Día dos, gente, pero aún no estoy segura de hacerlo todo.
En su mochila llevaba una soga vieja, de esas que estaban tan desgastadas que herían la mano y dejaban astillas de plástico en la piel. De hecho, en la mochila aún había astillas.
Sentado en el piso estaba Monoma, observando asustado, pero excitado, a Iida, que le mostraba lo larga que era la soga.
Iida lo hizo quitarse el uniforme y la ropa interior. Iida lo levantó y comenzó a atarlo: comenzó a pasar la soga por el cuello; bajó por su pecho, cruzándolo varias veces, raspando la piel tersa de Monoma, sonrojado al tener tan cerca al chico que le gustaba, mientras la soga continuaba su camino por su cintura, hasta su entrepierna: la soga rodeo los muslos por separado y subió de nuevo, atrapando su miembro en el muslo derecho, quedando el nudo casi en la punta del miembro erecto, sin darle espacio para correrse.
Monoma no había dejado de gemir, cada vez más excitado.
—¿Qué? —preguntó asustado.
—Vístete, las clases comenzarán pronto.
—Te dejé los brazos y las piernas libres, y tú miembro está prácticamente atado, así que nadie lo verá.
Monoma lo miró con los ojos llorosos, el rostro bañado de sudor y saliva, y la boca un poco abierta.
—Pero… verán la cuerda en mi cuello.
—No, la cubrirás con una bufanda; obedece y vístete.
Monoma se levantó, pero con el mínimo movimiento, la soga se tensó en todo su cuerpo, arañando su piel, presionando en los lugares indicados, obligándolo a soltar un gemido.
—Sí… estoy… No sé si… puedo hacerlo…
—Sí, puedes, anda —se recargó en la pared de la bodega—, vístete.
Monoma se levantó, temblando entre gemidos. Le tomó casi media hora levantarse y vestirse: aunque la soga le lastimaba sus zonas más delicadas, el dolor y la sensación de picazón le producía oleadas de placer lujurioso.
No sabía cómo llegaría al salón sin gemir, pero lo que más le preocupaba era el dolor en su miembro: estaba seguro de que, de no estar atado, ya se habría corrido varias veces.
Cuando estuvo listo, Iida le tomó la mano y lo llevó a paso veloz, escuchando a Monoma cubrirse la boca con la bufanda que también le cubría el cuello.
Llegaron al salón, e Iida le hizo sentarse hasta el fondo, obligándolo a caminar frente a todos, que obviamente notaron el rostro medio cubierto y el sudor que corría por su rostro.
Monoma se sentó, y la posición recta ajustó aún más la soga. Monoma ahogó un gemido que los más cercanos escucharon, girándose para verlo.
Iida estaba leyendo, y Monoma se cubría todo el rostro. Aizawa-sensei entró en ese momento y comenzó la clase.
A mitad de la lección, pidió que alguien pasara al frente. Iida le levantó el brazo a Monoma.
—Monoma, pasa, por favor.
Monoma se levantó lentamente y se acercó.
—¿Estás enfermo? —preguntó Aizawa-sensei.
—Un poco —suspiró para que lo escuchara.
—¿Quieres ir a la enfermería?
—No, ya fuí, me dieron un medicamento… estoy esperando a que funcione.
—Bien; por favor, contesta las preguntas…
Monoma trataba de no moverse mucho: las ataduras se estrechaban con el movimiento, y le sacaba algún gemido que Monoma lograba disimular, aunque más de uno imaginaba que eso no era una enfermedad.
Al terminar, Monoma volvió a su asiento, mirando deseoso a Iida, que lo ignoró, tomando notas.
El día fue tan pesado y doloroso como él lo imaginó. Cada segundo se le hacía eterno, y, aunque deseaba, no quería imaginar su piel enrojecida, quizá sangrante, por la soga, porque eso no hacía más que excitarlo.
Por fin, las clases terminaron. Monoma parecía tener fiebre, pero pocos sospechaban que su boca húmeda, sus ojos vidriosos, y su rostro sonrojado no eran por enfermedad.
Iida lo hizo caminar hasta su casa, que estaba sola en ese momento, y hasta la noche, y en su habitación, le hizo quitarse la ropa: la piel estaba roja y sangrante como Monoma lo había imaginado, sin embargo, lo que más deseaba era liberar su miembro. Iida lo notó: se lo besó, y luego lo liberó, observando con felicidad la corrida que hizo que Monoma cayera a la cama. Iida lo desató mientras tanto, besando superficialmente las heridas, y luego se puso sobre él.
—Hagámoslo la próxima semana otra vez —lo miró con lascivia—, pero en el cine.
Se besaron, sabiendo que tenían toda la tarde para liberar esa lujuria acumulada en Monoma Neito.