecha y la hora de los hallazgos, la temperatura, la dirección en la que caminaban, las esquinas en las que doblaban y todo otro dato que consideraba importante.
Durante las largas madrugadas en las que José recorrió las calles del pueblo nada era distinto de como venía siendo, las huellas seguían sin detenerse en ningún lugar, y cuando llegaba la hora de ir a limpiar, José desistía de su búsqueda sin poder retomarla más tarde, pues, el viento, la lluvia, los vehículos y las carretas a caballo que repartían leña borraban todo rastro de aquellos pies.
Noche a noche una nueva pregunta surgía para José: ¿dónde empezaban las huellas? ¿dónde terminaban? ¿tenían realmente un destino o simplemente obedecían al capricho del momento de un loco descalzo? ¿y quién era ese loco?. El pueblo era pequeño, todos se conocían, y si había alguien de quien poco se sabía, bastaba con averiguar sólo un poco para conocerlo todo sobre él o ella. Todos parecían convencionales, en nadie había indicios de desequilibrios mentales, ni siquiera de excentricidades.
Las huellas, la principal pista, no delataban nada en particular. A veces parecían más grandes, a veces más pequeñas, a veces estaban mejor marcadas en la tierra y otras veces eran menos nítidas, otras tantas aparecían más juntas, como si caminaran sin prisa, y otras tantas se presentaban algo más separadas, como si de zancadas de alguien corriendo se tratara. En algunas ocasiones las pisadas eran firmes, pero en otras se notaba que el andarín había estado caminando arrastrando los pies. Con tal de saber dónde empezaban, hubo noches en las que José caminó en dirección contraria a las huellas, pero fue infructuoso, iban y venían por aquí y por allá sin tener un punto de partida evidente.
En principio sólo era curiosidad, un juego que hacía que José se sintiera como aquellos astutos y bien parecidos detectives de las series de televisión que tanto le gustaba ver por las tardes. Quería ser el héroe de su propia aventura, pero con el paso de los días, recordó la mañana en la que recibió noticias que llegaban desde la capital provincial, su primo Ernesto se dirigía a la fábrica en la que trabajaba de sereno, oyó pasos apresurados detrás suyo pero cuando se dio vuelta, sintió un fuerte impacto en la cabeza. Un paciente se había escapado del hospital psiquiátrico y atacó al primo Ernesto acusándolo de hereje. La heridas no resultaron de mayor gravedad, pero el susto persistió varias semanas.
Aquel recuerdo cambió bastante la percepción de José, creyó que quizás todo ese juego de detectives podría tomar un tinte más serio. ¿Y si tal vez había alguien de quien debían cuidarse?, después de todo, ¿quién en su sano juicio sale a caminar de noche y descalzo sobre calles inundadas de polvo y piedras?. Ahora José quería saber de quién debía mantenerse a distancia.
Su diario, aunque muy prolijo y detallado, tampoco arrojó nada de utilidad. Mientras más leía sus anotaciones más azarosas le resultaban, y ello sólo reforzaba la idea de que las caminatas del lunático descalzo no eran planificadas, sino, que dependían de las preferencias del momento. Entre tanto, más pasaban las semanas y más frías eran las madrugadas, esto hizo que José, sumado a la falta de pistas, empezara a desistir de la búsqueda. Pensó que, sea quien sea el desquiciado de los pies desnudos, no seguiría caminando durante las frías noches de otoño.
La madrugada en la que José ya había decidido darse por vencido no sólo fue fría, también era lluviosa. Caminaba encogido de hombros por las veredas, sostenía un paraguas con la mano derecha mientras guardaba la izquierda en el bolsillo de su abrigo, mantenía la mirada fija en el suelo para evitar resbalar y caer. El olor a tierra mojada y el repiqueteo de la lluvia contra las baldosas eran su única compañía, pero tanta soledad se interrumpió al llegar a un cruce de calles. Allí, impresas en el barro, estaban nuevamente las huellas descalzas, perfectamente nítidas, como recién hechas, y allí mismo era donde terminaban.
José ya había recorrido antes ese mismo lugar, lo tenía registrado varias veces en su diario y sabía que había visto las huellas seguir de largo, pero esta vez el rasto se detenía en el que encuentro de cuatro esquinas, "no puede ser, ¡¿quién carajos anda descalzo a estas horas y bajo la lluvia?!", murmuró mientras sentía a su vieja obsesión despertar una vez más. Incrédulo, miró los rastros de pies hasta que un frío viento estuvo a punto de quitarle el paraguas, luchó y maldijo hasta que pudo volver a sostenerlo con firmeza, pero al bajar la vista su corazón se detuvo. Una nueva huella apareció en el barro, como si un pie invisible la hubiera estampado. Luego otra, y otra, avanzando más allá del cruce de calles al ritmo de un leve chapoteo hasta perderse entre la negrura y la lluvia, y dejando detrás de sí a un tembloroso y boquiabierto José que no paraba de susurrar "esto no puede ser real".
Un violento y frío viento volvió a golpearlo, el corazón le dio un vuelco cuando vio a los perros aparecer a toda prisa y detenerse para mirar en la misma dirección en la que caminaban aquellos pies invisibles. Se sintió observado desde la lejanía y cuando los perros empezaron a gruñir y ladrar José echó a correr perdiendo el paraguas en el camino.
La única persona con la que José quiso hablar sobre aquello, fue con don Clemente. Las calles aún estaban enlodadas, pues, había llovido torrencialemente durante tres días seguidos, pero bajo un cielo casi despejado de mediodía, José encontró a don Clemente sentado en la vereda de su casa, de piernas cruzadas y sin que el ruido de vehículos lo distrajera de la lectura del diario.
- ¡Don Clemente! Buen día. ¿Qué va a almorzar hoy?.
- Buen día, creo que están haciendo estofado.
- Sí, parece que sí, por el olorcito. Oiga, don Clemente, quiero preguntarle algo, en el tiempo en que usted era ordenanza, ¿nunca vio algo raro en las calles?.
- Algo como huellas en las calles.
- Huellas de pies descalzos, ¿cierto?.
- ¡Si! entonces usted también las ha visto. ¿Sabe de quién son?.
- Si, las veía cada tanto. Creo que son de Vicente Correa, de Josefina Argañaráz o de Raúl Monte.
- Por supuesto que no, por que están muertos.
Don Clemente dedicó el resto del mediodía a contarle a José quienes habían sido aquellas personas.
Vicente Correa era un joven médico, no contaba con mucho atractivo físico, pero era culto, de trato cercano con los pacientes y muy carismático, haciendo que contara con la admiración y estima de todos, pero que según se rumoraba, practicaba abortos durante las madrugadas. Una noche despertó a todo el pueblo, pues, corría desaforado por todos lados gritando que no dejaba de escuchar llantos de bebés dentro de su cabeza, mientras perdía en el camino sus dos pantuflas. Tras algunas horas de búsqueda, lo encontraron colgado de un algarrobo en un terreno baldío, había usado su propia ropa para ahorcarse. Nunca se sabrá si realmente había llantos de bebés atrapados en su mente, o si era sólo la culpa que lo carcomía.
Josefina era la única hija del matrimonio Argañaráz. Una jovencita de dieciséis años, de ojos dormilones, caminar lento y casi desganado, pero que vivía inmersa en sus propias fantasías adolescentes mientras una débil sonrisa se dibujaba en sus labios. A causa de esa distracción, no pudo esquivar al borracho que la atropelló conduciendo a alta velocidad uno de los primeros autos que habían llegado al pueblo. El impacto fue tal que, además de dar varias vueltas en el aire, Josefina Argañaráz perdió ambos zapatos. Fue a dar a una acequia y don Clemente prefirió no decirle a José cómo había quedado el cuerpo.
Raúl Monte había sido el único indigente que tuvo el pueblo. Caminaba por los alrededores de la plaza y la parroquia pidiendo monedas, rara vez golpeaba la puerta de las casas solicitando algo de comer, y cambio, recitaba versos breves. Se dice que en sus años de juventud había sido un muchacho encantador y de prodigiosa voz para las zambas y chacareras, pero cayó en desgracia luego de que una serpiente lo mordiera, y la tardía atención médica hizo que la ponzoña deteriorara los músculos y los movimientos de una de sus piernas. Llevaba la ropa hecha jirones y tenía las alpargatas tan gastadas, que se le veían las plantas de los pies. Estaba acostado en uno de los bancos de la plaza, frente al monumento a la bandera cuando murió de hipotermia durante una ola polar que marcó récords históricos.
- Son cosas de hace ya mucho tiempo. Ni siquiera habías nacido, por eso no estás enterado, y como este pueblo es muy chico, a la gente no le gusta hablar de eso, les incomoda bastante. Viven tranquilos, y así es como quieren seguir.
- Si, entiendo. Siempre pensé que había algo raro con esas pisadas, pero como yo no creo en nada, pensé que podía ser un loquito peligroso caminando descalzo y solo de noche.
- Hay tantas almas en pena caminando por todo el mundo. Supongo que no saben lo que les pasó, o capaz lo saben y no quieren irse, capaz sólo quieren seguir caminando entre nosotros, pero en este pueblo, no sé si sólo camina una, o caminan tres.