Hoy hace 15 años que llegué a Tumblr. 🥳
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Hoy hace 15 años que llegué a Tumblr. 🥳
Rencores
Me enojo mientras lavo los platos. Dos días acumulados. Ojalá se acabaran. Los platos. O los días.
No es por los platos. Es que no puedo decirte nada. Dices “a las doce” y tu teléfono se queda en modo avión hasta la una. Tú sin nada que hacer. Sin tiempo de todas formas.
Juras que lo estás dando todo. Lo repartes como limosna y después nos cobras la cuenta. Solo sueltas lo que te sobra. Tu mundo te sostiene. Y lo llamas entregar.
Está cabrón que las pastillas no te hagan nada. Que la tristeza no baje. Que tus heridas siempre estén abiertas. Y tú misma les eches sal.
Cuando te invité y me mandaste a la chingada, no dije nada. Porque yo soy el que hiere y tú te quedas intacta. Esperando que alguien te pague lo que tú misma te debes.
Es tu cruz, pero en lugar de cargarla deberías de usar la madera.
Nunca imaginé que un pan pudiera obligarme a repetir, una y otra vez, escenas que en su momento consideré aburridas. Momentos en los que no quería estar. Pero supongo que eso pasa siempre: no nos damos cuenta de que estamos viviendo algo irrepetible hasta que ya no podemos volver. Estar ahí era significativo, precisamente porque el regreso es imposible.
Ahora, al ver esas panaderías y los puerquitos de piloncillo, me es inevitable no pensar en el final de la misa dominical. A veces mis padres o mi abuelita los compraban. Las monjas ponían su mesa afuera de la iglesia; no recuerdo a qué orden pertenecían, solo sé que aparecían cada cierto tiempo que necesitaban dinero yo creo. Comprábamos los puerquitos porque eran un pan especial. Simplemente porque no siempre podíamos comerlos, no cada domingo había monjitas afuera de la iglesia.
Ahora que veo estos panes, caigo en la cuenta: no extraño el pan, extraño los momentos en los que lo probaba. No era algo que anhelara entonces. Lo disfrutaba, sí, pero solo recuerdo estar pensando que no quería ir a misa, que me aburría. Eran tiempos en los que ni siquiera escuchaba el sermón. No sabía qué significaba el evangelio, ni por qué el padre hablaba. Solo sabía que era una rutina: ir, escuchar y ver a las mismas personas. Gente que iba porque vivía cerca o porque les gustaba el oficio de ese señor rancio.
A mí se me hacía insoportable. De hecho, todavía las misas me parecen aburridas. Me alegro el día que dejé de ir. No me di cuenta de por qué, fue algo que simplemente dejó de suceder. Dejamos de apartar una hora para reunirnos con los desconocidos y mis abuelos para ir a aburrirme. Me aburría porque no le encontraba sentido. Ahora que puedo encontrarle sentido, solo me da coraje. Ya no me aburro, pero me enfada que la gente crea todo lo que dicen los padres. Es como si se esforzaran por anular el criterio propio, por que sigan su vida sin cuestionar nada. Al final, es más fácil vivir sin preguntarse y solo aceptar.
Años después, volvimos a reunirnos en esa misma iglesia. Pero no para la rutina, sino para vestirnos de luto por la muerte de mis abuelos. Solo así es que los rituales tienen sentido: cuando el objetivo es hacer llevadero el duelo y la pérdida. Pierden su valor cuando se trata de algo que no es ayudar.
Me parece curioso cómo los lugares se habitan desde distintas perspectivas. Cómo cambia con el tiempo el significado que les damos, el lugar que toman en nuestras vidas. Y cómo algo tan simple como un pan en forma de puerquito, con sabor a piloncillo, puede llevarte a tener este anhelo: haber sido consciente de lo que significaba tenerlo todo en un momento tan simple.
-D
Echándole a un ojo a mis desahogos.
"Soy el mediocre que comete errores, que no se puede convencer a sí mismo que es lo suficientemente bueno."
-DC
Ilya: I could marry Svetlana to get American citizenship
Shane: and I could commit a murder suicide right now. See how we’re both saying shit
ok sorry for not making everything about usa but let me make a version for myself and probably a couple of my friends who also read the news about whatever is going on here
you're dumb af sorry
Creo que esto puede ser algo que siempre supe, pero realmente no había reconocido: las calles son muy aburridas. ¿Eso es lo que finalmente intentan? ¿Solamente ser aburridas?
Cuando pienso en las calles, pienso en mis perras, en que a ellas les emociona mucho salir. Pero creo que es porque tienen sentidos más sensibles que los míos y porque les gusta oler pipí y popó.
Cuando recorres las mismas calles tantas veces, todos los días, lo primero que resulta obvio, y lo primero que dejas de observar, son las casas, los edificios. Pero curiosamente memorizas dónde hay hoyos en la calle y, sobre todo, dónde hay personas con las que te topas a diario en ese mismo lugar.
Además de observar a la gente, estoy seguro de que ellos me observan. Siempre paso por las mismas calles, casi a las mismas horas; es difícil que no me vean o me ubiquen como "el de los perritos chihuahua". Y yo pienso en ellos como "los que trabajan ahí adentro".
De repente, en esta rutina sosa, en esta contemplación consciente de tratar de ver los detalles de lo cotidiano que recorro, me encontré con unas calcomanías: unos payasitos tristes.
Estaban en las paredes, en los postes, en las señales de tránsito. Estaban en todos esos lugares que yo recorría. Al principio no los había visto con detenimiento, pero de repente se volvieron muy obvios. A veces estaban felices, a veces tristes; a veces eran de color verde, a veces azules. De repente cambiaban de detalles.
Primero pasaron muchas cosas por mi mente. Realmente no lo pensé, pero una vez que me puse a reflexionar dije: "¿Será esto una señal de algo? ¿Será esta la ruta para algo específico?". No sé, empecé a hacerme muchas conjeturas.
Un día, observando a los payasitos, me encontré una calcomanía al lado que probablemente era el nombre del artista, BRET BRET. Bueno, no probablemente: era el nombre del artista. Solo bastó googlear el nombre y apareció la página. De repente, las teorías que me había hecho en mi cabeza ansiosa ya no tenían sentido. Era solamente alguien tratando de hacer más habitables las calles que recorre.
En ese momento me di cuenta de que, así como yo recorro las calles a diario, caminando para pasear a mis perras, para ir a comprar comida, para tomar el camión e ir a otra parte, hay otras personas que hacen lo mismo, solo que no pensamos en eso.
Resultó curioso cómo las calcomanías de un payaso triste de repente me hicieron pensar en que los caminos que yo recorro son también los caminos que recorren otras personas. Tal vez no al mismo tiempo, pero al final las mismas. Y al final BRET BRET, no lo hizo para vandalizar ni nada; solamente es el deseo de hacer propio lo que se recorre a diario, que nos reconozcan en un lugar en el que vivimos pero nada más de paso.
De repente, donde solo pasamos caminando, cruzando la calle porque tenemos que llegar de un lugar a otro, significa que también es un espacio en el que habitan otras personas que también recorren esos lugares, cuando nosotros las vemos tambien ellas nos ven a nosotros.
Tal vez con otras perspectivas, tal vez con otros fines, tal vez no a diario, pero algunas (como BRET BRET) encontraron en las calcomanías la forma de decir: Yo también paso por aquí.
-D
Nunca en realidad había pensado, sobre lo que significaba un hogar hasta que tuve que construir el mío. Al principio, esa sensación no existía: llegué a un departamento vacío y de repente ya no había familia, ni sillones conocidos, ni el comedor donde siempre me senté. Solo importó instalar la computadora del trabajo y el internet, que parece que hoy es el centro de nuestras relaciones, ideas y comunicaciones. ¿Acaso no son estos hilos de fibra óptica los que hoy sostienen el mundo? Recuerdo la primera noche aquí, solo, sin la negrita. Acostado en o único que era mío, la cama. En la oscuridad, me acostumbraba a los ruidos de la casa, a los de la calle, a los olores. La rutina de dormir en la casa de mis padres se había quebrado; ya no podía repetir los gestos que marcaron mis días durante tantos años.
De repente, una crisis terminó. Aunque parecía una crisis —estar acostado sin hacer nada, sin mi perro —, en realidad era liberación, pero eso hasta después lo supe: incertidumbres que se resquebrajaban, dejando filtrar la esperanza de construir algo nuevo. Este espacio, aunque no propio (¿acaso podré tener una casa en esta economía, en este sistema que devora sueños?), representó la oportunidad de dejar atrás las fronteras difusas que impone el convivir con seis personas en un espacio reducido. Nunca había experimentado cómo se teje un hogar desde cero, lejos, sintiendo que es necesario volver porque los objetos ya no me susurran las mismas historias. ¿No son ellos los que guardan el eco de nuestras vidas? Sí, los de la casa de mis padres aún me hablan, pero esas historias ya no me pertenecen. Las nuevas puertas, los nuevos vecinos, los objetos que yo mismo coloco (o dejo desordenados en su mayoría) definen ahora lo que es mío.
Una noche de sábado, atrapado por el aguacero, poco común antes pero seguramente cada vez más comun en el futuro, en casa de una amiga, lo entendí. Aunque siempre me siento bienvenido allí, aunque abuso de la confianza buscando yo mismo el vaso donde servirme agua, aunque sé en qué gabinete está guardan el café… por primera vez sentí la urgencia de regresar a mi casa. ¿Por qué? Porque no pude dormir ni treinta segundos tranquilo: había dejado a mis perras (ahora son dos) solas bajo la tormenta, e intenté replicar mi ritual nocturno sin éxito. ¿Dónde están las cosas que me gustan en el refrigerador? No lo sé, porque no construí ese espacio. Los objetos allí no tienen mis historias. Solo en mi hogar, con mis rituales, con la ropa tirada en el piso del cuarto, y las pelusas que se acumulan, encuentro el eco de lo que soy. Allí, en el silencio de mis ruidos, en el desorden de mis recuerdos, el hogar deja de ser un lugar y se convierte en un verbo.
Una vez más, solo intentaba dormir. No es extraño para quienes me conocen: siempre me ha costado conciliar el sueño. Por eso, aquella noche, o más bien aquella madrugada, no fue distinta. No sabía la hora, solo que ya era demasiado tarde. Empecé a escuchar voces, risas… Tal vez de gente joven (ah, la madurez que me hace dudar si son risas reales o el eco del bar donde anoche el volumen me dejó sordo), no estoy seguro. Murmullos y conversaciones que se acercaban por la calle.
Usualmente dejo mi ventana abierta, con la cortina corrida, como la mayoría de los solteros que viven solos. Si no, ¿cómo voy a saber que ha salido el sol? Nadie te despierta; hay que aprender a forzar el estado de alerta. Además, me gusta sentir el aire nocturno. Mi cuarto da justo a la calle donde de día pasan carros y personas, pero a esas horas de la madrugada, era raro oír algo.
Cuando las voces dejaron de avanzar y se detuvieron frente a mi ventana, empecé a oír el sonido del aerosol: ese siseo al apretar la boquilla, y el traqueteo de los balines al agitar las latas. Me intrigó. Las risas se movían de un lado a otro, cercanas, luego se alejaban, pero el chisporroteo del spray seguía de fondo.
Me levanté. Aún no estaba dormido y alcancé a ver a los jóvenes pintando sus firmas en los muros frente a mi ventana. Estaban alertas, pendientes de que alguien los descubriera, pero también hacían esfuerzos por grabar el acto, como si necesitaran probar su presencia. Mientras tres aplicaban el aerosol, otra se alejaba un poco, quejándose porque el video que filmaba no se veía bien.
Era comprensible que se protegieran. La autoridad defiende primero la propiedad privada antes que a las personas. Para ellos, aquello sería vandalismo; para los chicos, quizá un acto para hacerse visibles.
Me quedé observando cómo la adrenalina se reflejaba en sus movimientos: se apuraban, como si corrieran contra el reloj. Lo que no sabían es que, a esas horas, ya casi nadie pasa por esa calle. Solo yo, que casualmente no dormía, habitando al otro lado de la ventana que da justo a la pared que eligieron para intervenir.
El verdadero acto de rebeldía, creo, es estar en las calles a altas horas de la madrugada: algo impensable a quienes los trabajos, las deudas y la vida nos va quitando de a poco la ligereza. Para nosotros, que nos empeñamos en tomarnos la vida en serio, quizá lo que falta es justamente esa rebeldía: la que se necesita para dejar una firma y reclamar la propia existencia.
Tengo un pensamiento...
Admiro el talento musical de Taylor Swift, pero su reciente silencio ante situaciones de gravedad global resulta difícil de comprender. En un contexto donde se documentan violaciones a derechos humanos y conflictos que afectan a millones, su decisión de posar en imágenes junto a figuras vinculadas a ideologías de extrema derecha, y su ausencia de pronunciamiento al respecto, genera una percepción de complicidad pasiva. Este silencio, lejos de ser neutral, se interpreta como una indiferencia que choca con la gravedad de los hechos.
Además, lanzar un álbum centrado en una estética "divertida y alienante", que celebra lujos inaccesibles para la mayoría, suena insensible cuando millones enfrentan crisis humanitarias. ¿Cómo invitar a admirar jets privados o riquezas millonarias mientras se debaten soberanías y vidas en conflictos como el de Gaza? Su postura parece reforzar una narrativa que normaliza la distancia entre su realidad y la de sus fans, muchos de los cuales lidian con inseguridad alimentaria, desalojos o miedo a perder la vida en zonas de guerra.
No es la primera vez que Swift aprovecha causas progresistas, como el feminismo o los derechos LGBTIQ+, para construir su imagen pública, pero sin abordar críticamente los sistemas que perpetúan las desigualdades. Por ejemplo, su reciente declaración sobre "la energía (de uno mismo) como un bien de lujo" ("You should think of your energy as if it’s expensive, as if it’s a luxury item") refleja una perspectiva moldeada por privilegios: su blanquitud, su estabilidad económica y su posición le permiten elegir cuándo y cómo involucrarse en temas políticos, algo imposible para quienes viven en contextos de vulnerabilidad.
Este patrón plantea una reflexión necesaria: cuando una figura pública construye una relación con su audiencia basada en lealtades incondicionales, donde las críticas se silencian mediante narrativas de "defensa" o "protección", se reproduce una dinámica preocupante.
No se trata de equiparar su influencia con regímenes totalitarios (como el fascismo, cuyos mecanismos de opresión estatal son históricamente específicos), sino de reconocer que ciertas estrategias de fidelización masiva pueden normalizar la despolitización. Al vender la idea de que el activismo se reduce a consumir su música o mercancía, se corre el riesgo de transformar a los fans en una base que, sin proponérselo, reproduce discursos acríticos ante sus acciones.
Lo problemático no es su éxito comercial, sino cómo esta estructura, donde el silencio cómodo ante crisis globales se justifica con frases como "tratar tu energía como un bien de lujo", termina priorizando la comodidad de su posición privilegiada sobre la responsabilidad que conlleva su plataforma. En lugar de usar su influencia para amplificar voces marginadas de manera consistente, su enfoque refuerza una lógica donde lo progresista es instrumentalizado solo cuando sirve a sus intereses. La lealtad de los Swifties no debería medirse por la defensa incondicional, sino por la capacidad de exigir coherencia ética incluso a quienes admiramos.
(Cerrando esto con miedo a todo el hate 🫠)
Es curioso cómo descubrí estas perspectivas. Todo cambió cuando, en un acto de total rebeldía, decidí caminar en dirección contraria a mi ruta habitual: giré a la izquierda donde siempre elijo la derecha. Minutos después, repetí la transgresión invirtiendo nuevamente mi camino.
Terminé en una de esas calles, que como la mayoría, fueron diseñadas pensando en vehículos, no en peatones. Este hecho, aunque obvio para cualquier ciudadano de a pie, revela sutilmente la preferencia para lo motorizado sobre la humano.
Me detuve junto a un pequeño parque, un oasis que los vecinos claramente aprecian como espacio propio. Desde allí contemplé el puente con extrañeza, preguntándome si alguna vez veré edificios o mega obras como esa, pensada primordialmente para quienes caminamos, no para los carros.
Los conductores difícilmente tendrán la perspectiva que yo tuve en ese momento, ni podrán apreciar la visión de quienes disfrutan el parque. Aparte la vida siempre va deprisa. Las notas de prensa siempre van a decir que estas enormes obras están construidas para beneficio de la mayoría, pero son estructuras colosales que nunca me pertenecerán realmente.
Y luego un mega poste de luz, que a contra luz reveló la monstruosidad que tiene.
-D
Creo que nunca en mi vida, al menos no que yo recuerde, utilicé uno de estos buzones que comúnmente estaban en las calles de las ciudades. Muchos ya han sido removidos porque, honestamente, nadie los usa y seguro ya ni los revisan. Posiblemente lo utilicé una vez, cuando era común enviar cartas a programas de televisión, pero seguramente lo hice a través de mis hermanas o mis papás.
En realidad, mi experiencia con el correo postal se limita a haber visitado la oficina en un par de ocasiones. La primera vez fue por una tarea escolar, y la segunda por un arrebato sentimental: quería que un poema que escribí llegara a alguien en ese entonces especial. No me arrepiento, aunque reconozco que pude haber utilizado otros medios.
Es impresionante reflexionar sobre lo intangible que se ha vuelto la vida. El correo postal, que antes conectaba personas y transmitía emociones en papel, ahora principalmente entrega estados de cuenta, notificaciones de deuda o promociones, información que de todos modos podemos consultar en una pantalla.
Ya no utilizamos a correos de México, sino mensajerías y paqueterías privadas, que funcionan como un portal entre lo digital y lo físico, traduciendo lo virtual en algo que podemos tocar. Sin embargo, cada vez tocamos menos: ni el dinero, ni a otros seres humanos.
Es extraño darme cuenta de que ahora todo ocurre a través de pantallas. Mis deseos, mis amistades, mi familia... todo mediado por dispositivos y redes de internet. Ya no necesito caminar hasta un buzón para dejar una carta escrita con la expectativa de que llegue en una semana, pero también siento menos conexión con los procesos para contactar.
Resulta casi absurdo que yo cuestione esto, habiendo nacido en la era de los apagones analógicos. No es que esté desacostumbrado o que prefiera las cartas, rara vez las escribo, pero siento cierta desconexión. No es como que quiera regresar a un pasado que en realidad nunca viví; desde un punto de vista práctico, es mejor tener comunicación instantánea con la menor fricción posible. Sin embargo, en un mundo donde puedo enviar un "te quiero" inmediatamente, la respuesta puede no ser igual de inmediata. La atención está dispersa y puede tener la misma urgencia una notificación con un mensaje de amor que el recordatorio de que ya está listo tu estado de cuenta.
-D
Estaba caminando por una ruta bastante familiar para mí. No la recorro todos los días, pero la conozco lo suficiente como para suponer que he observado todo lo que hay por ahí. Últimamente, he estado contemplando mi entorno con mayor intención, en un esfuerzo por disfrutar el presente y distraer mi mente de las preocupaciones sobre el futuro.
Es inusual encontrar un colibrí en la ciudad, donde la vegetación escasea y las flores son rareza, limitadas a aquellas que algún vecino planta frente a su casa para embellecer su espacio. De repente, lo vi: suspendido en el aire con ese aleteo característico tan veloz que casi desafía la vista. A pesar de no haber flores coloridas en las cercanías, o al menos yo no las percibí, se posó momentáneamente sobre el árbol frente a mí.
Me sorprende haber logrado sacar el teléfono con la rapidez necesaria para tomar la foto. Pude capturar a un colibrí en pleno vuelo, manifestando su dulce libertad, diría Natalia.