Hey! Aquí dándole con todo a la @dabihawksweek20 😼😼
Soy fan desde siempre de TLAB así que me emocioné con el tema de hoy.
—¡No puede ser! ¡¿Están seguros?!
—No cabe la menor duda, su majestad.
Yo tenía seis años, pero recuerdo perfectamente como el viejo casi se va de espaldas cuando escuchó a los ancianos del Loto Blanco. Espiaba desde la otra habitación a esas personas que hacía unos instantes habían estado conmigo.
—El príncipe ha puesto en orden exacto los objetos pertenecientes a los últimos avatar ¡No es ninguna coincidencia!
—¡El mocoso no puede dejar de quemarse con su propio fuego en los entrenamientos! ¡¿Y me dicen que tiene que aprender a dominar otros tres elementos porque el balance del mundo depende de él?!
Mi corazón infantil se estrujó. No terminaba de comprender todo lo que decían, pero entendía perfectamente que una vez más, mi padre estaba decepcionado de mí y que me consideraba un inútil. Siempre había sido así.
—Le aconsejamos que el avatar concentre todos sus esfuerzos en dominar el fuego control antes de que parta en su viaje rumbo al Templo del Sur de los nómadas del aire. Después de todo, aún es un niño y estamos en tiempos de paz.
Pese a que los ancianos del Loto Blanco insistieron que no había ninguna prisa, el viejo me sometió a un entrenamiento exhaustivo de fuego control con generales retirados de la Nación del Fuego. En esos años no hice sino exasperar a mi padre, quien no terminaba de reprochar mis avances insuficientes y recibir quejas de los imbéciles de mis maestros, que presumían de ser los mejores maestros fuego de la Nación, pero carecían por completo de habilidad para enseñar a otros.
Lo único que me motivó en esos años es que al pasar el examen de fuego control me enviarían lejos del palacio y con ello, mandaría al diablo las exigencias y presiones del viejo.
Pasé apenas, los ancianos del Loto Blanco remarcaron que el control de mis emociones estaba íntimamente ligado con el de mis llamas. Por lo que debía dominarlas también a ellas.
“¡Qué fácil es decirlo!” Pensaba. Ellos no eran quienes habían soportado los abusos y violencia de ese viejo bastardo durante los últimos quince años.
—Te hará bien cambiar de aires —dijo uno de los ancianos en mi viaje al Templo del Sur—. De hecho, no creo que sea coincidencia que justamente ese sea tu segundo elemento a dominar.
Realmente lo único que me importaba era ponerme fuera de las garras del viejo, el lugar era lo de menos.
Mi afán de libertad chocó al llegar al Templo del Sur, donde descubrí que mientras estuviera ahí, viviría como uno más de ellos, como un monje. Estando acostumbrado a los lujos y comodidades reales, por supuesto no fue de mi agrado. No obstante, llegaba a encontrar más coherencia en la extraña disciplina de los nómadas aire que en las exigencias sin fin de mi propio hogar.
“Al menos aquí nadie me grita lo que tengo que hacer.” Pensaba mirando en el espejo los azotes de castigo que se habían quedado marcados en mi piel. De alguna forma, me sentía aliviado.
Lo único que me daba rabia era que mi aprendizaje seguía tan lento como el de fuego control. Los monjes de alto rango lo notaron y decidieron cambiar de estrategia.
—Tōya-kun —nadie de ellos se refería a mí como “alteza” o “príncipe”—. Queremos que conozcas a Keigo, él será tu mentor a partir de ahora.
—Mucho gusto —saludó ese monje rubio con ojos de halcón haciendo una reverencia con la cabeza—. Espero no te moleste unirte a grupo infantil.
Los monjes seguían hablando de tus credenciales, algo sobre que tú, Takami Keigo, eras el monje más joven en la historia del Templo del Sur en obtener los distintivos tatuajes de los maestros aire; pero yo solo podía mirarte con curiosidad. No te parecías en lo absoluto a ningún otro de los monjes. Te rodeaba un aire misterioso que contrastaba con tu sonrisa abierta.
Sin más que discutir, me uní a la clase de los niños, que se reían ante mis intentos de formar una esfera de aire y montarla, siempre terminaba de cara contra el piso.
—¡Basta, chicos! —pedías a la clase y todos obedecían bajando la cabeza—. A diferencia de ustedes, Tōya ya domina un elemento que funciona muy distinto al nuestro ¡Discúlpense con él!
—Lo sentimos, Tōya-nii —respondieron a coro.
—¿Por qué no nos tomamos un descanso? —dijiste dejando de lado el tono severo del regaño—. ¡Tienen quince minutos!
Mientras los niños se alejaban a toda prisa rumbo a los bebederos, me extendiste la mano para ayudarme a ponerme en pie.
—¿Soy patético, no es así? —resoplé rechazando tu gesto amable.
—¡¿Qué mierda sabrás tú?! ¡Ni siquiera me conoces! —En verdad odiaba que me trataran con lástima, como mis maestros de fuego control cuando no paraban de compararme con el viejo y mi hermano menor.
Intenté alejarme, caminé hasta el mirador de la terraza y miré el precipicio ante mí antes de lanzar un escupitajo. Estaba harto.
—En efecto, no sé mucho sobre ti —continuaste como si nada una vez que llegaste a mi lado—. Pero he leído que el fuego control se basa mucho en la respiración y en algunos maestros está directamente vinculado a sus emociones.
Me quedé pasmado, tus ojos de halcón se me clavaron fijo, esa mirada era tan certera como sus palabras.
“Este idiota no siente lástima en absoluto”.
Exhalaste hondo y tu vista se volvió hacia las montañas puntiagudas que se alzaban sobre el precipicio.
—Por otro lado, el aire control tiene más que ver con vaciar la mente, por eso iniciamos el día meditando. Para no sentir nada más que el presente.
—¿Qué carajos tiene eso qué ver con el aire control?
—Intenta no pensar en que debes contener tus emociones, déjalas que soplen como el aire a través de ti y manifiéstalas.
Pusiste una mano sobre la otra y formaste una pequeña esfera de aire.
Traté de hacer eso que dijiste, vaciar la mente, simplemente sentir el aire a mi alrededor y darle forma de esfera como tú lo hiciste. Para mi sorpresa, creé una esfera bastante más grande de lo esperado que me sacudió por completo.
—¡Déjala ser, Tōya! —exclamaste—. ¡Si la dejas manifestarse podrás amoldarla al tamaño que deseas!
Así lo hice, dejé pasar unos segundos antes de darle un tamaño similar al tuyo. No lo podía creer ¡Lo había conseguido!
—¡Bien hecho! —me felicitaste deshaciendo tu esfera—. Puedes liberarla si quieres.
No obedecí, la agrandé de nuevo y liberé la esfera frente a mí. Sentí tanta confianza como para saltar sobre ella. De ese modo, quedé flotando como lo hacían los niños en clase. Di una vuelta por la terraza y finalmente se deshizo. Era la primera vez que lo hacía sin lastimarme.
—¡Tōya-nii lo logró! ¡Tōya-nii lo logró! —escuché de pronto a los niños que volvían de su descanso.
Se acercaron a mí y celebraron mi avance. Reían y saltaban a mi alrededor cuando una sensación cálida se asentó mi pecho al ver la ternura con la que contemplabas la escena. Lucías orgulloso y por primera vez en mucho tiempo, pude también sentirme orgulloso de mí mismo.
A partir de ese día entraste a mi vida como un vendaval que lo barrió todo. Tus enseñanzas me hacían aprender aire control tan rápido que parecía mentira lo mucho que tardé en dominar el que se suponía, era mi elemento natural.
Los meses pasaron al ritmo de tus clases. A tu lado aprendí a vaciar mi mente, a limitarme a vivir el momento y que esa brisa refrescante que era Takami Keigo soplara a través de mí.
Nos volvimos cercanos, al grado que me hacías dejar mi vergüenza de lado para dejarte curar las heridas que me hacía en los entrenamientos. Odiaba mi cuerpo con sus quemaduras, odiaba mi piel sensible llena de cicatrices por los azotes del viejo. La odiaba tanto que hasta ese momento, no permitía que nadie me viera sin mi camisa interior.
—Cerraré los ojos si así lo prefieres, Tōya, pero tú solo no podrás curarte ese corte en la espalda —sugeriste abriendo los frascos con ugüentos curativos.
A mi nariz llegaba el fuerte olor de las hierbas medicinales y el tacto de tus dedos vacilantes distaba varios centímetros de la herida que pretendías curar.
—Abre los ojos, Keigo —dije realizando que todo aquello era ridículo.
Sin decir una palabra, pronto reanudaste tu labor, preciso, como debió ser desde el inicio. Ardía el ugüento contra mi espalda sangrante, mordía mi labio inferior en un intento de amortiguar la incomodidad, pero más que nada, para aguantar la enorme vergüenza que sentía de que me vieras así, tan frágil, tan patético.
—Siempre he creído que las cicatrices nos recuerdan lo fuertes que nos hemos vuelto —tu dedo se detuvo cerca de mi nuca—. Eres fuerte Tōya, jamás dudes de ello.
Me quedé inmóvil, conteniendo el llanto y las ganas de abrazarte. Desde entonces, poco a poco dejé de sentir vergüenza contigo.
Aunque me ayudaste a tener un poco más de confianza, las dudas sobre mi papel como el avatar, de vez en cuando lograban llenarme de ansiedad por el futuro.
“¡Si el equilibrio del mundo depende de ti, estamos jodidos!” Tenía las palabras del viejo clavadas en mi mente.
—¡¿Por qué carajos los dioses, o el destino o no sé que mierda me eligieron como el avatar?!
Me pregunté un día que me llevaste de paseo a la playa en tu bisonte volador. El sonido de las olas chocando contra nuestros pies desnudos caminando por la orilla era el único elemento extraño en aquél sitio vacío.
—No lo sé, Tōya. Debes de tener algo que solamente tú puedas hacer como avatar.
Ladeé un poco la cabeza haciendo una mueca de confusión.
—A veces te tomas muy en serio tu papel de monje, Keigo ¿Qué quieres decir?
—Pese a que el avatar tiene la función de mantener el equilibrio del mundo, cada uno en la historia, lo ha llevado a cabo de una forma diferente. Es decir, cada uno de ellos ha tenido su propia misión. Con el tiempo descubrirás cuál es la tuya.
Una ola chocó con demasiada fuerza contra mis pantorrillas salpicandome la ropa. Yo no tenía idea cuál sería mi puta misión en este mundo, solamente sabía que quería descubrirla a tu lado. Pero hasta entonces no encontraba el valor para decírtelo.
"Soy patético", pensé una vez más.
Por eso detesté que me hubieras traído a la playa, tomé el mar como un doloroso recordatorio de que me quedaba tan solo un mes a en el Templo del Sur antes de partir rumbo al polo norte para dominar el siguiente elemento.
Apreté los puños y me limité a sentir el momento, mis emociones fluyeron como me enseñste a hacer aquél primer día de entrenamiento. Entonces, sin pensarlo, te tomé por los brazos y te besé.
Definitivamente te tomó por sorpresa, y sin embargo, no me rechazaste. Tus cejas alborotadas se alzaron sobre tu rostro sonrojado.
Tú, que parecías tener siempre la frase exacta, la respuesta perfecta, justo ahora te que quedabas sin palabras.
—¿Por qué? —musitaste ocultando tu cara con ambas manos—. ¡¿Por qué tenías que hacerlo justo ahora que te vas?!
Apoyaste ambos puños contra mi pecho mientras las olas seguían empapándonos.
No sabía qué hacer, no sabía como consolar a alguien, nadie me había enseñado, así que por instinto, torpemente, te rodeé con mis brazos.
—Soy yo el que es patético, Tōya-kun —confesaste sin mirarme—. Pretendía enterrar mis sentimientos porque sabía que te irías…
Ahora el sorprendido, era yo:
—¿¡Qué mierda!?¿¡Y no fuiste tú el que me enseñó a no contenerme!? ¿¡Qué clase de maestro eres!?
Por fin hice que me miraras, tus hermosos ojos de halcón se deshacían en lágrimas. Besé esas mejillas húmedas y acaricié tu cabello dorado.
—Tienes razón, no soy el mejor maestro… y para serte honesto, no estoy seguro de querer seguir siéndolo.
—¿¡Y qué es lo que quieres tú, Keigo!? —pregunté furioso—. ¡No te contengas!
Apretaste fuerte los párpados y dijiste:
—Quiero acompañar al avatar a descubrir su propia misión. Quiero estar a tu lado, Tōya.
—Ven conmigo entonces, Keigo.
Tus ojos se abrieron sin dejar de llorar y te lanzaste sobre mí haciéndome caer. Rodamos juntos por la arena terminando de mojarnos con el agua del mar. Entre besos salados y suspiros hicimos nuestras primeras confesiones:
—Te quiero tanto, Keigo. Te quiero desde el día que curaste de mis heridas… —recordé esa cicatriz que surcaba el centro de mi espalda. Había sanado gracias a ti.
—Yo te quiero desde el día que entraste en estado avatar para defenderme de esos bandidos…
No había duda que esos bastardos pertenecían a un circo. Se habían infiltrado en el templo por la noche para robarse a los bisontes bebés. Los viste desde tu habitación y corriste a confrontarlos, pero uno de ellos bloqueó tus puntos de presión inhabilitando tu aire control.
—Aunque estuviste a punto de matarlos… —no me arrepiento de nada, ni de haberte seguido cuando me pediste que me mantuviera a salvo, que fuera a buscar a los monjes mayores; ni de haberme dejado llevar pensando que no podía dejarte ir solo. Por eso no pude contener mi rabia al verlos dándote una paliza.
—Eso es lo que le espera a cualquiera que se meta con mi hombre.
Te sonrojaste más que nunca y yo te besé de nuevo.
—Eres malditamente adorable.
Desde entonces estamos juntos. No ha pasado mucho desde que partimos rumbo al polo norte en tu bisonte volador. El viaje es largo y apenas está comenzando. Pero a diferencia de antes, aunque tengo una misión por descubrir, ya no tengo miedo del futuro. Tener el amor y el apoyo de este elocuente maestro aire a mi lado, es todo lo que necesito para enfrentar cualquier reto.