Un suspiro apenas perceptible escapó de entre sus labios cuando sus claras orbes se encontraron directamente con las manecillas del reloj que adornaba su muñeca, Sonja llegando a la conclusión de que habían pasado cuarenta y cinco minutos desde la desaparición del ser vivo que habían dejado bajo su cuidado. ¿No podía simplemente darse por vencida y dejarlo regresar a casa por cuenta propia? Porque claramente la alemana no había sido la culpable de que el chihuahua hubiese escapado a la primera oportunidad que se le presentó en el camino. Agotada e irritada se detuvo antes de doblar la esquina más próxima, la rubia avanzando de nueva cuenta tras escuchar un sonido medianamente familiar. A unos tres metros de distancia se encontraba la pequeña figura observando en su dirección, la tranquilidad recorriéndolo de pies a cabeza. Un paso y el animal hizo ademanes de moverse. Otro más y el perro imitó los movimientos llevados a cabo con anterioridad. Claramente se encontraban danzando al ritmo de una melodía que a Sonja no le convenía. “No te atrevas a mover ni un solo pelo,” le advirtió con una faceta de seriedad absoluta. Cual si desease llevarle la contraria, comenzó a moverse rápidamente en dirección a una avenida peligrosa. “¡Quince dólares a quien atrape al chihuahua!” ni siquiera sabía si sus palabras surtirían efecto inmediato, pero se encontraba desesperada.
Su pie estaba sobre un banco, las manos encargándose de atar los cordones de las nuevas zapatillas que adquirió hace pocos días. De más estaba aclarar que, aunque no lo diga en voz alta, ya se encuentra arrepentida de la compra que efectuó. ¿Por qué rayos no optó por unas deportivas, o un calzado que mínimamente no ejerza presión contra su tobillo? Aunque, bah, en su momento no tenía forma de adivinar algo como eso, y justamente por ello siempre había detestado comprar zapatos: las contras de lo mismos no se veían hasta no ser usados por suficientes horas como para no poder devolverlos al local. Vaya negocio. El monólogo mental de quejas que redactaba hubiese sido eterno si no fuese porque un grito de la calle capturó su atención, para luego otorgársela a la corrida de un pequeño animal. Lo siguió con la mirada, pero había tardado demasiado en entender la cuestión como para llegar a reaccionar y frenar al canino. Afortunadamente, y de milagro, logró ver como el fugitivo lograba esquivar los vehículos de la avenida. “Yo creo que deberías correr detrás de él...” Contestó tras ver la poca respuesta de los transeúntes, como si fuera una espectadora totalmente compenetrada con el dilema de la protagonista. Con el ceño fruncido, posteriormente, comenzó a caminar en la dirección donde el cachorro salió disparado. “¿Es tuyo? Te ayudo a buscarlo, no pudo haber ido demasiado lejos.” Y tras dar dos pasos se detuvo, para aclarar. “No lo hago porque creo que lo merezcas, sino porque el perro podría acabar en un peor destino que el de encontrarse a tu cargo.”












