La sala parece salida de Twin Peaks, pero en realidad así de elegantes son los mausoleos de este pueblo quieto.

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La sala parece salida de Twin Peaks, pero en realidad así de elegantes son los mausoleos de este pueblo quieto.
No hay nada más glorioso y edificante que perderse en este pueblo falto de caguamas y garnachas un día cualquiera del ardiente verano.
El pueblo, sus murales, su vejez
Pittsburgh me cae bien cuando está de buen humor Y NO TIENE NIEVE POR DOQUIER.
Carlos Monsiváis en su Museo Del Estanquillo, 2010
Waiting for Tarzan. Friday
La espera infinita.
Los paseos dominicales en mi nuevo pueblo incluyen canicas y cristales varios en los cementerios.
Bluff no es sólo el sonido que acompaña a un estornudo, también es un barrio de Pittsburgh con murales curiosos (sí, existe esa sosa idea del buen salvaje, aunque también tienen hombres musculados y sudorosos trabajando en las acererías); y al igual que en varios otros lados, las lámparas son una monada digna de una postal.
Tiburoneros, Acapulco, Guerrero, Mexico, Photo by Lola Alvarez Bravo, 1950
Flour Mills Begin Decorating Their Flour Sacks After Realizing That Depression-Era Families Were Using Them To Make Children’s Clothing. 1930s.
via reddit
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De la astucia y sagacidad en medio de la desgracia.
☛ http://thegirlshavegonemad.tumblr.com/
Cachorro con flores a la sombra del arcoíris. Nota al pie: los pulques estaban de-li-cio-sos.
Xantolo en San Martín Chalchicuautla, San Luis Potosí, México.
"Contigo", España. 12 julio 1988. CANAL MECANO (youtube.com/mecanopausia)
Hoy, en canciones depresivas para el fin del mundo: yo me encuentro a siete horas de Nueva York, hasta el momento no me he podido poner una borrachera como dios manda y estoy empezando a tener fallos en la comunicación conmigo misma porque tiendo a olvidar cómo se dicen ciertas cosas en español. Ayúdame, George Steiner.
Bitácora a la orilla del tren (la bestia de la cabeza de manzana).
La gente lo que quiere es huir
de sus vidas miserables
del control establecido con los poderes fácticos
de su rutina aplastante
de los desamores varios
de las cargas que se han impuesto
de los hijos
de los perros
de las hipotecas
de los créditos
de los rezos.
Huir. Huir.
Marc Giró, poeta, sociólogo y editor de moda.
Hace varias lunas atrás que me encuentro habitando Bloomfield, una colonia que tiene el calor de Piamonte y tiene más apellidos italianos que releer Orlando Furioso. Confieso que llegué a esta versión miniatura de Italia un tanto bastante por el producto del amor desenfrenado y otro tanto por huir de la implacable violencia que ha inundado a la Ciudad de México y a mi vida en los últimos meses. Pero cuando tú te mueves, la luna se mueve contigo. Y eso lo aprendí ayer.
Desde que llegué aquí tuve la sensación de que Bloomfield era un lugar en el que podía caminar por las calles con total seguridad, primeramente, de salir con vestidos cortos, muy cortos y sin ropa interior (a modo de favorecer la correcta oxigenación y el paso de la brisa del trópico en donde generalmente NUNCA PASA). Como sea que fuere, ayer tuve uno de los eventos más desagradables que me hicieron recordar los horrores del Distrito Federal: caminaba entre las calles del (por el momento) mi nuevo barrio, pensando en las desazones de la vida, en lo negro de las flores negras sobre Panama Way, en las injusticias del capitalismo salvaje, en lo estropeado que está México, en mi gato Merlín, en mi reciente estatus de refugiada sin refugio oficial, en Milton Nascimento, en Grecia, en el Aleph, en máscaras iroquesas, en el queso con nueces y arándanos de La Guerrero y en la inmortalidad del pastel de cangrejo cuando sentí una presencia extraña: un auto de un color dorado avejentado comenzó a conducir lentamente junto a mí mientras yo fotografiaba un buzón. No me alarmé ni me asusté porque habitar en Bloomfield me hizo olvidar por completo el terror que se siente al salir sola a la calle, de la forma que olvidé que una está en riesgo siempre de ser parte de las alarmantes estadísticas de feminicidios en México… entonces seguí atenta a la pintura negra del buzón y al curioso frontispicio. Caminé lentamente, porque una puede tener la calma de caminar, pensar y ver a los gatos que se cruzan por el camino. Di vuelta a la izquierda y de pronto me volví a encontrar la presencia, que para entonces ya se había convertido en incómoda, del mismo auto dorado avejentado que había visto flores atrás, metros atrás. Entonces, descaradamente, el conductor, que para mí aún no tenía forma humana alguna sino que era más bien una voz, se dirigió confianzudamente hacia mí para gritarme:
— HEY, YOU! [serie de frases que ignoré olímpicamente porque una no tiene la necesidad de interactuar cuando se está pensando en el oro del Rhin, en las ardillas del parque y en los pendientes que se tienen].
Seguí caminando, aunque empecé a sentir el escalofrío que sentí la primera vez que caminé sola a mi departamento en La Merced, un viernes en la noche, poco antes de ser perseguida durante dos cuadras. Pero lo olvidé, porque Bloomfield está muy lejos de tener las texturas que se encuentran en La Merced, porque una se siente un tanto más segura de saber que no hay prostitución infantil ni cuatro homicidios al día en la colonia.
Y entonces seguí caminando y seguí pensando en las luces moradas de aquella casa, que la hacen parecer un tugurio, pero mira las flores que están sobre la acera… ¿por qué la albahaca de aquí tiene las hojas más grandes y no huele tanto como la de México?
DOES SCIENCE LOVE YOU?
Eso decía el esténcil que me llamó la atención cuando me distraje nuevamente para tratar de responderle: “de ella no estoy tan segura, pero apuesto a que mi gato sí que me ama, y quizás me extraña tanto como lo hago yo. Aunque igual que yo, finge un poco de indiferencia”. Seguí absorta pensando en mi interacción absurda con el esténcil, en San Jorge y el dragón, en Jesse, en “alma para conquistarte, corazón para quererte, y vida para vivirla junto a ti”. De pronto, auto dorado avejentado hace acto de presencia, nuevamente, ahora sí para causar el mismo terror que se siente al caminar en La Merced después de las 7 pm, sola, estresada y con más niveles de ansiedad en la sangre que los acumulados por una gacela punto de tratar de atravesar la estepa para huir de los depredadores acechantes. Huir. Huir.
— [Serie de cosas vulgares que para entonces ya no quería escuchar porque estaba asustada] DO YOU WANT TO HAVE SEX HERE [nuevamente, serie de cosas que para entonces ya estaban más distorsionadas entre el miedo y la ansiedad porque estoy usando mis sandalias griegas que no sirven para un sorbete si tengo que correr. CORRE. CORRE Y NO VEAS ATRÁS] Eso me dijo la misma voz que había sonado metros atrás, buzones atrás, y que para entonces era una cara blanca, redonda como una manzana, con tatuajes en el brazo izquierdo, que se asomaba como un champiñón brotando de un tronco. Pero era un hongo venenoso, y podía hacerme daño. CORRE. CORRE Y NO VEAS ATRÁS.
Y corrí. Y no hubo más Merlín, no hubo más esténciles, no hubo más que ganas de correr y esconderse y pernoctar hecha un ovillo deseando muy fuerte convertirse en gato, en lechuga, en vaso, en cualquier cosa menos frágil y menos vulnerable que ser una mujer, muy distraída y muy neurótica y muy salvaje y muy desesperada. Huye, huye.
No recuerdo mucho de cómo fue el trayecto, no recuerdo si vi gente en la calle, no recuerdo si respondí a los saludos. No recuerdo ni la cara de angustia de Jesse. Pero recuerdo el miedo. Y recuerdo las ganas de huir a hacerse un ovillo y convertirse en lechuga.
— Do you want me to call the cops?
Esa frase fue un balde de agua fría que no tenía contemplado sentir. En México, la única manera en la que es posible ver a un policía, tras un incidente de este tipo, es estar muerta, o desfigurada, o trastornada, o violada. ¿Pero cómo un policía se va a preocupar por mí? A final de cuentas, accedí.
Esto no es México.
Y no. Esto es Bloomfield. Tengo la sensación de que tardé más en garabatear los recuerdos de esa horrible experiencia y en tomar un vaso de agua. Había policías. Dos, para ser exactos. Y eran mujeres. Y no me estaban haciendo sentir que todo lo que había pasado era mi culpa. Y no había sido mi culpa. E hice una descripción. Y no me sentí presionada ni hostigada. Y las policías eran respetuosas. Y chales, ¿por qué en México las cosas no pasan así? Y Jesse me está besando cada que puede. ¿Qué es esto y por qué de pronto las cosas funcionan como deberían de funcionar en otras latitudes?
Pues esto no es México. Esto es Bloomfield. Y sí, como en cualquier latitud, hay idiotas que quieren abusar de los demás, pero también hay mujeres policía, y hay gente amable y solidaria que se preocupa por otros, hay buzones y un jardín con fuentes y hay flores más grandes que mi cabeza. Pero sobre todo, hay seres humanos que me hacen olvidar que más de tres mil kilómetros hacia el sur, una no camina sola por las calles. Pero una sí lo hace en Bloomfield, porque eso es lo más normal del mundo.
La única reminiscencia que he tenido de México estando en estas tierras del norte, más allá de los perritos chihuahua, ha sido esto.
Nada más sexy que el lomito corrugado y avejentado de un libro más senil que el tiempo.