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@escritos-deunanoche
Sin poder respirar
Respirando por las agallas de mi alma me asfixio en tu ausencia. El aire se vuelve denso, las sombras recorren el porvenir. Tu mirada se vislumbra en el ocaso mientras el sol gira entorno a tu sonrisa confundiendo mi rumbo. El acercarme me aleja y la lejanía se vuelve fría. Frío en este verano caribe, tan seco y aún así mojadamente empapado. Encharcado en los lamentos que del cielo caen humedeciendo mi rostro. Te quiero cerca y a la vez tan lejos. Lejos de mi ausencia, pero cerca de mi vida. Esta vida plenamente cambiada a causa de tu ausencia. Con los pies puestos en la cabeza camino, mientras los ojos agotan mi esencia al recuperar recuerdos a cada paso que doy. Recuerdos afables que entristecen cada recóndito espacio de mi cuerpo. Ese que hiciste tuyo, pero que ahora es tan desoladamente mío. Navego por tu mente intentando olvidarte, sin antes darme cuenta de que en la mía tatuado estás. Respiro y me ahogo. Respiro y me asfixio.
Rafael Arturo Fernández-Olivares
“Eres un punto en la pared, eres la sombra de un árbol, la sequía de besos que hace tiempo embarga a mi boca. Eres el matiz floreciendo en esta mañana triste, el precio más alto de sobrevivir a la nostalgia, el fuego que no consigue acallar esta lluvia, la lluvia que termina ahogando a mi alma. Podría pedirte que vuelvas, sin embargo, me caen mejor tus fantasmas que tus manos; podría decir que te extraño, pero prefiero reconciliarme con el dolor de tu recuerdo. Fracasar es amarte y decir que te he olvidado; amar es odiarme sin mentir porque te quiero. Te quiero de tantas formas que ya el vocabulario se me ha quedado corto para describir este deseo. Te quiero para arrancarle un poema a tu boca, tanto como para arrancarle un gemido a tu garganta; te quiero para abrazarte en un atardecer de invierno, tanto como para desnudarte en una noche de verano; te quiero fuerte, débil, con luz y sombra y escala de grises; te quiero encima, te quiero debajo; a la altura de mi boca, pero también de rodillas. Así esta ansia de quererte, de echarte de menos, de no admitir que mis promesas fueron de aire y que el aire se fue contigo. Será por eso que siento que me ahogo cada vez que pronuncio tu nombre sin permiso. Te has convertido en un recuerdo gélido, que tapiza esta residencia de varios pisos de tristeza, cada uno con una fotografía tuya, donde además de sonreír eras feliz, donde además de feliz lo eras conmigo. Por eso escribo vertientes de sangre y palabras, ya sin saber si odiarte por echarte de menos o echarte de menos por lograr que te quiera. Sólo sé que faltas y esa ausencia se prolonga desde las noches más profundas hasta el día más espléndido; faltas y las canciones se suicidan. Tenías que saberlo. Nunca nadie ha sabido abarcar tantos rincones, desde un punto en la pared hasta la totalidad de mi vida, pasando por la sombra de un árbol, esta sequía de besos desesperados por recordar el sabor de tu lengua. Es invierno, creo que se nota. Nunca soy feliz en los inviernos, quizá por eso me gustan tanto.”
— Julián Navarro
Perfecto amanecer
Tropecé con tu mirada un domingo en la mañana,
cuando tu cuerpo despertaba de un eterno amanecer.
Tu ojos me gritaban lo tanto que me anhelabas,
mientras mi alma se acercaba y se arropaba con tu piel.
Tu esencia refrescaba llenamente mi persona,
al compás de los cantares de las orquídeas y el clavel.
Tu inocencia alborotaba mis incrédulas añoranzas,
mientras tu sonrisa se plasmaba lentamente en mi fe.
Mi aliento respiraba el sueño que envolvía tu cara,
y tu ser codificaba en el cielo el amor de nuestro placer.
Inimaginable la bendición que por ti en mi fue otorgada,
pues no imaginaba que fueras mi perfecto amanecer.
Rafael Arturo Fernández Olivares
En el eclipse de tus ojos
Me encuentro perdido en el infinito adentro de la oscuridad. Floto oscuro, intocable, a miles de kilómetros de ti. A distancia logro alcanzar a ver astros destellar, confortando mi soledad, recordándome que no estoy solo. Las estrellas brillan desplegando su magia a través de la noche, permitiendo descubrir el oscuro ocaso del basto universo. Iluminan de manera hermosa, de manera propia y armoniosa, una al lado de la otra. Noto que se alinean estratégicamente y no entiendo el repentino cambio, hasta que al fin comprendo que buscan guiarme. Escalo sus constelaciones sin un por qué, sin siquiera conocer el rumbo al que me orientan. Mientras floto me asomo a observar la magnate esfera. Pacífica y brillante, marcada de recuerdos y vivencias en toda su superficie. Trato de acercarme a ella pero, como al sol, se aleja. Se pierde en el abismo y un calor sofocante me abraza.ya nada destella, nada me guía, nada me ilumina... Puedo percibir una gran tristeza en el candente astro que se asomó por el poniente. Emanaba de su cuerpo calor, pero su mirada se palpaba fría. Todo circunvalado de energía, más por naturaleza que por propia complacencia. Y fue cuando descubrí dónde me encontraba: perdido en tu mirada. Navegando en tus ojos me situaba y ya nada era incierto, todo cobraba sentido. Pues como el sol, cada mañana salgo en búsqueda de mi luna, y aún sin encontrarla mantengo la esperanza de algún día hacerlo. Pues aun pudiendo escabullirse a diario en la oscuridad dejándome al descubierto en la claridad del día, preciso de un solo instante, del indicado momento, para juntos encontrarnos en un eclipse total de amor. Rafael Arturo Fernández Olivares
Lienzos inconclusos
Se acomodó el sombrero que la protegía del esplendor del verano. Pasó su mano por su rostro mitigando los exudados corporales que devolvían frescor al cuerpo y le recordaban que aún permanecía con vida. Cuidaba de las flores de manera delicada y armoniosa. Una pasión que mantenía su corazón en júbilo desde que tenía uso de razón.
Rociaba de manera afable los pétalos de las rosas y las gardenias, y limpiaba sus hojas con paciencia y dedicación. Sentía el alma de las flores a través del aroma transpirado. Dulce esencia que oxigenaba su vida y nutría la sonrisa que en su rostro se postraba.
Terminada su labor, decidió volver la mirada al jardín de mil colores, aquel que calendarizaba su existencia trayendo hermosos recuerdos. Aquel edén de ensueño que conmemoraba la vida vivida, y que crecía en esplendor y recuerdos tal y como ella lo hacía. Una felicidad amarga que le pasaba por la garganta. Dulces memorias, pero amarga futura e imprevisible realidad de un día yacer y dejar la materia inmortal.
Pasó a su recamara a despojarse de la investidura que la cubría y limpiar su cuerpo de los quehaceres vespertinos. Al salir de la ducha observó el lienzo de su cuerpo reflejado en el espejo. Una sonrisa entristecida se llegó a asomar en el poniente de sus labios por los cambios del cuerpo y la debilidad e incompetencias que los años esculpían en él.
Mientras se analizaba, el copiloto de su vida la abrazó con regocijo a sus espaldas. Al verla, su corazón cambió de puesto con su estómago, trayendo de vuelta a las mariposas inmortales que varias décadas atrás dentro de sí habían nacido. Las temporadas transitaban por la naturaleza trayendo cambios, los tiempos transcurrían causando estragos, y el envejecimiento los iba vistiendo de manera gratuita, pero el amor que por ella sentía permanecía intacto en cada célula de su cuerpo.
Deteniéndose a saborear el sentimiento que emanaba de su rostro, e identificando las lluvias que oscurecen de manera inoportuna los cielos de la vida, decidió besarla en el cuello y decirle:
- Ya no somos lo que una vez fuimos. Pero me alegra que así lo sea, pues cada marca que dibuja tu cuerpo, cada cambio que se refleja en nuestra piel, es memoria de los recuerdos vividos; algunos malos, otros buenos, unos difíciles, otros placenteros, pero todos maravillosos pues los viví junto a ti. Cada trazo nos acerca más a la perfección de nuestros seres como obras maestras que somos.
Al escucharlo, su sonrisa recuperó el color y la alegría. Recordó el amor que él había traído años atrás a su jardín y que lo mantenían con vida, y decidió besar los labios de aquel príncipe azul que un día la rescató de los estragos de su realidad. Lo miró a los ojos y enamorada recordó que aún quedaban trazos que pintar en los lienzos propios de sus obras inconclusas, y aquel cielo gris que techaba de nubes oscuras logró disiparse bajo los brazos candentes del sol y la hermosura del arcoíris.
Rafael Arturo Fernández Olivares
… el mundo cambia si dos se miran y se reconocen.
Octavio Paz (via de-poesia-y-poetas)
En busca de un amor desconocido
- ¿Y si me enamoro?
- Procura enamorarte contigo mismo en un principio.
- ¿Y por qué esto?
- Porque si no lo haces esperarás que el otro te dé el valor que en verdad tú te mereces, aun tú desconociéndolo.
Esas palabras daban vueltas en su mente sin recordar claramente quién fue el propietario responsable, el cuándo y el dónde. Pero resultaban ser bien familiares.
Con apenas diecinueve años de edad ya había tenido tres intentos fallidos de noviazgo. Había recién terminado con su último amor cuando esta conversación misteriosa retumbó entre su memoria. Vaya recuerdo más oportuno y certero. Una sinapsis neuronal que sin sentido le daba más que sentido a su situación sentimental.
Había transcurrido una adolescencia en un ambiente donde no se transmitía mucho amor a su alrededor, por así decirlo, y se había recostado del amor de jóvenes que le ofrecían villas y castillas. Y era de esperarse, pues era muy bella, hermosa en realidad. De tenue clara y rasgos celestiales. Un tanto introvertida, pero con su magia.
Años amando en espera de sentir lleno el corazón vacante que la vida le había dado. Tiempo invertido en personas que brindaban a su alma felicidad efímera. Dudas y carencias propias de su etapa de vida. Lloraba sentada sin motivo, sin una razón definida. Sentía agobio y tristeza. Rodeada del mundo, pero desconectada consigo misma; en soledad…
“Procura enamorarte contigo mismo en un principio… Porque si no lo haces esperarás que el otro te dé el valor que en verdad tú te mereces, aun tú desconociéndolo.” Como viento las palabras rozaban su persona y su ser se entumecía de miedo. No tanto por el hecho, sino por lo que ignoraba y por las decisiones que tarde o temprano iba a tener que tomar.
Ya no conocía con claridad a la sombra que seguía su camino, al reflejo que en el espejo se presentaba. Recostó su cuerpo y se invitó a soñar, una oportunidad de oro que ayudó a esclarecer la oscuridad de su noche. Se rindió al sueño y permitió que el día terminara.
Al despertar decidió agrupar lo material y necesario para emprender el camino, aquel que aun desconocía pero que necesitaba. Tomó mochila en mano, dejó cerrar la puerta y salió en búsqueda del amor que nunca había encontrado. Aquel amor propio y personal que nos permite ver las cosas con claridad. Aquel que luego de ser conquistado nos brinda la conformidad de amar con plenitud los demás.
Rafael Arturo Fernández Olivares
Como ola
El resplandor del sol lo devolvió a la realidad. La suave brisa y el aroma del viento lo reintegraron a lo que los demás le llamaban vida y él tildaba como próximamente simples efemérides. Asiduamente prefería vivir en sueños donde podía ser quien en verdad era en vez de enfrentar la realidad de lo que en sí vivía. Los años no perdonaban y muchas oportunidades se desvanecieron en su historia. Aun así, hizo lo posible por sacar el mayor provecho a los años otorgados.
Evaluaba los tonos de la estrella cálida en el vasto cielo mientras esta danzaba en búsqueda de su oscura compañera. Tonos anaranjados, rayos rosados. Una belleza que durante toda una vida amó contemplar. Cerró los ojos para hacerse uno con su entorno, fundirse con la belleza que a su alrededor se encontraba. Darse el chance de los placeres de la vida que la vida misma, por su rapidez y apremio, no le dejaron disfrutar.
Retomó la vista, esta vez dirigida al extenso mar. Le encantaba la tranquilidad brindada por tan glorioso cuerpo azulado, algo que por sí mismo no podía explicar. Si tan solo pudiera fundirse en él, ser un solo cuerpo…
Su biósfera lo había persuadido en rendirse por querer luchar por sus ideales. Había sido sesgado finalmente pensando que esto no traería cambio alguno, solo problemas y contradicciones, y rendido al fin se había postrado en el final de su existencia. Respiraba por naturaleza, pero no por deseo; se fundía en el mundo como materia inocua.
Quedó convencido que no podía hacer nada para armonizar la naturaleza de la humanidad, se levantó de su actual realidad y como ola, dejó su rastro tatuado en la arena y pasó a desvanecerse en la totalidad del océano.
Rafael Arturo Fernández Olivares
Caballos sin estribo
La multitud camina sin miramiento, como caballos sin estribo; a la velocidad de la luz perdiendo la oportunidad de ser maravillados por los misterios que el día a día trae consigo. Esclavos de una rutina vital que no transpira vida por parte. Una monotonía rutinaria que envuelve al ser humano en un campo electromagnético cargado de una neutralidad negativa. Cada hombre deja debilitar su humanidad desobedeciendo su naturaleza de amar y dejándose agobiar por un oscuro egoísmo. Cada quien se rige por las doctrinas del individualismo personal y obvian al prójimo que se encuentra a su lado. Los corazones lentamente pierden su brillo, las almas oscurecen su saturación. ¿Vale, acaso, la pena el navegar por mares turbios sin esencia por el simple hecho de conquistar la tendencia capitalista que hoy en día nos envuelve? ¿Es el poder tan importante como para dejarnos vivir una vida que no transpira vida en lo que vivimos? Enfoquemos la mirada en quienes nos rodean y extendamos las manos a quienes necesitan de nosotros. Vivamos a plenitud cada segundo de nuestras vidas y amémonos sin importancia de nada, que el futuro es incierto y el presente sumamente valioso. Rafael Arturo Fernández Olivares
Un corazón, dos extraños
Sus miradas conectaban de manera perfecta y sin distracción. Recuerdos de una infancia llena de aventuras, alegrías, y aun sin saberlo, de un afecto recóndito. La evolución de una infancia ingenua e inocente en la cual se encandecía una pasión inexplicable e inaudita.
Una explosión de emociones que hacían estallar su interior, llevándolo a desear necesidades inconscientes. El vuelo de millares de mariposas que revoloteaban en su estómago. El ímpetu de su corazón que bombeaba a mil por hora y dejándolo sin aliento. Pero cuando sus miradas conectaron todas sus dudas cobraron sentido total.
Estaban destinados a ser. Sin sentido, ni explicación. Sin definición completa. A solo ser… Mas la vida los situó en el espacio geográfico impropio, en el tiempo desacertado. Y aquello que se definiría como amor perfecto pasó a ser como eco en el abismo, como una mirada en la oscuridad…
Rafael Arturo Fernández Olivares
Eres la persona perfecta, en la distancia equivocada.
Preparados para vestir nuestra identidad
A medida que navegamos a través del desconocido mar de nuestras vidas nos enfrentamos a múltiples enigmas. El desconocer nos impulsa a orientarnos de la experiencia ajena para aprender de aquello que brindó frutos y repeler todo aquello que hizo todo lo contrario. Y es en esa búsqueda avanzada de uno mismo que podría peligrar la identidad propia. Una identidad que se ve amenazada si el individuo refleja aquello que otro, y no él, vivió, transformándose en una mera copia ajena. Mas esta, aunque más arduo sea el trayecto, puede ser cultivada de manera auténtica.
Es indispensable forjar aquello que nos caracteriza como seres inigualables y de gran valor. Mantener con firmeza aquello que nos identifica y que nos hace especiales. Aun tentados por aquello que nos rodea, sin importar el obstáculo que se nos interponga, está prohibido renunciar a nuestra identidad.
En numerosas ocasiones seremos victimizados por la sociedad. Unas veces por prejuicios ancestrales, otras tantas por temores familiares. A veces por el simple hecho de tentar los límites de nuestra capacidad de luchar. No obstante, esto no es motivo de desalentar nuestras ganas de batallar por aquello que tanto deseamos.
Es por esto que debemos aferrarnos a nuestro carácter y desarrollarlo tal cual queramos. Colocarnos la gorra de nuestra identidad de la manera que deseemos, pues más nadie está apto para vivir la vida que hemos preparado. Hay que luchar hasta el final para lo que se desea y si se agotan las fuerzas pedir un préstamo al cielo, que de alguna u otra manera encontraremos el momento para remunerarle el favor.
Rafael Arturo Fernández Olivares
Más vale el amor que tú mismo te puedes dar, pues quien no se ama a si mismo no tendrá la experiencia para amar a alguien más
Rafael Arturo Fernandez Olivares
Mario Benedetti
Su desgracia: haberlo perdido. Su fortuna: sin él, darse la oportunidad de encontrarse asi mismo.
Rafael Arturo Fernández Olivares