No hay forma
de decir adiós
Ni ahora
Ni nunca
Vos siempre
vas a estar allí
en un rincón
en el fondo
en lo oscuro
pero estarás allí

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No hay forma
de decir adiós
Ni ahora
Ni nunca
Vos siempre
vas a estar allí
en un rincón
en el fondo
en lo oscuro
pero estarás allí
Nada más que verte partir
De cuando te vi la vez primera, sentado a mi lado un par de horas sin más por hacer que platicar. De la segunda, la tercera y la cuarta vez que te tuve entre ambas manos, sosteniéndote como si fueras un charco de agua. Así, con delicadeza para no derramarte. Sabía que eras frágil, que tu mirada triste no es tan así por así, que atrás lleva caminos que te costó recorrer, que acarreás también muchos amores perdidos, otros cuantos no correspondidos. Que por eso llevás tus manos siempre escondidas, debajo del suéter o entre las bolsas, porque no querés mostrarte, no querés estar expuesto. Sos los ojos que sostienen noches, y las sonrisas calladas que viven los silencios en los que me quería perder. Sí, quería perderme en vos y tus lamentos agudos, en la prolongada soledad que llevás marcada en la planta de los pies. Quería perderme en vos pero no así, no tan repentinamente, no como hoy que me siento a la deriva porque no puedo hacer nada más que verte partir.
Cuando aparece tu rostro ya no lo sigo, ya no lo busco, ya no me pertenece. Y mientras todo se apaga… mi pecho empieza a iluminarse de nuevo.
Me permito soltar el peso de tu nombre… ya estoy a salvo.
Es tan reparador soltarte, aunque ahora no encuentre una forma correcta de vivir. Viniste a darme tanto (una forma distinta de sonreír, por ejemplo), pero trajiste contigo también la duda y el desacierto. Se expanden mis pupilas al recordar aquello que no volverá jamás porque todo lo puedo ahora que no estás. Me entrego al futuro sin expectativas y la noche me acompaña en silencio. Esos tiempos se convirtieron en algo ajeno… y sonrío con un dejo de tristeza, pero sonrío.
Esas veces al dejar de pensar en ti, cuando suelto todo aquel dolor que nos derrotó… esas veces son como un estado de lucidez. Veo desde la distancia tu rostro y siento que lo merezco. Una pausa. Un remedio. Borrarte un instante para poder al fin sentir que alcanza el aire, mis pulmones llenos de vida y no llanto. Me restauro. Es un alivio no sentirte entre los huesos y recordar que puedo vivir, que no hace falta que estés. No hace falta explicar.
Todo en mí sabe
que ya puedo
bajar la guardia.
No tengo que entender nada.
No tengo que corregir nada.
Lo comprendo: estoy en el lugar exacto donde necesitaba estar.
No estoy bien pero me divierte. No estoy bien pero es suficiente.
Si pudiera regresar el tiempo te contaría que me siento perdido…
Imagino
que
estoy
contigo.
No hay penumbra en el horizonte, no hay vientos feroces. Vos sos mi delirio. Tu voz es un himno de espera(nza). El tiempo corre y no corroe. Me perdona. No cabe duda: hay un rastro de lágrimas secas. Imagino que no hay fin a estos segundos que por vez primera nos sonríen. Imagino que estoy contigo y entre un gentío veo todo borroso excepto tus ojos y tu piel morena.
Tu mirada duró 7 segundos pero a mí me va a doler toda la vida.
Tantos inicios.
Tantos comienzos.
Tantos desvelos.
Hay un no sé qué en tus ojos y la textura de tu piel… en tus labios rotos (y mis noches rotas).
Veo hacia arriba y siento una punzada: la siento en el pecho. La siento en la vida. También lo siento, de ese sentir de perdón. Por arrastrarte a un rincón donde solo queda el olvido… aunque vos fuiste algo más: un descuido. Sí, eso y… nada más por decir. Nada más por sentir. El viento y tres palabras me trajeron aquí y ahora me devuelvo. Ya no tengo pulso.
Otra vez veo hacia arriba: el techo es a dos aguas. El foco apenas alumbra. Segundos después llega el arrepentimiento, el coraje de tener que arrepentirme. ¿Sabés algo? Ya da igual… ya da igual.
Pienso en la penumbra. Pienso en los recuerdos que sigo arrastrando. Pienso en los minutos vacíos, en la anhelada tranquilidad que de vez en mes se me escapa. Pienso en mi respiración espasmódica, en el tic nervioso, en esa duda que me acecha. Pienso en mis debilidades, en el color de aquella noche, en el poste de luz y mi sombra borrosa. Pienso en el “yo” que no está… luego volteo a ver a mi izquierda. Allí estás vos, medio dormido y con el aperol a medio acabar: no sé cómo pero todo se disipa.
Todo
se
disipa.
Pasado
Llevo conmigo las sombras que dejaron aquellos años tardíos. Vos ya me encontraste cuerdo, casi entero, reconciliado conmigo. Hay tantas cosas que quisiera contarte, pero hacerlo dolería más que cargar con el peso de llevarlas a cuestas (soy Jesucristo). Yo me encargo de mis horribles penas. Quiero que te quedés con quien soy ahora, la versión pulida. Un paso para atrás ni siquiera para agarrar aviada. A veces hay que elegir el silencio, aunque me tiemble la lengua y en mis ojos se nuble. Es mejor así, estoy seguro, como que mi nombre es mi nombre. Hacer las paces con esas sombras es una odisea; algunos días la cordura apenas resiste. Las horribles se asoman, quieren regresar. Las callo, las detengo. Busco alivio en tu sonrisa, busco fuerza en tu mirada. En la suavidad de tus abrazos renazco y entonces ya puedo respirar,
recupero el aire,
regresa la calma.