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Llevaba casi todo el día en la biblioteca, había descubierto que las personas no solían ir allí. Pudo encontrar la paz y soledad que necesitaba para encontrarse con sus pensamientos, y escribirlos en su cuaderno. Pero llegó un momento en la que su cabeza ya explotaba, decidió recostarse en un pequeño sillón; dejó el cuaderno en una mesita frente a ella y se relajó, cerrando los ojos. Escuchó a alguien acercarse, más no volvió a abrir los ojos ya que no le importaba mucho. “A las personas no le suelen gustar que revisen sus cosas. Y no soy la excepción.” Se quejó con un tono calmado, aún sin abrir los ojos, al sentir el ruido de las hojas de su cuaderno moverse.
La biblioteca no era un sitio que normalmente pisara, todo había que decirlo, pero le habían recomendado un libro y pensaba leerlo: eso le había prometido a la persona en cuestión al menos. Lo que contaba era el intento. Acomodó mejor sus gafas, pues no acostumbrado a llevarlas las había golpeado sin querer, y se estiró cuanto pudo hasta llegar a la última balda de uno de los estantes, donde después de largos minutos había encontrado lo que buscaba. Fue entonces cuando la voz de una chica llamó su atención, y al asomarse pudo ver a otra persona cotilleando sus cosas. ---Que gente tan maleducada---. Comentó, pero no obstante no pudo evitar echar un vistazo por detrás del hombro del chismoso, porque él quizá también tenía algo de eso. ---De verdad, que poca privacidad---. Bromeó después.











