Hay relatos que se van construyendo como una jaula. Nuestros días serán infinitos pertenece a ese tipo de relatos.
Claire Fuller escribe con una incomodidad que se te adhiere a la piel. La novela no es un thriller en el sentido convencional —no hay prisa, no hay sobresaltos fáciles—, sino algo más insidioso: una narración que avanza con la fricción lenta de las estaciones, como la vida misma en ese bosque donde la protagonista y su padre habitan una mentira convertida en mundo.
El estilo es limpio, contenido, casi glacial. Pero debajo de esa superficie hay una tensión constante, como si cada frase sostuviera una verdad que se niega a aparecer del todo. Fuller no marca el horror: lo deja filtrar, como la humedad que termina por descomponerlo todo. La infancia de Peggy, narrada desde su propia voz, está atravesada por una lógica torcida que el lector reconoce antes que ella. Ese es uno de los logros más inquietantes del libro: hacernos cómplices de una verdad que la protagonista no puede ver.
Los personajes no son del todo individuos: son fuerzas en tensión. Peggy es, al inicio, pura permeabilidad: un cuerpo dócil que absorbe la lógica deformada del mundo que se le impone. Su evolución no es una liberación, sino un avance a ciegas entre restos, donde adquirir conciencia no garantiza ninguna salida. James, el padre, es aún más perturbador: no porque sea monstruoso en lo evidente, sino porque su delirio está sostenido por una lógica íntima, casi irrefutable. Cree —o necesita creer— que el mundo ha terminado. Y en esa certeza arrastra a su hija, la moldea, la reduce. No hay caricatura aquí, sino algo más incómodo: una forma de amor que ha dejado de distinguirse del dominio.
El ritmo es deliberadamente lento. Hay repeticiones, rutinas, inviernos que parecen no terminar nunca. Para algunos lectores esto puede ser un obstáculo; para otros, es la experiencia misma. Porque no se trata solo de entender el aislamiento de Peggy, sino de sentir en los huesos el peso muerto del tiempo. La novela avanza. Capa sobre capa. Días sobre días. Hasta que el mundo exterior deja de ser una posibilidad y se convierte en un recuerdo improbable.
Los temas —la manipulación, la fragilidad de la infancia, la distorsión de la realidad— no aparecen como ideas, sino como residuos. Lo más perturbador no es lo que ocurre, sino lo que permanece. Hacia el final, incluso la memoria se vuelve sospechosa, como si la mente de Peggy siguiera atrapada en el mismo bosque del que su cuerpo ha salido. La verdad no irrumpe: se descompone. No esclarece, sino que contamina.
¿Es una novela perfecta? No. Su ambigüedad puede dejar una sensación de vacío en quien busca certezas. Su lentitud exige una disposición particular. Pero esas fisuras no son fallas: son parte de su diseño. Fuller no escribe para tranquilizar, sino para erosionar.
En conjunto, Nuestros días serán infinitos es una novela incómoda, hipnótica y profundamente perturbadora. No se recuerda por lo que cuenta, sino por lo que deja adherido: una sensación persistente de encierro, de tiempo detenido, de realidad alterada.
No es para quien busca una historia ágil o una catarsis.
Es para quien esté dispuesto a internarse en un bosque donde la realidad se descompone lentamente… y donde salir del encierro solo confirma que ya no hay mundo al cual regresar.