18 de septiembre de 2025. El Sol. Madrid.
Una semana antes del concierto de Marta, quería dejar escrito algo que pudiera tener trascendencia o ser una soberana estupidez, pero que creo que va a estar en mi cabeza cuando empiece a escuchar. Así que mejor soltarlo ahora y no perder el tiempo que debiera dedicar a las canciones. Cuando comencé a escuchar el nuevo disco, Memoria Infinita, lo rebauticé “Memoria circular”, debido a la ilustración de la portada, el pez mordiéndose la cola. De alguna manera, lo circular y lo infinito vienen a ser parecido, o ahora, en mi cabeza, lo es. La cuestión, es que escuchando las letras, me he dado cuenta que la reincidencia (sentimental) parece ser uno de los motivos con los que juega, y de ahí a la idea del círculo, de la obsesión y del retorno.
Hace mucho tiempo, cuando me enredaba en historias complicadas, comencé a montar una lista de reproducción que se llamaba “Curación”, y que pretendía sacarme del desamor y sus consecuencias, y ayudarme a arrancar de nuevo. Eventualmente, el nombre cambió y ahora se llama “Curación/Reincidencia”; hoy me doy cuenta que, al igual que el pescado infinito, una no se entiende sin la otra, algo que asumí en el mismo momento que decidí aceptar la reincidencia. Y quizás esto es de lo que, he decidido, nos habla Marta Tchai; o no, pero sus letras tienen esa cualidad tan pop de dejarse abrazar por cualquiera y susurrar que llevamos todos la razón. En definitiva, por eso tengo me gusta tanto insistir en lo buena letrista que es.
El próximo jueves seguiremos, antes que esto se convierta en la crítica de un disco que he escuchado apenas unas tres o cuatro veces. Mientras escribo, ella repite “nadie a quien querer”.
Nyah es la telonera de Marta (es jueves, estoy en El Sol). Toca unas pocas canciones bonitas que están pidiendo menos ruido y algo más de intimidad. La invitación a escuchar más adelante es tentadora, pudiera esconder alguna sorpresa.
Mientras espero que el concierto arranque, imagino como plantearía una entrevista a Marta Tchai, que no fuera el mero análisis de su textos a modo de terapia o un simple y aburrido comentario de texto. Tal vez le invitaría a contar qué buscaba al grabar sus discos, si es eso que llamamos el “rock femenino“, si es que alguien sabe qué es eso, o si le trae sin cuidado y las decisiones que tomaba eran meramente prácticas. Quizá pudiera surgir una señora charla o quizás se quedaría dormida con tanta bobada. Para mi, Marta tiene una serie de canciones que describen momentos emocionales concretos, intensos, una suerte de hitos en su carrera que he descubierto de manera desordenada, es decir, ordenada de manera diferente a la cronología de sus publicaciones. Es fácil encontrarte reflejado en sus bajonas y en sus euforias, y ese es el principal valor de su música. Pero eso no es un diálogo. Soy yo contando mi vida con ella de parapeto.
En el mundo real, los músicos van ocupando su lugar en la penumbra y espero que el concierto interrumpa esta divagación, que publicaré como auto castigo, por pesado. Matadme.
Después de tocar un par de temas antiguos (Puerto Escondido, qué grandísima canción), Marta anuncia que el concierto, a partir de ahora, va a ser el último disco tocado tal cual. Sorprende lo pop que le ha salido. Lo bailable, si nos ponemos. Y quizás el cuerpo moviéndose nos despista de lo que hay acechando en las letras. La tarea de entender la historia queda relegada. Es, quizá, su disco más visual, hecho de escenas muy potentes, muy explícitas, como si la intención fuera lograr que repitamos el estribillo, la estrofa y, eventualmente, descubramos la historia que hay ahí. Tenemos una colección de cuadros, sin orden, que muestran el deseo, el reproche (el auto-reproche, también), la complicidad, el rechazo,… mientras nos encontramos tapeteando con los dedos al ritmo de melodías irresistibles. Algunos textos nos van advirtiendo (“todos vamos a morir en esta sala de hospital“, “Llegué a tu casa pasadas las ocho con un detonador en el bolso”), pero los desamores, las soledades no sol el punto y final. El disco nos invita a aferrarnos a lo bueno, aunque esté por llegar. A movernos al ritmo de la próxima oportunidad.
De alguna manera estoy teniendo las respuestas a preguntas que andan en la cabeza y que no sería capaz de organizar. Imagino a Marta montando el castillo de cada disco con las piezas que ha logrado reunir y dándole la forma de una pequeña historia, de una fiesta, de un viaje, de una moraleja, de una dama del rock reivindicándose, del material intangible de las canciones, de algo que nos quería contar, más o menos concreto. Y ese tapiz cosido con la mejor intención, con la mejor banda posible, con el sonido más bonito que se pudo conseguir, quizás nos cuente una historia o quizás nos lleve de la mano a nuestra verdad o nos arrastre por el circo de nuestro errores. Al final, esas canciones, tan buenas, son nuestras. Y por eso cuanto Marta nos llama, vamos a que nos cante, sin pensarlo.