Carta para soltar lo que no fue.
No sé si alguna vez leas estas palabras, pero tampoco importa. Esta carta no es para que tú la entiendas, es para que yo me escuche.
Te quise de una manera que nunca pensé que era capaz. Abrí puertas que tenía cerradas con llave, derribé muros que construí por años para protegerme. Y lo hice por ti. Porque sentí que eras la persona correcta, esa a la que uno escoge con el corazón en la mano, sin miedo, con todas las ganas.
No fui perfecta. Lo sé. Venía cargando cosas que a veces se me desbordaban: inseguridades, miedos, heridas que aún estaban sanando. Pero aun así, te ofrecí lo más real que tengo: mi amor, mi lealtad, mi entrega sincera.
Y no fue suficiente para que te quedaras.
Esa ha sido una de las verdades más difíciles de aceptar. Que a veces, aunque demos todo, aunque amemos con el alma, no basta. Y no porque lo que dimos no valiera, sino porque la otra persona no supo recibirlo, no quiso quedarse, o no estuvo a la altura del amor que ofrecimos.
Me cuesta soltar la idea de que tú eras “el indicado”. Porque así te vi. Me duele pensar que tal vez para ti solo fui un momento, un gusto pasajero. Porque para mí, tú fuiste una decisión, no una emoción fugaz.
Hoy me duele, sí. Me cuesta verme al espejo sin cuestionarme, sin pensar si fui demasiado, si fui muy poco, si debí callar más, pedir menos, fingir que no sentía tanto. Pero sé que no quiero volver a amar a medias solo para encajar en el espacio limitado de alguien más.
Esta carta no es un intento de que vuelvas. Es un paso hacia mí. Hacia la mujer que se atrevió a amar de verdad, que se dio sin máscaras, que creyó en algo duradero. Esa mujer merece amor. Pero sobre todo, merece paz.
Así que hoy empiezo a dejarte ir. Con dolor, sí, pero también con dignidad. Porque yo no viví una mentira: yo amé de verdad. Y con eso me basta para cerrar este capítulo.