Yo entiendo el mundo
por cómo se dice.
Por el gesto antes de la frase,
por la pausa que delata,
por la mirada que no coincide
con lo que se afirma.
Aprendí a leer
porque alguna vez
no leer
dolió.
El lenguaje fue refugio.
El cuerpo, alfabeto.
El silencio, advertencia.
No hablo solo para decir.
Hablo para cuidar.
Escucho para no herir.
Por eso me detengo.
Por eso pienso dos veces.
Porque sé que una palabra
también empuja,
también corta,
también deja marca.
No todos oyen así.
No todos miran así.
Algunos usan el lenguaje
como paso,
no como puente.
Y entonces yo traduzco,
ajusto,
explico de más,
cuido sola.
Hasta que entiendo
que no es exceso de lectura:
es falta de oído al frente.
No voy a dejar de entender.
Voy a elegir
dónde hablar.
Porque mi forma de leer el mundo
no es un error.
Es una lengua.















