T E M P L O S // Rodrigo Collazos
Aunque algunas ciudades desarrollan sus particularidades con el paso del tiempo, Popayán encontró las suyas habiéndolo detenido. En este lugar se preservan, estancan, añejan y prosperan esos rasgos distintivos que dan forma a su personalidad desde hace 480 años. Conservadora y profundamente católica, Popayán exhibe con orgullo la figura y apelativo de Ciudad Blanca a través de sus fachadas coloniales perfectamente cuidadas, las casonas de familias acaudaladas que aún hoy en día ostentan poder, sus 236 manzanas de sector histórico (que no es poco), y por supuesto las 32 iglesias que le dieron el apodo desmesurado de ‘la Jerusalén de América’.
Tuve la fortuna de nacer ahí, en una ciudad pequeña cuya población en la actualidad no llega a los 300 mil habitantes, entre templos monumentales de cientos de años de antigüedad que nos recuerdan el papel del catolicismo en la construcción de ciudades.
Y como cada quien se apropia de sus ciudades a su manera y ritmo, he de confesar que tardé en apreciarlos. Esos monumentos, con su gracia e historia, solo fueron visibles para mí tras pasar una temporada fuera de Popayán y volver. ¿Cómo es posible, si viví tantos años ahí, nunca haberlas notado? Muestras invaluables de arquitectura barroca, neogranadina y neoclásica frente a la nariz, como las iglesias de San Francisco, Santo Domingo y la Catedral. Edificaciones tan antiguas como La Ermita (¡ahí me casé!) que data de 1546, la iglesia de San José de 1702 y la Torre del Reloj, construida entre 1673 y 1682; todas cargadas de un recorrido que narra también la memoria de la ciudad. Han soportado con Popayán sus mismas tragedias, como el sismo de 1983 en el que murieron más de 300 personas. Un 40% de ellas falleció bajo los escombros de las iglesias. Era un Jueves Santo.
Todos estos templos se perdían ante mí en un paisaje colonial inmóvil, inmutable, donde una fachada blanca se junta a otra sin distinción. Se normalizaban en el territorio. Y esa carga de sentido social, histórico, religioso y significativo se diluía con ellos. Era lo natural, lo que no se cuestiona, lo que se daba por sentado.
Ahora bien, hablar de paisaje implica mencionar una relación especial entre observador y espacio. Siendo así, resulta vital la escogencia de la perspectiva desde la cual se observa. Me di cuenta, entonces, que tenía la oportunidad de crear con las iglesias payanesas, a través de la fotografía, mis propios paisajes.
Se volvió necesario para mí aislarlas, no en una forma triste o solitaria, sino, al contrario, para admirar su belleza separadas del contexto en el que se encuentran inmersas; uno tan bello que hace que pasen desapercibidas. De alguna manera, sentía que eso no era justo con ellas.
Así nace esta serie de fotos, que interviene ese paisaje urbano, selecciona y resalta. Es una manera -mi manera- de observar y detallar un elemento que tiene voz propia y se convierte también en imagen de memoria e identidad, de reconocimiento y apropiación. Finalmente, somos gran parte de aquello que nos rodea.