Permaneció en silencio con sus labios juntos, reprimiendo una sonrisa que bien pudo disimular con un ceño fruncido; desconocía las razones para que la muchacha hablase así tan a la deriva, pero no se iba a detener a juzgarla. “Sí, sí. Lo decía en general, sólo porque me acordé. No tiene que ver específicamente con esta fiesta” se vio en la necesidad de esclarecer el tema, dejando que un suspiro abandonara sus pulmones. “Yo creo que sí. Bueno, a los veintialgo que tendría ahora no, pero falleció de, ¿cuánto? ¿Diecisiete? Sus padres no la hubieran dejado venir, y eso la hubiera molestado” tomó en cuenta que ahora el espíritu de la mencionada llevaría años perpetuos. Su mirada se tiñó de blanco, humedeció discreto su labio inferior. “No, la verdad es que no creo que estén jugando cartas. Ojalá no hubiera nada, esas niñas merecen descansar tranquilas. Sería una lástima que se hayan quedado atrapadas…” mencionó, con una breve negación de su cabeza, si creía en esas entidades, pero también aseguraba la existencia de un purgatorio, un lugar peor que el mismo infierno. “De todas formas, no importa, creo que prefiero quedarme afuera, si los padres dejaron las cosas tal cual ahí dentro, me sentirá angustiado o algo así”
— Y el enojo solo hubiera echo que escapara de casa para verse aquí afuera con alguno de sus novios temporales—agregó, con una suave encogida de hombros, más suposición, más prejuicio que cualquier cosa en lo que se basaban sus palabras. Porque la del medio de las Doherty nunca le había producido interés alguno, no despertaba en ella ese odio que le tenían todas las chicas de su secundaria, tampoco un ápice del deseo que cada joven del pueblo lucharía por saciar. Su amiga aquí era otra, y la que le resultaría digna de estudiar más tarde, la menor. El repentino apagón trabó a su organismo; no pudo responder, el vaso en su mano no se elevaba a buscar el roce de sus labios. Un apagón, diría, nada raro en los suburbios. Pero allí regía brillante y luminosa entre tanta lobreguez, la casa que se había vuelto la segunda luna de la fiesta rebelde, las pantallas de los móviles encendiéndose como sus estrellas. No se molestó en prender el suyo, no era necesario, su mente tenía cosas más importantes en ese momento que preocuparse por tener un mínimo más de luz frente a sus orbes. Y entonces, comenzó el chirrido. Estaba destrozando sus oídos, dientes haciendo presión en los rosáceos labios mientras rogaba a quién sabe quién por la finalización de esa tortura auditiva. Y lo hizo, maldita sea que lo hizo, por los dos segundos más rápidos de su vida, instantes de calma antes de que la histeria colectiva se alzara campante nuevamente. — ¿Sigue existiendo en ti algo de ganas de entrar? —preguntó un tanto bromista, evadiendo la situación, cómo no — Porque pareciera ser que te están abriendo camino.















