Nueva vida (post abierto).
begonespirits :
La Orden Oculta, Cazadores de Demonios, Mata-Vampiros, Magos Blancos, Quitamaldiciones, Perdición de Espectros. Muchos son los nombres con que la organización era conocida en diversos lugares del mundo. Ningún nombre era definitivo, aunque el primero era el más usado, pero Mihai sabía la verdad: ese grupo de personas no tenía un nombre real.
La Orden siempre estaba en busca de aliados, sobre todo en política y religión. Este caso era distinto, a Mihai lo enviaron como emisario a una institución que daba refugio a quienes escapaban de una red de peligrosos cazadores, ‘fanáticos’ les habían llamado, no les importaba ejecutar ilegalmente a ancianos, niños, niñas, hombres, mujeres, daba igual, todos encontraban el mismo destino, o eso es lo que decían los rumores. Entre esas víctimas habían aparecido jóvenes exorcistas poco experimentados. Él recordaba cuando recién comenzaba, ¿tendría quince años?, sus primeros trabajos eran males de ojo, espíritus de la mala suerte y pobreza, en fin, cosas menores.
Y ahora se encontraba allí, entre muros negros y rojos. “Tétrica decoración”. Las pinturas en los muros mostraban criaturas que había visto y otras que conocía solo por historias o dibujos. Ya todo lo relativo a su estadía estaba decidido, su equipaje había llegado un día antes, así que había viajado ligero.
Según el anciano del bastón, su habitación estaba en el segundo piso, era la que se encontraba junto al jardín. Le entregó la llave y se despidió, parecía un hombre ocupado.
—Intenta llevarte bien con todos —le pidió el mago antes de marcharse.
—Claro, somos todos aliados en esto.
Buscar aliados para la Gran Noche, un evento que venía anunciándose desde hace siglos. Varias religiones lo retrataban de formas parecidas, El Gran Juicio, El Último Capítulo, Apocalipsis, en fin, hablaban de una noche que duraría más de una semana durante la cual los seres de la oscuridad vagarían libremente bajo una luna roja haciendo lo que se les antojase. Caos total.
“Claro, esas historias me las han contado tanto a mí como a los exorcistas que sirvieron hace más de mil años. Tendría una pésima suerte si me tocase verlo”.
Subió una escalera y llegó al segundo piso. Efectivamente había un gran jardín que, por estar en un interior, parecía más una terraza. Junto a ese lugar estaba la que debía ser su habitación, lo supo porque el número coincidía con el de la llave que le habían entregado. Ingresó al lugar, tenía una cama y un escritorio, mobiliario sencillo, pero que dejaba espacio para otras cosas. “Espacios para rellenar, quizá me encargue de eso…”, pensó mientras recorría la estancia. Al fondo había una ventana, fuera del hotel se veían árboles con las hojas anaranjadas del otoño bajo grises nubes. Estaba inmerso en esos pensamientos cuando escuchó pasos tras de sí.
“Verdad, no cerré la puerta”, se dijo antes de volverse a mirar quién estaba de pie bajo el marco de la entrada.
Árboles mecíendoce con la brisa, pasos de la gente que iba y venía, los inquilinos que parecía cada día llegaba uno nuevo... Aburrido, aburrido, aburrido.
Deo aventó el dardo que tenía en la mano con fuerza, gruñendo en frustración cuando no acertó al centro. Encima de aburrirse, estaba perdiendo la puntería, mierda, eso era lo que era. Se dejó caer de espaldas al piso, haciendo un ruido entre otro gruñido y un suspiro, con la cara dibujada en su máscara mirando al techo.
Escuchó pasos viniendo justo del otro lado del pasillo de su habitación, pasos, pasos, silencio. Se pudo de pie y caminó a la puerta, abriendola solo un poco, lo suficiente para echar un vistazo. Otro más.
Uno de estos días tenía que dejar de dar vueltas en su habitación, especialmente si iba a vivir rodeado de, bueno, de gente... o lo que fueran, seguro no todos eran humanos, pero no se había tomado la molestia de checar personalmente.
Estuvo por salir, deteníendoce para reír de sí mismo. Si no tenía porque espiar como un idiota o irlo a saludar cual vecino chismoso, cuando simplemente podía hacer las cosas de una forma un poco distinta. Llevandoce una mano a la máscara sobre su rostro, la colocó sobre un mueble en la habitación y acto seguido su apariencia cambió completamente tomando la forma de un gato negro que parecía sonreír. Se acercó a la puerta, asomándo su cabeza para mirar dentro.
Notando que el nuevo ‘dueño’ de la habitación se había dado cuenta, decidió entretenerse un rato, sentándoce en sus patas traseras y maullando al recién llegado.













