El paso del tiempo
El cuerpo humano, tras capas de ropa o maquillaje, es un recordatorio de que los años empiezan a pasar factura desde el minuto 0. Podrás mirar las fotos todo lo que quieras, pero no eres el mismo que sonrío a la cámara cuando tenía cuatro años, por mucho que te peines o vistas igual. Pasando por cada uno de nosotros equitativamente, es lo único que compartimos con objetos: El pasar del tiempo.
Algo lleno de vida es hermoso, motiva, alegra y, sobre todo, inspira. Inspira a seguir adelante, inspira a un "más allá" después de la muerte o final de algo.
Cuando miras a los ojos de un bebé no hay malicia porque no ha tenido que enfrente a ella aún, el bebé solo existe y vive.
Quizás de ahí nace la nostalgia y el miedo a crecer, porque cuando te comparas con un ser tan simple, te das cuenta de que ya no lo eres. Tus manos, que antes usabas para jugar, ahora sujetan libros y cuadernos, dentro de años, quizás a tu propio bebé. Tu cuerpo, que se movía intrépidamente por el salón, escondiéndote de tus padres en el pilla-pilla, se cansa y cansa cada vez más. Puede que de niño fueras puro potencial, pero cuando el tiempo te pille, ya habrá otro que te habrá superado, porque el tiempo no perdona ni conoce de finales o comienzos, puesto que desconoce de un anciano de un adulto de un niño.
Es por eso que desde pequeñitos nos hace ilusión las cosas nuevas, porque en ellas hay potencial y, sea lo que sea, vida.
Sin embargo, me pregunto a su vez porqué no guardamos ni la mitad de ilusión por aquello que alguna vez fue nuevo, y hoy viejo. Si entendiéramos la nostalgia como una segunda oportunidad, ¿podríamos darle otra vida?
Si entendemos pasar una tarde con nuestros abuelos como algo nuevo, como algo efímero, sabríamos aprovechar esos momentos de otra forma, no sería algo tedioso, sino algo que siempre es nuevo. Si viviéramos una salida con nuestros amigos como si fuera la última, es la nostalgia quien le da otra perspectiva. Amarga, pero cierta.
Cuando somos consciente de que algo se va a acabar, lo miramos con otros ojos, porque miramos el fin de un comienzo, y de un nuevo comienzo tras el fin.
María, Lucía y Carla.










