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Una sonrisa carente de gracia se encargó de curvar los labios masculinos, consiguiendo borrarse al momento de pronunciar:— No sabes cuándo es mejor mantener la boca cerrada, ¿no? —porque con cada palabra sólo conseguía aumentar sus deseos por convertirla en material de trabajo. Exagerando, tal vez. Ahora era capaz de entenderse con el cachorro a un nivel espiritual, él tampoco desearía estar mucho tiempo cerca de aquella mujer y consideraría más de una vez el caminar hacia el loco tráfico si la otra opción era tolerarla por incontables horas. Estaba loca, ¿y qué sentido tenía pelear con una loca? Guardó silencio, escuchándola hablar y hablar mientras deseaba que el tembloroso y nervioso animal dejase de hacer vibrar su mano, la sensación era en verdad incómoda y le hacía desear el entregárselo de una vez para asegurarse de no tener que volver a verlos jamás. Y sin embargo, en algún momento la fémina pareció cambiar de opinión, provocando que su mirada siguiera de cerca los movimientos inesperados que parecían tener como propósito el dejarlo a cargo del pequeño animal que permanecía a salvo en una de sus manos. Sabía que “estar a salvo” no era algo que pudiese definirse como posible en su vida, ni siquiera algo que pudiese considerarse capaz de conseguir para sí mismo.— ¿Hablas en serio? Ahora comprendo, el dejarlo correr hacia los autos ha sido una estrategia para librarte del pobre animal —lo observó, aparentemente indiferente de lo que sucedía alrededor, su menudo cuerpito cediendo de aquel temblor que poco a poco parecía perder su intensidad.— Bien, ¿sabes? Me consideraría un ser cruel si le permitiera regresar contigo. Pero desde ya debes saber que no estaré dispuesto a regresártelo cuando te arrepientas —¿en verdad estaba planeando quedarse con aquel cachorro? Lo que era seguro era que no se lo entregaría a ella; lo que haría con él tendría que pensarlo de camino al sitio de encuentro con la persona que lo había hecho viajar hasta allí.
El silencio fue la única respuesta que aquella cuestión merecía, la curvatura en los labios de la alemana acentuándose con el transcurrir de los segundos. No estaba loca y eso podría discutirlo en un sinfín de ocasiones, empleando los mismos argumentos que ella consideraba válidos: se le dificultaba controlar sus emociones y éstas siempre se encontraban tirando de los hilos para obligarla a comportarse de una forma que, en el fondo, ella no deseaba. “Es uno de mis tantos planes malvados para deshacerme de él y que parezca un accidente. Pero parece que un secuestro es una historia mucho más interesante que un accidente de auto,” su andar lento se detuvo pese a que había recorrido la mitad de un metro. Se volvió a girar sobre sus propios pies, cruzando los brazos sobre su pecho para hacerle saber que aún esperaba que se arrepintiera de querer quedarse con el perro y que se lo entregara de una vez. Sin embargo, el pliegue apareció entre sus cejas cuando se vio fracasando por completo aquella simple misión que la obligó a tragar con dificultad, cual si estuviese haciendo a un lado todo el orgullo que la bañaba de pies a cabeza. “No me arrepentiré,” muy segura de sí misma. “Pero, ¿para qué quieres tú un perro que apenas puede ponerse de pie y que, además, ensuciará por completo el interior de tu automóvil? Para que sepas, es incluso mucho peor si vas y lo dejas a su suerte en uno de esos lugares en los que su destino es mucho más cruel que dos días conmigo,” comentó. Segundos más tarde e inoportunamente, la alarma de su móvil sonó. Éste aviso le indicaba que Zeus debía comer esa comida especial guardada en el bolso, dado que se encontraba dentro de una rigurosa dieta para bajar de peso. “Es suficiente,” anunció. Tras pensarlo con detenimiento, regresó sobre sus pasos para volver a posicionarse sobre su anterior ubicación. “Regrésamelo.”











