Cuaaarreenneeeeeennnnntaaaa nueee
Despertó sobresaltado. El celular estaba sonando y, si era Milagros, no pararía hasta que él la atendiera. ¿Había tenido una pesadilla? No estaba seguro. Rubén giró en la cama y tomó el móvil. Era ella. En lo que atendía la llamada, vio que la barra de notificaciones mostraba cuatro llamadas perdidas, más nueve mensajes de texto.
—¡Por fin! —dijo ella a modo de saludo —. Te tengo una sorpresa.
—Hola amor —dijo él entre bostezos —¿Qué es?
—¿No recibiste la foto? Tengo las entradas.
Rubén se interrumpió. Sólo había unas entradas en las cuales él tenía interés, y lo había hablado con Milagros el día anterior. Paulo Márquez, el concertista de guitarra clásica, visitaría la ciudad y él se lo perdería porque no tenía los quinientos pesos que costaba una butaca en el Pullman.
—Sí amor —prosiguió Milagros—. Dos entradas para ir a ver a Paulo Márquez esta noche. Única función.
Rubén salió de la cama y se puso de pie como un rayo. Le sobrevino un mareo y la visión se le sumergió en una nube negra con pequeñas luces danzantes.
—Voces aguadas… —farfulló.
—¿Amor? —inquirió la voz de ella al otro lado de la línea —¿Estás…?
—Si, sí. Me levanté muy rápido de la cama y me mareé. Creo que se me bajó la presión.
—Es horrible la hipotensión ortostática. Creo que se llama así, o algo con hipotensión… y ortostática. Ya se te va a pasar. Un día me agarró como cuarenta y nueve veces ¿Vamos a ir no?
La visión volvió a ajustársele.
—Sí. Vamos a ir. No me lo perdería por nada.
Si antes creía que aprender a tocar la guitarra sería una empresa desafiante —no difícil, siempre debía recordarse de no usar términos negativos, y buscar algún eufemismo— ahora le resultaba imposible, y no tenía una palabra de connotación positiva para reemplazar esa.
Paulo Márquez era un mago, y la guitarra era su galera. Rubén había descubierto que podía amar a otro hombre que no fuera su padre, sin sentirse homosexual por eso. Lo que en realidad sentía era fascinación, pero, si en ese momento le hicieran la pregunta, Rubén respondería que amaba a Paulo Márquez, el Copperfield de la guitarra. Si era honesto consigo mismo, diría también que lo odiaba con todo su corazón, si acaso el corazón pudiera permitirse tal sentimiento. Paulo Márquez no sólo había llevado a Rubén a una especie de viaje astral, mientras descocía las cuerdas de acero de aquella guitarra, sino que también lo había hecho caer en la cuenta de lo lejos que estaba —con su recién descubierto talento —de poder ejecutar tales notas y, más aun, veía sus pequeños logros (a saber, cómo pasar de Do a Fa sin hacer trastear las cuerdas durante esa transición) como pura basura. Para ponerlo en términos agradables.
Rubén sintió un leve codazo en el antebrazo que tenía apoyado en el descanso de su butaca F4 del Teatro Provincial. Miró a su novia, y Milagros le hizo un gesto de admiración ante lo que escuchaba en ese mismo momento. Paulo —Copperfield—Márquez daba golpes a la caja de resonancia con los nudillos, y luego golpeteaba el mástil con la palma de la mano. Ahora la guitarra era un instrumento de percusión. El concertista salteño, actualmente radicado en algún país europeo, parecía no dar tregua a la audiencia, y con cada ejecución tensaba los hilos con que sostenía aquel teatro en las nubes de la música clásica; todos inmersos en un ilusionismo que nacía en las tablas de aquel escenario donde un solo artista se sentaba en trance con su guitarra.
Rubén le respondió a Milagros con su propio gesto de asombro, y le indicó su aprobación con el pulgar derecho. Ella había descubierto que el artista vendría a dar una serie de conciertos en Argentina, sólo uno de los cuales lo daría en La Linda. Además, había ganado las dos entradas para la presentación de esa noche luego de participar en ese concurso de una de las radios locales. No sabía qué radio era, pero tuvo tiempo de anotar el teléfono al que tenía que enviar los últimos tres dígitos de su documento nacional de identidad. Más tarde, esa misma mañana del 9 de julio, gente de la producción de la radio se había comunicado con ella para decirle que había salido sorteada, y que tenía unas pocas horas para ir a retirar las entradas para ver a Paulo Márquez. Dos horas más tarde las tenía en mano y estaba sacándoles una foto con el celular para enviarle la noticia a Rubén mediante un mensaje y darle la sorpresa. En ese gesto con el dedo pulgar, estaba el agradecimiento y el reconocimiento a una iniciativa de ella que había resultado de lo más maravillosa, superando cualquier expectativa que él hubiera podido tener. Conocerla había sido lo mejor que le había pasado en mucho tiempo. Aunque sentía algo de remordimiento, por haber desperdiciado dos meses —poniéndolo en palabras de él— “acomodando su cabeza” antes de decidirse por ella.
Luego de dos horas de concierto, Paulo Márquez pasó a despedirse por esa noche. Rubén sentía que la noche se acababa demasiado pronto, pero luego vio al artista reaparecer en el escenario en medio de ovaciones. Lo que acostumbrara el guitarrista, era ofrecerse a tocar una pieza musical a pedido del público.
—¡Asturias! —gritó alguien.
—¡Danza del sol del mediterráneo! — sugirió otro.
Paulo Márquez observaba a su audiencia con una radiante sonrisa, mientras le llegaban más sugerencias, esperando oír una que lo convenciera. Finalmente, sus ojos se posaron sobre Rubén.
Rubén se ruborizó y miró a Milagros.
—¿Qué fue lo que dijo? ¿Secretos?
—¿Qué? No, Stardust. Significa polvo de estrellas, creo. No sé de quién es.
Luego de tocar aquella pieza de Django Reinhardt, Paulo Márquez se despedía definitivamente, también en medio de ovaciones,
En el camino a la parada de colectivos de Milagros, Rubén y ella pasaron la mayor parte del tiempo recordando las armoniosas melodías que habían extasiado, no sólo cada uno de sus sentidos esa noche, sino hasta cada miembro del cuerpo.
—Una noche única —concluyó Rubén.
—¿Qué harías sin mí? ̶̶̶ dijo ella.
—Andar por la vida perdiéndome experiencias como estas.
—Pero ninguna valdría la pena si no te tuviera a vos para compartirlas.
—Bueno, ¿será para tanto? Me parece que estás demasiado emocionado. Veamos cómo te sentís mañana, y ahí me volvés a decir lo de recién.
—Te lo voy a decir de nuevo ahora, y mañana también si querés. No hay nada que quisiera hacer si no te tengo a vos para compartirlo. No podría vivir sin vos.
Rubén la miró simulando estar dolido. De hecho, estaba dolido, y exageró su expresión de pena en el rostro, acompañándolo de un ¡auch! para fingirlo.
—Nadie deja de vivir por amor —prosiguió ella —. Puedo, pero no quiero vivir sin vos, y cada día te vuelvo a elegir.
—¿Gracias…? —dijo Rubén dirigiéndole una mirada de sospecha.
—Ya lo vas a entender, tonto, —resolvió ella riendo —. Supongo.
El colectivo que la llevaría hasta la zona sur de la ciudad, donde vivía, apareció por la intersección entre calle Dean Funes y la avenida Belgrano, y frenó ante el semáforo cuando este se tornó rojo. Rubén y Milagros aprovecharon para despedirse con un beso apasionado. Quizás, él demostró un poco más de pasión que ella con eso de llevarle la mano a la cintura y arrimarla contra la suya.
Milagros extendió uno de sus brazos para detener el colectivo y con el otro tanteó sus bolsillos de manera mecánica como de costumbre, y notó que le faltaban las llaves de su casa. Al encontrarse con Rubén en la entrada del Teatro Provincial, le había pedido que se las guardara, porque a ella le incomodaba cargarlas en los estrechos bolsillos de sus joggers.
Rubén buscó en su bolsillo derecho mientras que en su cabeza sabía que las tenía en el izquierdo, de hecho, podía sentir cómo la pequeña llave del candado del portón hincaba sus dientecitos del demonio en su muslo. El colectivo de había detenido ya, y el conductor mostraba su impaciencia liberando la presión de los frenos hidráulicos, lo que provocaba un sonido similar al producido por las botellas de gaseosa cuando son destapadas —salvando las diferencias— y daba la sensación de que el vehículo estuviera quejándose también. Finamente, dio con las llaves y las extrajo. Entregó el tintineante manojo a Milagros, y esta se fue. Rubén la vio pagar su pasaje con la tarjeta SAETA, ubicarse en un asiento trasero y despedirlo una vez más a través del cristal. Él le devolvió el saludo y se dirigió a su propia parada de colectivos, a dos cuadras de donde se encontraba. Llegó a la esquina entre avenida Belgrano y calle Juramento, dobló por esta última y notó, desde el rabillo del ojo, que su colectivo venía. Eso no pasaba casi nunca. Por lo general tenía que esperar unos veinte minutos. La única línea de transporte público que llegaba hasta la villa veraniega, San Lorenzo, tenía esa lamentable frecuencia, y hacía cinco minutos, antes de despedir a Milagros, había visto pasar uno de sus colectivos, y había pensado para sí que, si tenía suerte y el colectivo de Milagros tardaba también, entonces él no tendría que esperar demasiado por el suyo. El hecho era, que Milagros había agarrado viaje a su casa tan sólo unos momentos después, y Rubén ya se había hecho la idea de que tendría un rato de espera. Pero ahora veía al colectivo con el distintivo cartel luminoso de la empresa SAETA y un gran 7 anaranjado.
Todavía le quedaba recorrer unos cien metros hasta la garita que era la parada y, aunque el vehículo se encontraba a una buena distancia, Rubén empezó a correr. En el recorrido comenzó a buscar su tarjeta de usuario común, pero por el movimiento de sus piernas no lograba dar con ella. Interrumpió la carrera y buscó detenidamente. No la encontró. Tal vez las tuviera guardada en alguno de los bolsillos laterales de su pantalón tipo cargo. Tendría que comprobarlo luego de subir al colectivo, pues lo tenía a menos de cincuenta metros y él no había llegado a la parada aún. Reanudó la carrera y, en plena carrera alzó su brazo sin molestarse en voltear. La unidad se detuvo a una corta distancia de Rubén, quien llegó justo a tiempo para subir después de una pareja que había estado antes que él en la garita pero que no había visto.
Una vez arriba de la unidad, se dispuso a buscar el plástico para pagar su pasaje. El nerviosismo y la ansiedad se hicieron presentes a la vez y comenzaron a abrazar su cuerpo. Rubén no lograba dar con su tarjeta. Por si fuera poco, el chofer del colectivo no había vuelto a poner la unidad en movimiento. Era uno de esos que quieren asegurarse de que cada pasajero abone su boleto antes de reanudar el viaje. Rubén terminó por aceptar que había perdido su tarjeta. Era una desgracia menor. Todavía tenía algo de efectivo encima; el suficiente para pedir a algún pasajero que se solidarizara con él, aunque mucha solidaridad no sería, si el solicitante paga el favor con dinero.
—Disculpe —dijo Rubén al conductor —. Parece que perdí mi tarjeta. Pero voy a pedir a algún pasajero que me haga el favor de pasar la suya.
—Como sea —dijo el conductor—, pero recuerde que sólo podrá permanecer en la unidad en tanto la persona que le paga el boleto también se encuentre aquí. Son las políticas de la empresa.
Rubén se dirigió a las personas en el colectivo, las cuales ya estaban desviándole la mirada. Solicitó que alguien le pagara el boleto, pero sólo recibió negativas.
—Señor, tengo que cumplir con un horario —intervino el conductor—. Si no tiene para pagar el boleto, le voy a tener que pedir que desci…
—Aquí, yo le pago —interrumpió un pasajero de cuerpo robusto, un poco más de metro-noventa de altura y barba hípster.
Rubén comenzó a agradecerle mientras le volvía el alivio al cuerpo. De alguna manera tuvo la sensación de que alguien lo asistiría, pero esa sensación vino acompañada de un mal presentimiento que hizo esfumar su alivio tan pronto como había llegado. Tampoco tenía el efectivo con él. En ninguno de sus bolsillos. Estaba terriblemente seguro de ello. Ya se había percatado al buscar su tarjeta. El único papel que había rozado con sus manos era el programa del concierto de Paulo Márquez que estaba hecho dobletes en su bolsillo trasero. En su mente, sabía que sólo le quedaba comprobar —nuevamente— el bolsillo donde había guardado tanto las llaves de Milagros, como su tarjeta y el efectivo. Tenía por costumbre envolver el plástico en el papel, por lo que, si extravió una cosa, también había extraviado la otra. Un pequeño halo de esperanza tenía de que su único billete de cincuenta pesos se hubiera arrugado y alojado en algún rincón de su bolsillo, y esa esperanza acababa de esfumarse.
El pasajero que se había ofrecido para pagarle el boleto vio a Rubén rebuscando en sus bolsillos, y le indicó con un gesto de su mano que dejara de hacerlo. Él cubriría su viaje. Cuando Rubén comenzaba a sonreír por la manera en que parte de sus problemas se resolvían —pues era cincuenta pesos más pobre y todavía tenía que reponerse a sí mismo una tarjeta de usuario común que tenía quizás un poquito más de valor de carga —la máquina de cobranza disparó tres señales al mismo tiempo. Una fue un breve pitido, agudo y monótono, otra fue una luz roja en forma de X, y la tercera fue una leyenda que rezaba “saldo insuficiente”.
Con las opciones acabadas, Rubén descendió de la unidad. La cabeza le hervía de la vergüenza y la frustración. Dio un golpe de puño al tronco de un árbol que estaba junto a la garita, y segundos después deseó no haberlo hecho, pues ahora le dolían la mano y el orgullo.
Evaluó, nuevamente, qué otras opciones tenía, y resolvió que había dos. La primera de ellas era volver sobre sus pasos en busca de los bienes perdidos, y la segunda —si acaso la primera no produjera los resultados deseados— sería volver a casa caminando.
Su pierna izquierda le vibró una vez y luego otra, y luego dos veces más. Serían cuatro mensajes de texto, o quizás dos mensajes y una que otra notificación. Tomó su teléfono celular y efectivamente tenía cuatro mensajes de Milagros. Antes de leerlos supo que los mensajes podrían haber sido enviados en uno sólo, pero ella tenía la molesta costumbre —aunque cuando se conocieron le pareciera graciosa— de fragmentar lo que bien podría ser una sola oración y enviarla en mensajes cortos, uno detrás del otro. En sus días malos, esa pequeñez podía llegar a sacar de quicio a Rubén. Leyó los mensajes.
Pensó en responderle luego de buscar sus pertenencias, pero resolvió hacerlo en ese momento. Hacerla esperar resultaría en más mensajes —oraciones fragmentadas— que ahora, en esta situación particular, no le contribuirían con nada positivo.
Luego de presionar “enviar”, levantó la vista al escuchar los pasos de una señora que venía corriendo. Llevaba el cabello un tanto revuelto, traía un vestido que parecía un salida-de-cama, sandalias y una caja de zapatos bajo el brazo. Al principio, Rubén creyó reconocer el rostro de aquella mujer, pero se inclinó a pensar que en realidad no la conocía.
—¿Vos también esperás el colectivo a San Lorenzo? —dijo ella agitada.
—No. —No le iba a explicar todo su percance—. Me confundí de parada, y casi me voy a cualquier lado.
—¡Ah! Es un desastre el servicio. Las unidades no respetan los horarios y, a menos que uno se conozca las paradas de memoria, es imposible saber dónde tomarlos. Mirá, por no saber casi te tomás el colectivo equivocado.
Rubén se limitó a responder con un hmmm. Sólo quería que ella terminara de hablar para poder ir a buscar sus cosas, pero no se animaba a pasar por maleducado interrumpiéndola, aunque tenía razón suficiente para decirle que no tenía tiempo de conversar.
—Ahora, quién sabe cuanto tiempo voy a tener que esperar hasta el próximo colectivo —prosiguió ella —. ¿Vos no sabes cada cuanto pasan? No, qué vas a saber, si te tomaste el colectivo equivocado, ¿no? Disculpáme, te estoy demorando.
Rubén asintió cortésmente.
—Qué educado. ¿Te podría pedir un favor antes de que te vayas?
Rubén estaba por decirle que no, pero no pudo. Quizás fue el hecho de que ella lo tuteara.
—¿No me sostendrías la caja un segundo? La correa de la sandalia se me soltó mientras corría para alcanzar el colectivo.
—No hay problema —dijo—. La podría haber puesto en el suelo, pero… —pensó.
—Gracias —respondió la mujer, mientras le alcanzaba la caja—. Ya sé que podría haberla dejado en el piso, pero es muy especial para mí, y me volvería loca si algo le pasara.
Rubén tomó la caja y pensó que ya pasaba por loca, más allá de que algo sucediera con la caja o no. De repente sintió un olor horrible, y estaba seguro que provenía de el interior de la caja. Algo en estado de putrefacción había allí dentro. Contuvo la respiración y alejó el objeto lo más que pudo. ¡Cuánto más podría demorarse aquella mujer en ajustar la correa de sus sandalias!
—Cuidado con tirarla, ¿eh? —advirtió la mujer—. No quiero que se te vaya a caer y me hagas perder su contenido. Ya perdí demasiado en esta vida, y eso es lo único valioso que me queda.
—No se preocupe —la tranquilizó él—. Lo que sea que haya aquí, está seguro.
—No trates de hacer que te revele lo que hay dentro —dijo ella en tono de broma —. Soy una persona muy reservada. Pero, por tu amabilidad, a lo mejor termine compartiendo uno que otro secreto con vos. Ya sabes lo que dicen: “Los secretos que guardas hasta el último día de tu vida te perseguirán desde el primer día de tu muerte.”
La mujer lo miró sonriendo, y por un rato pareció que su cara adoptaría ese gesto para siempre, pero luego añadió—: Listo, esta correa debería estar bien ahora. Ya podés darme la caja.
Rubén hizo caso, y cuando se preparaba para despedirse, ella volvió a hablar.
—Yo solía tener una hija, pero murió. Fue terrible. Todavía no me lo perdono. Siento que no hice nada para impedir que se sometiera a las cosas horribles que... Y todo porque nos pareció que eso sería lo mejor para que ella continuara con su vida sin estorbos. ¿Qué chica de catorce años está lista para ser madre? Yo fui madre a los diecisiete, pero eran otros tiempos. Al menos eso creo. Pero mi bebé —la mujer empezó a sollozar—ella no estaba lista. Quiero creerlo. Sé que me habría dado un nieto hermoso. Pero tampoco queríamos que quedara atada a ese vago que la embarazó. Esos ricachones pensaron que íbamos tras su dinero. Sin embargo, ellos eran los más interesados en que ese embarazo no llegara a término. Los convencieron a él y a nosotros. Pero mi hija no quería saber nada. Si tan sólo la hubiéramos escuchado, aun estaría entre nosotros.
Por un momento, Rubén se olvidó de sus propios problemas. Estaba demasiado impactado por la historia de esa mujer, y más aun por lo azaroso de la situación. No la conocía, y sin embargo ella se había desahogado allí con él. Concluyó que debía tratarse de una mujer muy solitaria, además de abrumada por las tragedias que le habían sobrevenido. La vio llorar aferrada a su caja, y él mismo sintió cierta congoja. Pensó en decir algo, y nada se le ocurría. Eventualmente, algo vino a su cabeza.
—Es una verdadera lástima lo que pasó. Calculo que el embarazo de su hija debió ser avanzado, para saber que tendría un varón.
La mujer lo encaró repentinamente. Detrás de su lagrimas podía verse otra cosa. Algo que era demasiado evidente, aunque Rubén no pudiera darle un motivo. Esa mujer lo miraba con rabia.
—Una lástima, ¿decís? No te causó mucha lástima cuando tus padres se encargaron de asegurar que su hijito no formaría familia con una villerita como mi nena, ¿eh? Y ahora estás aquí queriendo averiguar qué llevo en esta caja. ¿También me querés quitar esto? ¡NI LOCA! Pero una cosa te voy a mostrar, y es eso que nunca vas a tener.
Abrió la caja y se la mostró. Rubén retrocedió cubriéndose el rostro con las manos. A punto estuvo de vomitar.
—¡Saludálo a tu hijo, no seas así!
Rubén estaba demasiado pasmado por lo que tenía ante sus ojos. Apartó la mirada aterrado, y lo único que pudo decir entre lágrimas de conmoción fue:
Echó a correr , y a sus espaldas se elevaba un alarido.
Cuando llegó al templete de San Cayetano, ya había estado caminando por cuarenta minutos, lo que significaba que aún tenía otra hora y media de peregrinaje hasta llegar a su casa en San Lorenzo. Volvió a recordar en medio de rezongos y maldiciones cómo no había encontrado su tarjeta ni su dinero, y le deseó lo peor a aquel que hubiera dado con ellos. Luego de eso, se había dirigido hacia la avenida Entre Ríos, la cual subía derecho hasta donde Rubén se encontraba ahora, la avenida Juan Domingo Perón que, a su vez, daba paso a la ruta nacional 28. El mágico concierto de Paulo Márquez quedaría en el olvido en poco tiempo, y de momento lo rememoraba con cierta amargura. Tanto placer arrebatado por el infortunio, el descuido propio, y una loca con un feto en una caja de zapatos. Casi deseaba no haber ido al concierto; que Milagros no hubiera escuchado el anuncio del sorteo aquella mañana; que no hubiera salido sorteada. Lo que fuera con tal de cambiar su situación actual y no encontrarse caminando a altas horas de la noche, con las piernas que comenzaban a dolerle. Pensó que podía tomarse un taxi, pero enseguida descartó esa idea. Sus padres no estaban en casa y, de estarlo, tampoco habría querido ponerlos en el aprieto de solventar tamaño gasto. Aun desde donde se encontraba, a unos diez quilómetros de casa, un viaje en taxi podría terminar costándole alrededor de doscientos pesos. También podría suceder que le hubieran dejado algo de efectivo antes de irse a aquel casamiento, pero inclinarse a esa posibilidad sería apostar demasiado a la suerte, y esa perra no había estado cooperando durante la última hora. Además, si de hecho le hubieran dejado ese dinero, luego querrían saber en qué lo había gastado y tendría que contarles el accidentado desenlace de la salida con su novia, la cual escogió por sobre la invitación al casamiento. Eso sumaría que tendría que soportarlos reprochándolo en su toma de decisiones; un trago amargo que querría pasar sin titubeos.
El templete a San Cayetano había quedado atrás por unos quinientos metros. Mientras Rubén caminaba en ascenso por la banquina al costado de la avenida Juan Domingo Perón, la ciudad de Salta se hacía cada vez más visible, vestido el valle con luces amarillas y blancas.
La pierna volvió a vibrarle. Cuando sacó el celular, vio que tenía otro mensaje de Milagros y cuando fue a desbloquear la pantalla, le llegó la segunda parte. Rezongó al tiempo que la pantalla abría la casilla de mensajes. Ya sospechaba lo que esos textos dirían. Probablemente algo con respecto al paradero de él, y el otro anunciando que ella ya se iría a la cama.
Miren quien es un psíquico ahora, pensó. Rubén comenzó a redactar su respuesta, pero la notificación de un tercer mensaje lo interrumpió al aparecer mientras tipeaba sobre la pantalla digital.
—El psíquico estaba en medio de eso —dijo a la creciente penumbra que se alzaba delante de él. Esperó unos segundos más antes de reanudar su mensaje. Cuando ya estaba seguro de que no recibiría otro, envió su respuesta.
Llegué hace un rato. Hasta mañana. Te amo.
El mensaje se envió enseguida y Rubén se quedó leyéndolo reiteradas veces pensando en por qué había decidido mentirle, en lugar de explicarle que había tenido que volverse caminando por haber extraviado su tarjeta. Sentía un poco de culpa, pero al mismo tiempo se dijo que no le había mentido. Eventualmente llegaría a su casa y, excepto por los medios en que lo hizo, esos mensajes dirían la verdad. Al ocultarle la verdad —una manera menos fea de decir mentir— le estaba ahorrando a Milagros el tener que preocuparse por una situación que no podría resolver, y se ahorraba a sí mismo el tener que responder a preguntas que sólo resultarían en una pérdida de tiempo, y ninguna solución práctica. A saber: ¿Cómo perdiste la tarjeta?, ¿qué vas a hacer ahora?, tomate un taxi, ¿Cómo vas a volverte caminando? Con el humor que tenía ahora, sólo podía pensar en respuestas de muy mal gusto que con seguridad provocarían que ella se enojara con él. Sí, había hecho bien en modificar la verdad. Ya tenía que resolver el problema de su regreso, cuestión que ocupaba bastante su energía. Si tenía que ocupar su mente con el malestar agregado de estar en malos términos con su novia, asumiendo que se cumplieran cada una de sus suposiciones, ya sería masoquista.
Llegó hasta una estación de servicio que se encontraba llegando a la circunvalación que ponía fin a la avenida Juan Domingo Perón y daba comienzo a la ruta 28. Por una fracción de segundos, olvidó que sus bolsillos estaban tan vacíos como sus deseos de encontrarse en su cama, y quiso ir a comprarse un agua saborizada. Se percató de su pobreza temporal y largó un suspiro de frustración. Volvió a perfilar hacia la ruta 28. Un ciclista estuvo a punto de arrollarlo en el acceso vehicular, y le gritó que tuviera cuidado.
El viento que de momento no lo había perturbado al verse escudado por diversos edificios, ahora se hacía sentir con mayor notoriedad. La vista panorámica de la iluminada ciudad de Salta quedó atrás, al igual que el recuerdo de aquel concierto de Paulo Márquez. No tanto así los malestares vividos luego.
Delante de Rubén se extendían unos seis quilómetros de ruta. A su mano derecha se encontraba el inmenso descampado, propiedad del ejército, y a su mano izquierda otro descampado en el cual podían divisarse casas a lo lejos. Allí también había una ciclovía a uso cuantos metros de la ruta. Rubén consideró la posibilidad de cruzarla para caminar por la ciclovía, pero el alumbrado público era más escaso de ese lado y, además, ese sendero tenía pendientes que le demandarían un esfuerzo físico extra que no estaba dispuesto a hacer.
El viento ya soplaba con fuerza cuando rodeó la rotonda y sentía que le ofrecía cierta resistencia. Sobre el asfalto había un gran 49 blanco, lo que le resultó extraño, pues aquella era la ruta 28. Supuso que sería el quilómetro 49, pero eso tampoco tenía sentido. ¿Sería la velocidad máxima permitida? Un tanto absurdo. La banquina por la que iba era pedregosa y por momentos no podía dar pasos firmes. Los automóviles que volvían de la ciudad pasaban a toda velocidad. Podía sentirlos aproximarse con el crescendo de sus motores, pasar por su lado cortando el viento, y alejarse hasta que las luces traseras no eran más que diminutos puntos rojos en el horizonte oscuro. Por un rato se había propuesto contar los vehículos que pasaban por su lado, para ocupar su mente con algo. Luego decidió separarlos por categorías, según el color y marca. Llevaba contadas cuatro camionetas Toyota blancas y nueve Renault Duster gris oscuro —sin contar otros cuyo modelo y color no se habían repetido— cuando una idea que no había tenido antes se cruzó por su cabeza. Se sintió como un idiota por no haberla considerado. Llevaba una hora caminando, cuando ya podría hallarse en la cama que tanto anhelaba, si tan solamente hubiera pensado en hacer dedo para conseguir un aventón. Se repitió a si mismo lo idiota que había sido por haberse nublado la cabeza en enojo y frustración. Emociones que no habían traído más que pérdida de tiempo. Se dijo también que debía poner manos a la obra, no fuera que por auto reprocharse, pasara caminando otros cuantos quilómetros a la intemperie.
Adoptó una nueva posición y comenzó a caminar hacia atrás. Las luces altas de un vehículo que le era imposible distinguir se acercaban. Elevó su brazo con el pulgar levantado y trató de adoptar una expresión entre suplicante y amistosa. El vehículo no aminoró la marcha y siguió de largo. Había sido un Chevrolet Corsa rojo (el tercer Corsa, pero el primero de color rojo según su conteo) cuyo único ocupante era la conductora. Rubén pensó que, en el lugar de la mujer, él habría hecho lo mismo.
Menos de un minuto después, otro vehículo se acercaba. Rubén hizo lo mismo para pedir un envión. Brazo arriba, pulgar también. La camioneta 4x4 pasó tan rápido que Rubén no pudo ver qué modelo era. Esta vez largó una maldición entre dientes.
Poco le faltaba para resignarse a seguir solicitando que algún conductor solidario se orillara para llevarlo hasta San Lorenzo, pero seguía creyendo que, en cualquier momento, tal persona aparecería. En una oportunidad, luego de que el séptimo vehículo siguiera de largo como si él estuviera poniendo su vida en riesgo al ir caminado por la banquina por pura diversión, decidió darse por vencido y continuar el peregrinaje a casa de la misma manera que hacía una hora y media: a pie. Enseguida lo invadió la terrible sensación de que, en el preciso segundo que él dejara de insistir a la buena voluntad de los conductores, alguien que podría haberle dado el aventón, pasaría por su lado sin más, y Rubén habría perdido su única oportunidad.
Otro auto, un Peugeot 206 azul —el segundo auto azul de la noche—, pasó. Rubén largó un grito furioso al cielo estrellado y revoleó una piedra del tamaño de su puño que golpeó un árbol que se encontraba más allá del alambrado que delimitaba el descampado militar. Empezó a vociferar insultos repetidos mientras pateaba lo que estuviera en su camino.
Varios minutos pasaron sin que ningún vehículo apareciera, aunque Rubén ya había desistido de pedirles asistencia. Si algún vehículo pasaba, él casi no lo notaba. Iba protestando en voz alta, expresando lo increíble que le resultaba la falta de solidaridad y la poca predisposición que existía entre la gente lo suficientemente adinerada como para disponer de vehículo propio, y que bien podría detenerse a prestarle ayuda a una persona, pero que decidían no hacerlo. Se dijo que él no sería igual, y que estaría presto para ayudar a quien pudiera, siempre y cuando dependiera de él.
En un momento dado, se percató de que venía agitando los brazos y expresando sus frustraciones de manera muy gesticulosa. Pensó que debería tratar de tranquilizarse un poco, porque estaba seguro de que, así como los conductores decidían ignorarlo también podían verlo. Seguramente lo valuaban de idiota por estar caminando por la banquina, entonces no querría darles la excusa de creerlo un loco también.
Caminó cabizbajo por un período de diez minutos. Creía que, si no miraba hacia adelante, eso aplacaría su ansiedad. Al mirar al frente, tenía la sensación de que su meta se alejaba de él con cada paso. En cambio, mirando sus pies, el camino avanzaba de manera más veloz y, cada tanto, al alzar la vista, notaba que el punto al que se había propuesto llegar —a saber, un poste de luz, o una señal de tránsito— ya estaba a unos pasos nada más. Cosa que lo galardonaba con una leve sensación de triunfo.
Al sobrepasar un cartel verde que decía A 100M CIRCUNVALACIÓN OESTE, Rubén tuvo la seguridad de que alguien estaba detrás de él. La sensación fue como un escalofrío que desapareció tan pronto como llegó. Miró hacia atrás, pero no había nadie. Atribuyó aquello al viento que, de momento, había amainado, pero que seguía allí. Pasando la circunvalación oeste, unos trecientos metros más adelante, había un puente debajo del cual pasaba un río que se encontraba seco. Rubén sentía que las piernas se quejaban del dolor. Se dijo que no iba a descansar a pesar de la fatiga, pues eso le supondría redoblar sus esfuerzos al momento de reanudar su caminata.
Llegó al puente y se sentó sobre la baranda, mirando hacia un rio —ahora un surco de piedras esperando que la lluvia le diera vida— que se perdía en la oscuridad. Balanceaba las piernas buscando darles algo de alivio. Cerró los ojos, trató de recordar el concierto de Paulo Márquez, y le pareció que había sucedido hacía días. De a poco, algunas de las melodías volvieron a su cabeza. Una sonrisa se le dibujó en el rostro. Sintió el codo de Milagros golpear su brazo y la cara de asombro de ella mirándolo a los ojos con placer. Volvió a abrir los ojos, y lo invadió el vértigo. Se aferró fuerte a la baranda y contrajo el estómago. Se bajó con cautela y apoyó sus pies nuevamente en el asfalto. Permaneció apoyado sobre la baranda, y posó los ojos sobre un árbol a orillas del río seco, que era zarandeado por la brisa. Otra vez lo invadió la sensación de que alguien estaba parado detrás de él. Esta vez con más intensidad. Volteó. Nada.
Reanudó la marcha. Un rumor leve surgió de atrás de él. Ya lo conocía. Otro automóvil. Otro ser humano de mierda que pasaría a toda velocidad viendo a Rubén (pero haciendo de cuenta que no) caminar por la banquina. Le resultó llamativo equivocarse con respecto al detalle de la velocidad, pues aquel vehículo no lo había pasado aún. Más que llamativo, le resultó molesto. Sentía el rumor del motor, pero el auto permanecía oculto tras una curva elevada de la ruta. Lo tenía más cerca. El ruido del motor le sugería que era un auto más viejo de los que habían estado circulando hasta ratos antes, pues era irregular y latoso, según la palabra que le vino a la cabeza. Volvió a buscarlo tras de sí pero no estaba. Tenía que estar en muy mal estado para hacerse escuchar desde tan lejos. Decidió que le daría una última oportunidad a la humanidad, y comenzó a caminar hacia atrás otra vez.
—Brazo extendido; puño cerrado; dedos arriba —dijo, imitando la voz de Piñón Fijo y pensando que deshonraba a Paulo Márquez por recordar más del fragmento de una canción infantil que de cualquiera de las ejecuciones del “astro de la guitarra” horas antes.
El auto apareció, y Rubén no pudo evitar sentirse acechado. Había acertado en que era un auto viejo. Le habría faltado agregar que el vehículo parecía, además, destartalado. La óptica izquierda estaba muerta, y la derecha emitía una tenue luz amarilla. Avanzaba a paso de hormiga. La silueta de la persona al volante parecía ser la de un hombre. Rubén permaneció en la misma posición, sin esperar demasiado de aquel conductor, pero preparándose a dedicarle las más soeces cortesías a él y su familia, si acaso el extraño la tuviera.
Brazo extendido, puño cerrado, dedos arriba, articulaciones cansadas, pensó. Que Paulo Márquez de joda si quiere.
El auto lo pasó de largo. ¡El desgraciado, con un auto hecho pedazos, lo había dejado parado como un…!
Paró unos veinte metros más adelante. Balizas encendidas.
Rubén se quedó quieto en su lugar. El hervor de su cabeza bajando a gran velocidad al caer él en la cuenta de que alguien lo llevaría a casa, o al menos hasta San Lorenzo. Le quedaban dos quilómetros y medio de distancia, pero él estaría agradecido así fuera que le dieran un aventón por quinientos metros. Pensó que el conductor daría marcha atrás para recogerlo, pero permaneció donde estaba detenido. Rubén apresuró sus pasos antes de que el conductor cambiara de parecer y lo dejara allí. Llegó hasta el vehículo, y notó que era de un color rojo gastado. Era un Renault 12. No sólo era viejo, era ancestral.
A caballo regalado no se le miran los dientes, pensó.
—Pero este caballo ni dientes tiene —susurró para sí.
Fue hasta la puerta del acompañante y supo que esta no abriría. Estaba sujetada con alambres. El conductor ni siquiera se molestó en advertirlo sobre ese detalle. Luego, fue por la puerta trasera, y esta abrió, aunque requirió una fuerza que uno no haría con otros autos. Rubén tuvo que contenerse para no reírse. La parte trasera del vehículo no tenía butacas, sólo el piso de chapa y una manta que lo cubría parcialmente. Ingresó y se sentó sobre la manta, que no ofrecía ninguna comodidad. A pesar de todo, se sentía aliviado porque su travesía a pie había tocado a su fin.
—Muchas gracias, don —dijo para romper el silencio—. No sé por cuanto tiempo estuve caminando. Vengo desde el Teatro Provincial, ¿sabe? Perdí mi tarjeta con la plata que tenía y no pude tomar el colectivo.
¿Sabe cuántos autos me habrán pasado de largo? Queda muy poca gente con buena voluntad. Pero a usted le estoy super agradecido por tomarse la molestia de llevarme. Creo que ya estamos cerca de San Lorenzo, pero dudo que mis piernas hubieran aguantado muchos metros más de caminata.
El conductor no le respondió. Rubén sólo podía verle la nuca desde donde estaba. Llevaba el cabello corto, estilo militar, y tenía la cabeza un tanto inclinada hacia adelante. Rubén buscó el rostro del hombre a través del espejo retrovisor, pero fue inútil. La iluminación que venía de afuera era muy poca y le hacía sombra. Rubén lo miró con detenimiento, y notó cómo el cuerpo del hombre se movía al ritmo de una lenta respiración. De pronto, un pensamiento lo sobresaltó y lo llenó de miedo. ¿Acaso el conductor se habría orillado para dormir? Si era así, podía despertarse en cualquier momento y verlo a Rubén subido atrás. Eso podría desencadenar toda clase de reacciones. Luego se dijo que era un pensamiento absurdo. No le había tomado más de un minuto ir hasta el vehículo y subirse desde que el conductor se había detenido. Nadie podía dormirse tan rápido, ni mucho menos permanecer en ese estado, con todo el ruido que produjo al abrir la puerta, y su mismísima boca.
Pensó que debería hacer algún comentario, sobre cualquier cosa, con tal de comprobar que el hombre realmente no estaba durmiendo como parecía. Estuvo a punto de decir que había tenido suerte de que no lo hubiera agarrado una lluvia sorpresiva, cuando el hombre levantó el rostro y clavó su mirada en los ojos de Rubén a través del espejo retrovisor. Esa repentina reacción hizo que Rubén retrocediera. Brazo extendido, muño cerrado, dedos arriba, culo fruncido. Clavó su espalda en un objeto que le trajo la imagen de un tornillo a la cabeza y rogó no haberse lastimado. VIAJE A CASA CON TÉTANOS INCLUIDO, se escribió junto a la imagen del tornillo. El hombre volteó para encararlo. Tenía la mirada perturbada, y hasta quizás tocada por el alcohol. Estudió el rostro de Rubén como si de verdad se tratar de un intruso.
—¿No hay nadie más? —inquirió con voz grave, profunda.
Rubén no supo qué responder. Lo último que se esperaba era que el dueño del auto no supiera quienes viajaban con él. También, consideró que era muy evidente el hecho de que el venía caminando solo. Negó con la cabeza y masculló un débil no. El conductor volvió al volante antes de que Rubén terminara de responder. Movió la palanca de cambios —directamente a segunda— y hundió el pie en el acelerador. El auto derrapó sobre la banquina pedregosa, y salió al asfalto de manera muy desprolija. Rubén volvió a sentir el objeto punzante en su espalda y se reacomodó hasta asegurarse de no sentirlo más. Y de otra cosa también estaba seguro: subirse a ese vehículo había sido un error.
No tardó en comprobar que aquella chatarra era más rápida de lo que había aparentado. Si bien no pasó de cero a cien quilómetros por hora en diez segundos, ya estaba pisando los ochenta y no había pasado un minuto desde que se había subido. Al principio, el vehículo se sacudió mientras el motor trataba de subsanar las descuidadas maniobras que su conductor hacía con la caja de cambios. Rubén se sujetó con un brazo del asiento del acompañante para asegurarse —demás está agregar que el cinturón de seguridad estaba totalmente inutilizado por la falta de la butaca trasera— y con el otro se apoyó en el suelo. El vehículo mantenía la velocidad y parecía haber alcanzado un punto de estabilidad sobre el asfalto.
A Rubén le pareció notar que el conductor chequeaba el velocímetro a cada rato. Bajaba la mirada y la volvía a levantar para fijarla en el camino. El ir y venir de su cabeza, entre la aguja indicadora y el parabrisas, era repentino. Por fin, Rubén se dio cuenta de lo que realmente sucedía. ¡EL CONDUCTOR SE ESTABA DURMIENDO! Ahora resultaba obvio. Rubén se inclinó hacia adelante y buscó el rostro del hombre en el espejo retrovisor una vez más, pero sin resultados. Probó con sujetarse del asiento del conductor para tocarlo en el hombro intencionalmente.
—Parece que va a llover —dijo con un volumen más alto de lo normal. En efecto, el parabrisas había comenzado a recibir mínimas gotas de una llovizna.
—No hace falta que grite que estoy bien despierto.
Rubén pensó en disculparse, pero no encontró la voluntad. La situación lo había puesto un tanto molesto y nervioso. Quizás, más nervioso que molesto. No sólo estaba en el vehículo de un desconocido, lo cual hacía forzada cualquier tipo de interacción para alguien poco sociable como él, sino que ese auto parecía caerse a pedazos, y su conductor tenía poco y nada de conciencia sobre el asfalto. Todavía no se atrevía a calificarlo de descortés, después de todo, había sido el único en ofrecerse a darle un tirón hasta San Lorenzo.
Rubén volvió a ubicarse en la posición que se encontraba antes, y se dispuso a relajarse, dentro de lo que fuera posible. De improviso, el conductor volvió a orillarse clavando los frenos. El destartalado Renault chilló, se sacudió y quedó quieto. El motor aun hacía vibrar la carrocería. Rubén estaba atónito. Observó a su chofer, y este había adoptado la misma posición que cuando lo había levantado minutos atrás. La cabeza baja, como mirando los indicadores en un tablero polvoriento de luces tenues. Respiraba lenta y profundamente. De repente volvió a encarar a Rubén con ojos cansados.
—No pudiste hablarle con la verdad, ¿no? A Milagros, tu novia. Siempre refugiado en tus eufemismos, mentiras, claro.
Rubén estaba que abría y cerraba la boca, como pez atolondrado fuera del agua. Volvió a tener esa extraña sensación de aturdimiento. Vio rasgos casi familiares en el rostro de aquel hombre, sin embargo, no podía decir si lo conocía. En esa oscuridad, y si estuviera un poco loco, diría que tenía un rostro distinto al de antes.
—No lo hiciste —prosiguió el conductor—, y andas atrapado en tu autoengaño. Pero ya no importa. Hay lecciones que logramos aprender, y lecciones que desearíamos haber aprendido.
Rompió en carcajadas. Volvió a pisar el acelerador y salió nuevamente a la ruta riendo como un loco. Riéndose de Rubén.
—No te culpo —prosiguió carraspeando—. Pero yo, en tu lugar…
—¿¡De qué está hablando!? —interrumpió, intentando controlar su enojo ante el descaro de aquel desconocido. Estaba turbado—. ¡¿Quién carajo es usted y que carajo sabe de…?!
El auto volvió a sacudirse al frenar de golpe sobre la banquina pedregosa.
—No voy a permitir que se me interrumpa mientras hablo —dijo el conductor—. Si no estás de acuerdo con la manera en que se hacen las cosas en mi vehículo, estás invitado a bajarte y seguir a pie.
—¡Estuve caminando toda la noche! —increpó Rubén—. ¡No tengo problemas en seguir haciéndolo mientras no tenga que estar hablando con un entrometido como usted!
Fue por la manivela, pero la puerta no se abrió. Volvió a tirar de ella, más sin resultados.
—Creo que olvidé mencionar que esa puerta sólo abre desde afuera —se burló el conductor—. Supongo que vas a tener que escucharme después de todo.
Volvió a acelerar. Rubén fue sacudido hacia atrás. Estaba atónito. Su cuerpo quedó petrificado por un súbito terror que lo invadió. Sintió que algo siniestro se alzaba en el interior de ese vehículo. Era el auto, el conductor, uno de los dos, o ambos.
—Entrometido, dice usted —dijo el conductor con extraña formalidad, mientras el Renault ganaba estabilidad en el asfalto—. Deje que le cuente sobre alguien que se entrometió en la vida de mi familia. Tomó una de mis hijas. Hizo sus cochinadas con ella y, luego con ayuda del dinero de sus padres, se deshizo del problema. Sin embargo, siempre tuve problemas para decidir qué tanta responsabilidad debería recaer sobre la cabeza de ese metiche, después de todo, también fue engañado. Claro que tuvo mucha determinación en lo que sugirieron sus padres, cuando el decidió hablarle de una “solución” a mi hija. Al igual que tuvo mucha determinación en terminar la relación con ella, porque “era lo mejor para los dos”. ¿Puede usted notar cómo este sujeto empleaba palabras suaves para referirse a actos duros? ¿No le recuerda a alguien? Sin embargo, creo que hasta ahí llega su rol en toda la tragedia que vino después—volteó para mirarlo al rostro una vez más, sin detener el vehículo, y cambió el registro—. Déjame que te ilumine un poco, en caso de que lo hayas “olvidado”, ¿lo dije bien?
Rubén no necesitó mucha iluminación. Ya sospechaba de qué se trataba todo aquel circo. Estaba directamente relacionado con la loca en aquella lejana parada de colectivos. Este hombre —este loco— debía ser el esposo, y se las había arreglado para seguirlo y continuar con el disparatado relato de su loca mujer. Aunque ello no tenía ningún sentido. Él no se figuraba por qué la tenían con él. Evidentemente, lo habían confundido con alguien más. Estaban tan trastornados por la tragedia de una hija perdida en circunstancias tan horrendas, que sus delirios los llevaban a actuar de la manera en que lo hacían. Pero había dos cosas que no le cerraban. ¿Por qué la tenían con él? Y ¿Cómo sabía ese hombre que su novia se llamaba Milagros y que él no había sido siempre honesto con ella? De hecho, ¿lo sabía o era otro—en este caso oportuno— delirio?
La primera pregunta resultaba un tanto más sencillo de responder que la primera. Indudablemente, los delirios en que este hombre y aquella mujer se encontraban inmersos, los habían llevado a encontrar en Rubén un sustituto de aquel que declaraban había sido el culpable de someter a la hija de ambos a un aborto desafortunado. Quizás aquel sujeto era parecido a Rubén en cuanto al aspecto físico. Un lunático no pide mucho a la hora de crear realidades alternas. Ahora, la segunda cuestión era mucho más rara. Ese hombre sabía el nombre de Milagros y, aparentemente, estaba enterado de un secreto que él tenía con ella.
—Usted me ha confundido con alguien más, señor. Yo no tengo relación con nada de lo que usted dice. No sé cómo sabe el nombre de mi novia, ni tampoco sospecho qué es lo que usted insinúa que le ando ocultando.
El conductor aceleró más, y el vehículo comenzaba a tocar los 90 quilómetros por hora.
—Los secretos que guardamos hasta el último día de nuestras vidas nos perseguirán desde el primer día de nuestra muerte —murmuró el hombre.
Rubén volvió a tener un ataque de lo que Milagros había llamado hipotensión ortostática.
—¡Ah, los mareos! —dijo el hombre mirándolo por el espejo retrovisor; su rostro distinto otra vez—. Ya hemos hecho esto, y te has engañado reiteradamente, querido Rubén. Si bien parece que has aprendido algo nuevo cada vez, nunca te acercaste a lo esencial. “¡La verdad os hará libres!” Estoy seguro que lo escuchaste alguna vez. De mí seguro, ¿o fue de aquel conductor ebrio que te levantó en la ruta aquella noche que perdiste tus cosas luego del concierto? En fin, este episodio está por terminar, y de nuevo no aprendiste nada.
Rubén abrió los ojos tanto como pudo, esperando que la vista terminara por aclarársele, y que el zumbido en sus oídos llegara a su fin. Comenzó a llorar y a patear la puerta con desesperación.
—¡DEJAME SALIR! ¡QUIERO BAJAR! ¡LOCO DE MIERDA! ¡DEJAMESALIRDEJAMESALIRDEJAMESALIR!
—¡Ah, eso es nuevo! —exclamó el conductor—. Pero, de nuevo, nada que vaya a ayudarte. Ese pobre ciclista está a unos cien metros y, al igual que siempre, va a cruzarse de carril sin saber que un conductor ebrio viene por detrás con las luces malas. ¿Ya lo olvidaste? Tus inútiles esfuerzos de aquella noche no alcanzaron para arrastrarlo del sueño etílico al que finalmente había sucumbido. Así es la vida, o lo fue en tu caso. Presta atención, no quiero arruinarte más la sorpresa. Aunque, a estas alturas querido, ya no debería ser tal cosa.
Rubén siguió pateando la puerta y gritándole al viejo loco de mierda que lo dejaran salir. Luego, sin penarlo demasiado, resolvió atacarlo. Cambió de posición y, cuando estaba por agarrarlo del cuello, vio dos cosas. Una era que el conductor ya no tenía el rostro de aquel loco burlón, sino la de un hombre dormido. La otra era un ciclista —el mismo que casi lo arrollara en la estación de servicio— que iba delante de ellos, por el carril izquierdo, mientras que el Renault iba por el derecho. Luego cambió de carril. Y lo que siguió fue caos y confusión.
El conductor nunca esquivaría al ciclista, por lo que Rubén intentó hacerlo. Llegó tarde al volante y lo embistió violentamente. El hombre rodó por el capó para luego caer al asfalto por un costado. El auto se sacudió mientras pasaba la bicicleta por encima y perdió el rumbo. Saliéndose de la ruta, fue a estrellarse contra un árbol, más allá del alambrado que delimitaba el campo militar.
Lo embistió apropósito. Dijo que lo haría y lo hizo. Lo embistió intencionalmente. Es una locura. Se hizo el dormido. Me obligó a hacerlo. Hizo que yo matara a ese hombre.
El mismo pensamiento daba vueltas una y otra vez por la cabeza de Rubén. No pensó en que debía llamar a la policía, ni en que había salido vivo de un siniestro vial. Sólo repetía que aquel loco había atropellado a un ciclista adrede. Recordó el momento en que el auto embestía al hombre, como este rodaba por el capó y luego el asfalto. Cómo el auto clavaba la trompa en ese árbol, como había salido él de…
¿Cómo había salido él de allí?
Tenía una leve cojera y su corazón palpitaba de manera muy acelerada. Sus pensamientos no llegaban más allá del siniestro vial. Tenía memoria de que estaba de pie en el pavimento, mientras observaba aturdido el auto empotado en aquel tronco, y a unos cincuenta metros la bicicleta hecha añicos. No tenía registro visual ni del conductor, ni del ciclista.
Estas en shock, no te esfuerces. Llegá a tu casa y de ahí veremos qué pasa.
Se concentró para ubicarse. Estaba llegando al puente que está hacia el extremo final de la ruta 28, la cual es una gran pendiente. Volvió a ver en el asfalto el número 49 donde debiera haber un 28. Pero no le dio importancia.
Caminó sin pensar en nada más que caminar. Caminar y no detenerse. Caminar y llegar a casa. Llegó a la calle Federico Ibarguren. Sólo quedaban unos cuatrocientos metros hasta su casa. Llegó hasta el final de esa calle, al empalme con Virgilio García. Doscientos metros.
Un motor rugió y una luz se encendió detrás de Rubén, proyectando una larga sombra delante de él. Volteó rápidamente a la vez que se hacía a un costado. Lo último que le faltaba era ser arrollado a metros de su hogar. Su sombra se acortó y luego desapareció mientras un auto al que no le prestó atención lo pasaba de largo. Pero algo le heló la sangre, cuando de la ventanilla del acompañante surgió una cabeza que gritó:
Luego surgió otra cabeza largando un agudo ¡Whooooo! Mientras ese alguien arrojaba una botella de vidrio hacia atrás.
—Borrachos imbéciles —dijo a los trozos de vidrio marrón oscuro que habían quedado desparramados sobre el asfalto, cuando pasó junto a ellos.
Llegó a casa. Sus padres aún no. Luego de ir al baño y comprobar que no tenía heridas graves, más allá del raspón en la frente y un fuerte dolor en la espalda y la cadera, se fue a acostar. Consideró la idea de bañarse antes, pero estaba desesperado por dejarlo todo atrás, dormir y despertarse a un nuevo día. No contaría ninguna de las locuras vividas a nadie, aunque le resultaría complicado explicar el raspón de su frente, algo se le ocurriría.
Se ocultó bajo las sábanas temblando. Llorando. Hasta que el abrumador peso del sueño comenzó a apoderarse de él, las cosas que los locos le dijeron iban y venían, invadiéndolo con gran angustia. Pensaba en el hecho de que había engañado a Milagros. Ya no estaba con la otra chica, pero eso no cambiaba las cosas. Había salido con ambas por período de dos meses —bajo la pésima excusa de que necesitaba aclarar su cabeza— hasta que se decidió por una, dejando a la otra sin explicaciones. Pensaba en la otra cuestión. Esos locos le habían intranquilizado la conciencia con lo que le había ocurrido a la que era —suponía él— la hija de ambos. Le trajeron a la memoria un evento de su adolescencia, cuando había jugado su suerte y la de su novia de entonces. Una relación irresponsable, donde hicieron cosas irresponsables —donde ni a sus respectivas familias habían conocido hasta que los sorprendió aquel embarazo—, que podría haber terminado de la peor manera si Rubén no hubiera escuchado a sus padres cuando le dijeron que terminara con esa relación antes de que ocurriera algo de lo que no habría vuelta atrás. Sentía algo de pena por lo que esos dos locos habían pasado, pero tuvo alivio de saber que él se salvó de atravesar algo parecido porque… se había salvado ¿no? Siempre se dijo que sí, aunque jamás averiguó nada. ¿Por qué qué habría de hacerlo? Si algo hubiera salido mal, ya debería saberlo…
Antes de dormirse, quiso recordar el nombre de aquella novia con la casi formó una familia, pero no pudo y se preguntó dónde estaría ella ahora. En una fiesta, quizás.
Ciiiinnnnnnn eeeennn taaaaaa
Cuuuuuuuu ennnnnnn taaaaaaaaa
Lo despertó el vibrar de su celular sobre la mesita de luz. El zumbido reiterado sugería una de dos cosas. O había puesto la alarma con el repetidor activado, o Milagros estaba llamándolo —aún más insistente que la alarma—, o, en su defecto, ella estaría mandándole sus mensajes de texto de manera fragmentada cuando podría hacerlo en uno solo texto. Se sentó y tomó el celular. Tenía cinco mensajes de texto de Milagros. Cero llamadas, por el momento. Se sentía raro, como si hubiera sido arrancado de… ¿una pesadilla tal vez? No le era claro.
Abrió la casilla de mensajes y se desplegó la siguiente lista:
Avisame cuando la recibas.
No había ninguna foto. Rubén decidió que la llamaría para que le explicase de qué iba la sorpresa. “Las entradas” no le sugería nada. Presionó el ícono en forma de teléfono sobre la barra de herramientas en la casilla de mensajes y la llamada entró en curso.
—¡Hola amor! —dijo la voz chillona de Milagros—. Justo estaba por llamarte. ¿Recibiste mis mensajes? Al final no te mandé la foto.
—Hola amor. Si, vi tus mensajes. ¿Cuál es la sorpresa? ¿Qué entradas tenes?
Rubén hizo una pausa. Pronto se le aceleró el corazón, producto de la emoción que le provocó la idea de cuál serían esas entradas.
—No me digas que tenes las entradas para —Salió de la cama pateando las sábanas y se puso de pie más rápido que ya mismo. —el concierto de…
—El concierto de Paulo Márquez— interrumpió ella—. Si amor, ¿no es genial?
Rubén sintió un leve dolor de cabeza y fue invadido por un mareo repentino. La vista se le nubló.
—Sí amor. Me levanté muy rápido de la cama y me mareé. Creo que se me bajó la presión.
—Ay, te debe haber dado hip…
—Hipotensión ortostática, sí.
—Me sacaste la palabra de la boca. Es horrible eso. Ya se te va a pasar. Un día me agarró como cincuenta veces.
—¿Vamos a ir no? —inquirió ella.
Rubén sacudió la cabeza mientras pestañeaba repetidamente. La visión volvió a ajustársele.
—Sí. Vamos a ir. No me lo perdería por nada.