Uno de esos cálidos días, donde el sol resplandece manera hermosa.
En una silla bajo un árbol, sin expresión en todo tu cuerpo.
Ya no con tristeza, sino con compasión y un pequeño destello en el corazón que decía: «ya comenzó la sanación».
Era verano, traías tú guitarra y una fría sonrisa en tu rostro.
Hablamos la tarde entera con el corazón tranquilo pero con tristeza por un adiós.
Estábamos frente a frente, ya no existía amor, ya sólo quedaban esos débiles recuerdos.
Porque confío en que la bondad sana más que el odio.
Porque yo sí amé de verdad, porque entregué hasta que no podía dar más.
Esa amena tarde, sonreí, porque era mi forma de dejar ir, mi forma de desear lo mejor en tu vida y que volvieses a derrochar alegría como antes. Esa alegría que se va por los EGOS y SUPERFICIALIDAD.
Irradiabas tristeza, mas yo ya no podía ayudarte. Era hora de salir de tu vida, era hora de llevar esa ayuda a alguien que la quisiera y mereciera.
Tomaste tu guitarra y comenzaste a arpegiar, de tus dedos y esas cuerdas nacían acordes hermosos, hasta que te estuviste en una cálida canción:
Todavía no es hora de abordar
Y escucha estas palabras como despedida
Por qué no puedes explicarme
Por qué dejaste de amarme
O acaso siempre todo fue una mentira
Tenía la certeza que mi sitio era a tu lado
Pero a ti se te olvidó que prometiste
Que sin mí no había razón para seguir viviendo, no
Se te olvidó que prometiste
Amarme hasta el fin del tiempo
En las buenas y en las malas me darías tu calor
Se te olvidó que me robaste el corazón...»
TE SOÑÉ, ME ALEJÉ, ERA EL FIN...
Esa canción, en sueños y en la vida, fue el Adiós de los dos.