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@gabbowrites
Hace días que perdí el norte y, desde entonces, no he dejado de dar vueltas en mi cabeza, atrapada en un laberinto de posibilidades donde ninguna ofrece alivio. Como si buscara una respuesta capaz de devolverme algo de calma, pero todos los caminos terminaran llevándome al mismo lugar: tu ausencia.
Y es extraño, porque aunque mi cuerpo sigue aquí, una parte de mí permanece suspendida en otros momentos. En nuestra primera cita, en las noches en que me perdía en tus abrazos, en la calma de sentir que tus ojos solo parecían buscar los míos. Como si mi memoria se resistiera a abandonar los lugares donde todavía éramos nosotros.
Pero entonces algo se rompe. Llega un escalofrío, un golpe silencioso que me devuelve al presente, y con él aparece esa sensación insoportable de ver deshacerse, poco a poco, la ilusión que alguna vez construí. En su lugar queda esta soledad fría, ajena, a la que llevo días intentando acostumbrarme sin lograrlo del todo.
Y el tiempo… el tiempo se ha vuelto incomprensible. Las horas pasan lentas, pesadas, casi inmóviles; pero los días, al mirar atrás, parecen escaparse entre mis manos con una rapidez cruel. Como si todo coexistiera al mismo tiempo: el pasado, el presente, el dolor y la esperanza, sin llegar nunca a encontrarse.
¿Cómo es posible vivir una dualidad tan absurda dentro de mi mente? ¿En qué momento dejará mi cabeza de pelear con el corazón? ¿Cuándo harán las paces con la realidad para soltar, al fin, el fantasma de lo que ya no está, de lo que quizás ya no será.
Tal vez no exista un instante exacto en el que todo deje de doler, ni una respuesta capaz de ordenar este caos de golpe. Quizás aprender a soltar sea algo más silencioso, más lento: una costumbre que llega sin avisar, mientras uno sigue respirando entre recuerdos. Y aunque todavía me aferro a lo que fuimos, hay una parte de mí que empieza, apenas, a aceptar que algunas historias no desaparecen del todo; simplemente aprenden a quedarse en otro lugar dentro de nosotros.
Es extraño descubrir cómo una parte de ti se congela mientras el mundo continúa desplegándose alrededor, indiferente, vasto, casi cruel en su continuidad. El sol y la luna cumplen su curso, la ciudad respira en su incesante ajetreo, las voces se mezclan, los días se apilan unos sobre otros… todo sigue, y sin embargo, en tu mente la misma historia arde con una intensidad insoportable y se repite una vez más, y otra, y otra, como una herida que se niega a cerrar.
Tanto, que a estas alturas la has recorrido desde mil y un ángulos; has desmenuzado cada gesto, cada palabra, cada silencio. Y aunque cada camino parezca llevarte a una conclusión distinta, ese sentimiento permanece: intacto, inmóvil, aferrado al pecho como un peso silencioso que no cede ni cuando intentas respirar más hondo.
Hay mañanas en las que despiertas y todo parece absurdo, irreal, como si el mundo hubiera perdido consistencia y nada de esto pudiera pertenecer del todo a la realidad. Recuerdas aquellos días en que caminabas sobre algodón, ligera, suspendida en una calma tibia, envuelta en una burbuja invisible que te hacía sentir invencible. A tu alrededor danzaban bolas de fuego y remolinos, amenazantes y salvajes, pero aquella frágil esfera sostenía tu valor, te envolvía con una falsa eternidad y hacía que todo pareciera posible. El miedo, simplemente, no existía; o quizá estaba tan lejos que ni siquiera alcanzabas a reconocer su sombra.
Sin duda, era un sueño hermoso. Tan hermoso que duele recordarlo.
Ahora, en mi realidad, caminar duele. Duele en el cuerpo, en el aire que pesa distinto, en el cansancio que se instala bajo la piel. Las bolas de fuego y los remolinos no llegan a tocarme, pero cuando apenas rozan, el estremecimiento me atraviesa entera; cuánto miedo siento, cuánto arde descubrir el peso insoportable de tu ausencia, esa presencia hueca que se instala en cada rincón y convierte incluso los días más simples en algo difícil de sostener.
Hay instantes en los que me desprendo del presente y me limito a contemplar el mundo avanzar, como si mirarlo desde la distancia pudiera volver el dolor un poco más leve, como si bastara observar para no sentir. Pero la realidad siempre termina por alcanzarme, inevitable, y por mucho que huya, acabo regresando aquí: al mismo remolino de siempre, donde intenté engañar a tu ausencia y terminé encontrándola esperándome, intacta.
Escribir para sanar, escribir para dejar ir y, sobre todo, escribir para no morir.
Hace tiempo leí que las emociones acumuladas terminan manifestándose en el cuerpo. Y entonces me pregunto: ¿cuánto callamos?, ¿cuánto guardamos con la esperanza de que algún día, de alguna manera, logremos soltar?
Escribimos. Y a veces duele tanto que parece que con cada letra una parte de nuestro ser se desprende junto a ella. Como si el dolor, al fin, encontrara una salida.
Quizá por eso tiene sentido que en tantas culturas la escritura haya sido considerada algo cercano a lo divino. En el antiguo Egipto, Thoth era el guardián de la escritura, la sabiduría y la magia; se creía que los jeroglíficos grabados en las tumbas podían llevar mensajes al más allá. No muy lejos de ello, en la tradición judía, las palabras poseían un poder creador: podían dar existencia y orden al mundo.
Y podríamos seguir nombrando culturas, símbolos y creencias, pero lo fascinante es que todas parecen compartir algo en común: crear, proteger, comunicar, soltar, canalizar.
Entonces, la pregunta —tan sencilla y tan compleja— de por qué escribimos adquiere muchos matices. Yo diría que la escritura termina siendo una especie de guía del alma. No todos lo hacen, pero cuando empiezas, descubres algo parecido a la magia: el poder de expresar, de construir algo, o quizás de destruirlo; pero, aun así, de compartir aquello que vamos callando, aquello que pocas veces nos atrevemos a decir.
Escribir, canalizar, cerrar, vivir.
Quizá todo eso forme parte del mismo ciclo vital.
Muchas veces pienso so en la fragilidad de las almas, en la caída de las palabras que no se dicen, pero que al mismo tiempo gritan entre las pupilas; como si en ese último esfuerzo se escondiera el deseo más profundo de ser salvado.
¿Pero salvados de qué? Si sabemos que hemos llegado hasta aquí por méritos propios. Que en cada beso, en cada caricia, en cada “te amo”, íbamos escarbando agujeros en el corazón para llenarlos de aquella persona, sin siquiera vernos plenos por nosotros mismos; apostándole únicamente a la buena suerte y al destino.
Qué incapaces somos de asumir que, cuando esos agujeros que ganamos con tanto amor quedan vacíos, nos toca llenarlos con amor propio. Y entonces la fragilidad se vuelve aún más palpable, porque aquello que parecía inofensivo y bajo control ahora es una bomba de tiempo en el pecho, a punto de estallar.
…..Pero, al final, sanará.
E ilusos como somos, volveremos a extraviarnos en la absurda idea de un amor perfecto… y volveremos a caer.