Ingobernables: Cuando los punks son más liberales que libertarios
“Mientras miles de males mundiales nos siguen asfixiando, ¿en qué puede ayudar a curar el hambre, el dolor, la guerra; esa falsa pose de estrella de rock, subterránea o comercial? Lo que necesitamos es calidad humana.”
Vivimos un mundo de crisis, un mundo decadente y en constante picada. Es el diecisieteavo año del siglo 21 y esta cosa que en todos lados oímos mentar como “neoliberalismo” ha hecho un extenso nido, echado fuertes raíces y goza inamovible como rechoncho hedonista Cirenaico, todo a través de poderosísimos y maquiavélicos aparatos de legitimación, expansión rampante y coptación de todo cuanto se le ponga en frente.
Esta cosa del neoliberalismo es una entidad compleja de distintos caracteres, económicos, políticos y sociales que si bien surgió en el periodo de entreguerras producto de una mancuerna de intelectuales occidentales transatlánticos de élite preocupados por las amenazas que el fascismo y el comunismo representaban a sus intereses, alcanzó la esfera política a nivel global por ahí de los 80 y desde entonces ha constituido una doctrina hegemónica que, queramos o no, gobierna nuestras desafortunadas vidas.
Definirlo con precisión es una tarea compleja (que atañe a personas serias y realmente calificadas, no como yo) dada su propia complejidad, multiples atributos, su carácter cambiante y su continuidad en el presente como un proceso o manifestación del capitalismo; sin embargo, en base a esto hay que tomar en cuenta que el neoliberalismo conserva y exacerba el espíritu del capitalismo como concepto de orden superior y toma de la tradición liberal, como lo sugiere la etimología, sus más importantes pilares entre los cuales destaca el individualismo.
Inicialmente las ideas liberales en su más primordial concepción empotrada en la filosofía política, abogaban por la libertad y la igualdad, nociones que a finales de los 1700 se manifestaron en movimientos como al Revolución Francesa y derivados de esta en el mundo occidental. Sin embargo, poco después, a algunos hombrecitos les pareció divertido generar toda una teoría económica fundamentada en la libertad de mercado, la propiedad privada y una supuesta igualdad de los individuos de participar en dicho mercado. Así, el individuo se va convirtiendo en la principal figura moral y base normativa cuyo ejercicio de sus libertades económicas pasa por encima del Estado (y más adelante se sirve de éste), pero además pasa por encima de la entidad colectiva y social.
Así, y con la síntesis más vulgar y pinche que se me pudo ocurrir, la persona oprimida por la tiranía medieval finalmente rompe las cadenas y pasa a ser un individuo libre, libre de hacer lo que le de su puta gana en provecho de sí mismo y de absolutamente nadie más, convencido cada vez más y de manera sistemática que la colectividad es un concepto en segundo lugar de importancia cuyo momento vendrá (algún muy, muy lejano día) sólo después de satisfacer sus deseos individuales de consumo y acumulación constante y sin restricciones, la cual parece ser insaciable. El concepto de igualdad pareciera pasar a ser una sugerencia que conflictuaría con el beneficio individual.
Es esta la consigna del sector privado, la clase empresarial irrestricta, la maquinaria del libre mercado, los gigantes financieros globales, el crimen organizado, las mafias político-empresariales reformistas y un sin número más de entidades malévolas, irresponsables y sin escrúpulos.
El punk, al menos como lo concibo en la actualidad en algunos sectores específicos, responde al espíritu individualista neoliberal del capitalismo; ha sido coptado por el sistema, no solamente en la forma de comercializar chamarras de cuero con estoperoles y playeras de Eskorbuto, sino en el total abandono de su carácter contestatario y subversivo, el abandono de la crítica y autocrítica como herramienta de construcción y mejoramiento tanto personal como colectivo. Más aún, el industrioso y ventajoso uso de la libertad individual para justificar comportamientos emocional y socialmente dañinos; el también mañoso uso de la cultura P.C. para adquirir el estátus de individuo intocable y por ende con plena facultad de actuar sin ninguna responsabilidad sobre las decisiones que toma. Finalmente este malabar “ideológico” pretendiera desprenderse elegantemente de esto: de la tan necesaria responsabilidad que plantea Sartre en el pleno goce de la verdadera libertad.
Por tal motivo algunos punks me parecen mucho más emparentados y fieles a las catastróficas y egoístas políticas del neoliberalismo, a la hoy infame “alt-right” y al irracional y terriblemente llamado “anarcocapitalismo”; que al anarcosindicalismo ibérico, al Territorio Libre de Makhnovia o a los movimientos de liberación indigena en Latinoamérica.
Del noble y aguerrido sueño de reclamar la vida que nos deben, de construir una mejor alternativa de vida digna y verdaderamente libre fuera de una hegemonía opresora y desmotivante, del trabajo colectivo y el apoyo mutuo en pro del bien común y la felicidad, el “punk” ha pasado a sostener indefinidamente el berrinche adolescente para que el individuo egoísta obtenga lo que quiere como un infantil gesto de rebeldía, los complejos provocados por el bullying en la secundaria (el cual se replica majestuosamente), el creer tener la razón todo el tiempo y el quietismo causado por la satisfacción egoísta a partir de una fama bastante insignificante.
Ver una escena fragmentada y cada vez más motivada por el individualismo y la intransigencia me hace preguntarme finalmente si es que ese noble sueño alguna vez existió o si simplemente el punk funge y siempre fungió como un intrascendente espacio de fiesta y esparcimiento para los inconformes y es realmente un sitio en el cual la crítica, la razón, el mejoramiento y las ansias de transformar la realidad nunca tuvieron lugar.
Cada día entiendo más a los ingobernables, supuestos anarquistas, supuestos oprimidos y supuestos progresistas ideológicos como los perfectos egoístas que harán lo que sea por conseguir lo que quieren en especial si ello implica pisotear a los demás y aprovecharse del trabajo y esfuerzo ajeno, todo ello sin consecuencia alguna, sin responder ni responsabilizarse por sus acciones, cómodamente apostados detrás de almenas que otorgan plena facultad de intocables y de seres superiores libres del tan humano, comprensible y perdonable error.
Con mis mediocres estudios sobre el cambio climático, sus causas y efectos ecológicos, sociales, económicos y políticos, veo cada vez con más claridad el rostro de esta gigantesca y espectral quimera, este zeitgeist silencioso del fin del mundo que grita: “¡sálvese quien pueda!”; la pulsión de supervivencia individual que propulsa al desesperado hombre robusto y saludable a pisotear a la desvalida madre que carga con su hijo en la estampida humana que escapa del Armageddon, que motiva a los hedonistas del cataclismo a sentarse tranquilamente en diván de terciopelo a esperar el fin, consumiendo todo cuanto queda con glotona alevosía para la satisfacción de los placeres mundanos mediante el exceso; una similar idea que fundamenta el obsceno estilo de vida del narcotraficante quién conoce perfectamente su prematuro y espantoso final. Así pues, pasa con desesperante lentitud ésta quimera con cínica sonrisa dejando con su fantasmal aura una persistente y penetrante tristeza en el mundo.
“Cada quién”










