Muchas veces pienso so en la fragilidad de las almas, en la caída de las palabras que no se dicen, pero que al mismo tiempo gritan entre las pupilas; como si en ese último esfuerzo se escondiera el deseo más profundo de ser salvado.
¿Pero salvados de qué? Si sabemos que hemos llegado hasta aquí por méritos propios. Que en cada beso, en cada caricia, en cada “te amo”, íbamos escarbando agujeros en el corazón para llenarlos de aquella persona, sin siquiera vernos plenos por nosotros mismos; apostándole únicamente a la buena suerte y al destino.
Qué incapaces somos de asumir que, cuando esos agujeros que ganamos con tanto amor quedan vacíos, nos toca llenarlos con amor propio. Y entonces la fragilidad se vuelve aún más palpable, porque aquello que parecía inofensivo y bajo control ahora es una bomba de tiempo en el pecho, a punto de estallar.
…..Pero, al final, sanará.
E ilusos como somos, volveremos a extraviarnos en la absurda idea de un amor perfecto… y volveremos a caer.












