mi mirada sostenía la tuya del mismo modo en que un niño sostiene un globo de helio: con miedo a perderlo, a que este salga volando... miedo a que ese momento, efímero y al mismo tiempo eterno, se esfumara de repente
entonces sonríes y mi cuerpo entero reacciona, te sonrío de vuelta
dices algo sobre mi pelo y yo solo puedo desear que tus manos se enreden en él
y, para mi sorpresa, lo hacen
con la suavidad y delicadeza con la que acariciarías las alas de una mariposa que se posa en tu brazo
respiro hondo, continúo mirándote a los ojos y pierdo la noción del tiempo
unos segundos después, tu mano está de repente en mi cintura
no sé cómo ha llegado ahí, pero no quiero moverme ni un milímetro, por si te asustas y reculas, por si se te ocurre retirarla... pero la forma en que tus labios, sonrientes y al mismo tiempo sedientos, se acercan a los míos me confirma que tu mano no va a moverse de ahí
la suave caricia de tus besos, que llevo meses imaginando, me pilla por sorpresa y las lágrimas amenazan con escapar de mis ojos al sentir que no eran imaginaciones mías, que tus labios deseaban los míos tanto como yo deseaba poder tocarte sin miedo, sin frenos y sin preocuparme por una mirada que no fuera la tuya
coges aire y susurras que no podías aguantar más... y la verdad es que yo tampoco... incluso ahora, necesito volver a sentir tu cuerpo cerca del mío, tus besos acariciando mis labios y tus manos enredándose en mi pelo
pero no pasa nada, porque ahora tenemos todo el tiempo del mundo para que eso pase una y otra vez, en bucle, hasta que ambos estemos seguros de que no hay una sola duda entre nosotros, solo suavidad, caricias, ganas y ternura infinita











