El General y La Boticaria
Él apenas era un niño cuando aquel pensamiento cruzó por su mente.
Lilia era el compañero de juegos de Meleanor… aunque, técnicamente, también era su caballero.
Y en los cuentos que leían juntos, la princesa y el caballero siempre terminaban casándose. Eso era lo normal, ¿verdad?
Entonces, ¿cómo se le pedía a alguien que se casara contigo? ¿Con una rosa, quizá? A todas las niñas les gustaban las rosas… ¿no era así?
Lilia no estaba muy seguro de lo que hacía en ese entonces. Sabía que amaba a Meleanor, pero no era ese tipo de amor del que hablaban los cuentos. (Aunque la mencionada nunca lo dejaría olvidarlo, para desgracia de él).
Muchos años después, alguien inesperado llegó a su vida.
Una mujer humana.
Una boticaria.
Aunque, para ser sincero, su primera impresión de ella fue la de una bestia molesta y temeraria que había aparecido en el Reino de las Espinas por su absurda obsesión con las hierbas.
Pero debía admitirlo: quedó impresionado por sus habilidades de sanación. Fueron de gran ayuda para sus tropas… y, aunque no quisiera reconocerlo, también para él.
Aún recuerda las veces que esa humana irrumpía en su tienda para curar sus heridas. A pesar de sus amenazas, ella nunca se inmutaba. Solo sonreía y decía que, si no la dejaba ayudarlo, no sanaría adecuadamente… a menos, claro, que quisiera comandar a sus soldados siendo un general lisiado.
A pesar de su molestia, la dejó atenderlo.
Había algo extraño en todo aquello. Nadie lo había tratado con tanto cuidado y amabilidad. Una sensación desconocida se instaló en su pecho, pero decidió ignorarla.
Había perdido la cuenta de las veces que casi se le detenía el corazón al verla masticar hierbas venenosas o dejar que criaturas tóxicas la mordieran. Esa humana le sacaría canas, sin duda… y aun así, no podía evitar sonreír levemente al verla explicar con entusiasmo las propiedades de cada planta.
De nuevo, sentía aquella calidez en el pecho.
Un día, mientras caminaba por un sendero, vio un arbusto de sauce negro. Recordó haberlo visto en los diarios de la boticaria, junto a otras plantas venenosas.
Las flores habían florecido. Eran pequeñas, sencillas, muy distintas de las rosas.
¿Y por qué estaba pensando en eso?
¿Y cuándo había terminado frente a la cabaña de la boticaria?
Antes de que pudiera reaccionar, ella ya había abierto la puerta.
Su cuerpo no quería cooperar; sentía el rostro arder y los pies negarse a moverse. Lo único que pudo hacer fue extender las flores hacia ella.
Sus ojos brillaron de emoción al verlas, y por un instante, el tiempo pareció detenerse. Lilia no pudo evitar pensar en lo hermosa que se veía. Y de nuevo, esa sensación en el pecho… ¿podría ser?
Despertó de su ensueño cuando ella lo tomó del brazo y lo invitó a pasar. Le pidió que esperara en la sala.
Lilia estaba confundido. Él era un fae, y ella una humana. Por naturaleza, deberían odiarse. No debía sentir esto.
Y sin embargo, ahí estaba, con flores en las manos, esperando por ella como un cachorro.
Escuchó su voz llamándolo. No notó cuándo había regresado, pero traía una bandeja con té.
Un té hecho con las flores que él le había entregado.
Ella se sentó junto a él, explicando con entusiasmo las propiedades de la infusión. Le aseguró, entre risas, que era completamente segura de beber, mientras le ofrecía una taza.
Sus manos se rozaron apenas, pero para Lilia fue un toque cálido, casi mágico.
No sabía si lo que estaba haciendo era correcto, ni las consecuencias que eso podría acarrear.
Pero al verla sonreírle dulcemente mientras bebía su té, no pudo evitar sentirlo:
esa calidez en su corazón.
La calidez que ella le daba.
Y por eso, no pudo evitar enamorarse de ella.