La Casa del Tiempo
Abrí la puerta lentamente, un sonido cortante rasgaba el silencio de aquella vieja casona. Entré con miedo, cada paso que daba era un arrepentimiento, un pesado suspiro, una gota de sudor pegajosa y tristona en mi rostro. Había un aroma a polvo, era muy fuerte, se notaba que allí nadie había vivido en muchos años. Aun así quería embriagarme entre recuerdos. Llevaba un álbum de fotos y unos cuantos cerillos, tenía bien claro lo que iba a hacer aquel día, estaba dispuesto a borrar su imagen para siempre. Mi primer destino fue el vestíbulo, confidente de nuestras escapadas nocturnas, amante de nuestros besos sin aliento, espectador de enamorados sin control. Comencé a pasar mi mano por los pasamanos de la escalera, subiendo como si estuviese llegando al mismísimo infierno. ¿Cómo olvidar cuando entre sonrisas nos mirábamos a los ojos como bobos? Las copas nos atontaban, pero lo que más recuerdo, era ese instante en el que de repente nos quedábamos callados, cruzábamos sueños al darnos la mano, y olvidábamos todos los problemas que nos destruían cada día. Ni una sola palabra salía de nuestros labios, sólo existía ese momento donde nos necesitábamos el uno al otro, ese segundo que queríamos eternizar en el tiempo. La primera foto, el primer día que decidimos tomarnos una foto juntos en estas escaleras borrachos pero con ilusiones, fue en esta subida donde nos plasmamos en una imagen, una imagen que moriría en las llamas del primer cerillo.
Como si lo pudiese borrar con fuego, como si esas cosas se pudieran ir algún día. Llegué a la cocina, de un momento a otro, lo vi con ese ridículo delantal mientras me untaba de crema la nariz, robándome un beso con una fresa entre los dientes, o simplemente comiendo mientras moríamos a carcajadas porque no sabíamos ni cocinar. Esa sensación de tener los brazos en la cintura mientras decoraba el postre de aniversario, un leve apretón que te tatuaba el corazón a merced de las mariposas, ese que nunca se olvida…la segunda foto, nosotros disfrazados de chef tomando una espátula que nos cubría la cara mientras nos besábamos. Ahora estaría quemada con el segundo cerillo del consuelo.
Llegué al cuarto, nuestra primera pelea. Las peleas siempre empiezan por estupideces. Sin embargo, nunca tuvimos una pelea fuerte, sólo eran pucheros que terminaban en abrazos o en un te quiero. No terminaba de entender como algo así desaparecía con el amarillo de las cerrillas, como algo tan hermoso se desvanecería con el ardor de un objeto tan insignificante. Lo veía sonreír, siempre lo veía sonreír, tal vez era eso lo que más me gustaba de él, lo que más extrañaba de aquel diminuto ser. Puedo borrar una cara, olvidar una voz, desaparecer el olor de un perfume, pero una sonrisa, una sonrisa queda incrustada en alguna parte de mí donde los sueños rotos nunca mueren. Esa foto fue lo que usé ese día para contentarlo, una cuantas cosquillas, y un empujón en la cama que terminaron en deseos y placeres. Esta foto también sería arrasada en el calor del pasado.
Y llegué a mi destino favorito, el balcón de nuestras noches románticas. Solíamos llevar cajas y sentarnos encima de ellas para ver las estrellas mientras permanecíamos en silencio el uno recostado sobre el otro. Siempre me pareció una escena de película, imposible de replicar, pero no necesitábamos el súper balcón o subirnos al tejado indestructible, sólo necesitábamos dos cajas llenas de esperanza y de suaves caricias. Yo lo veía todo en él, era la vida que siempre quise, el Peter Pan que abandonaría la juventud eterna sólo por estar a mi lado, y yo también lo hubiera hecho por él. No me cansaré de repetir que hubiera dado esta y mil vidas más para que él siguiese aquí en mis brazos. Lamentablemente, él no pensaba lo mismo. Yo creía en sus palabras, en lo invisible, pero a veces creer en algo que no se ve puede destruir lo indestructible. Una foto bajo las estrellas ¿Quién lo diría? Un sueño hecho realidad. Esa noche lo besé con tanta dulzura que todavía siento el ardor en mis labios. Tomé la última foto, la quemé con tanta delicadeza, como si no quisiese dejar ir lo último que me quedaba de él. La brisa se llevó sus restos, la noche lo acogió, y alcanzó la luna, aquella que siempre anheló conquistar. Lo había dejado partir, pero nunca logré aniquilar la magia de su sonrisa, esa que me hizo creer que jamás me abandonaría en esta vieja casucha de papel…











