cuando se cruza a gómez, baz se prepara para lo peor: se imagina un sermón o, peor, alguna acusación sin fundamento alguno que terminará con el francés buscándose otro lugar en donde pasar las noches. sin embargo, se sorprende gratamente cuando el mayor advierte que ha llegado en términos amistosos y su expresión confundida da paso a una sonrisa de oreja a oreja. “¿qué? ¿acaso se terminó la guerra fría?” entusiasmo es un poco excesivo, habla más rápido de lo normal y es evidente que el desoxyn ya está haciendo de las suyas. “¿o te caíste de cabeza en la mañana y ahora estás desorientado?” bromea, pasándole un brazo por los hombros. “¿ibas a algún lado?” agrega a su sinfín de preguntas. “porque si estás desocupado, podrías acompañarme al bar del hotel — si necesito emborracharte para saber qué te pasó conmigo, lo haré” la amenaza no es verdadera, no del todo: si gómez ya ha dejado ir todo el asunto, él no insistirá con este. no es como que se le den las charlas serias, de todos modos. “luego podemos ir a surfear, soy excelente” envisiona, aunque no toma una tabla desde los diecisiete e incluso en ese entonces sus habilidades eran cuestionables. no obstante, el subidón de confianza le dice que su destreza se ha mantenido intacta a pesar de la ausencia de práctica. “vamos, di que sí”
sonrisas que nace y muere al compás del discurso que compañero le dedica esa mañana, anomalía en el habla pone en evidencia el estado, gómez lo observa, no sorprendido, si no como si no debería haber esperado otra cosa, sin embargo, las replicas se quedan olvidadas a mitad de camino, las diferencias irreparables entre ellos ocupan su mente de manera violenta, frustrante. “solo he pensando que, los demás no merecen pasarse un mal rato por su culpa” piensa que si rully se ha tomado la molestia de preguntar acerca de ello la situación ha escalado a niveles descomunales, para nada deseados. el peso del brazo se siente como un ancla, esforzando por poner una sonrisa, gómez se mantiene a su lado, orbes que estudian rasgos ajenos, y los pensamientos que inevitablemente se deslizan hacía casey capaldi, se pregunta si es lo harán juntos, ingerir algo, emborracharse y buscar otra cosa que hacer en lo que se les pasa el efecto y repiten. “no hace falta, baz, me agradas más cuando estas lucido y yo no tengo problemas en contarte” al menos un parte de ello, como aquella vez en la puerta, justo después de hablar ingerido el masticable de lo que fuera, esta dispuesto a compartir una parte porque duda que alguien nacido en esas familias ostentosas, de dinero, fuera a entender el resto. “no vengo de un buen lugar y lo que haces me ha hecho recordar cosas que prefiero olvidarme” era su padre arrojando floreros al muro luego de que las pastillas lo volvieran demasiado violento, su mejor amigo de la infancia con la mirada perdida que nunca regreso y una chico al que no conoce ofreciéndole cuando trata de volver a casa de la escuela primaria, los momentos que componen si vida antes de que su progenitor desapareciera y su madre se volviera a casa, con alguien que no es una mejora, pero sí con una enorme cuenta bancaría. “no es culpa tuya, he sido yo, lo lamento, no debí culparte de nada y sé que no le harías nada a nadie” reconoce entonces, aunque su mente sigue atiborrada de posibilidades con las que espera equivocarse, aunque rara vez resulta así, rara vez erra el tiro, perlo que sucede con sébastien olivier es que, ante su presencia, el alma se le tiñe de desconsuelo, eran todas las personas que no logro rescatar apareciendo en su semblante, haciendo muescas en su pecho. los dígitos se aventura a alborotar los rizos rubios, como amigos de antaño, como si no tuviera la sensación de que ellos nunca llegarían a serlo, su disgusto natural hacia los niños ricos y las personas que toman sustancias por pasatiempo demasiado latentes, quizá insuperables, y aun así, supone, a baz le guarda alguna especie de cariño “o podríamos simplemente ir a surfear, baz, seguramente puedo aprender algo de ti” .