Acciones colectivas conscientes
Hace ya dos años desde que empecé a recorrer Europa y es tiempo de balances. Preguntas comunes como ¿quién soy yo?, ¿quién quiero ser?, ¿cómo elijo presentarme ante el mundo?, emergen todo el tiempo en la vida de los artistas que transitan la ruta por un tiempo prolongado. Nuestras identidades entran en conflicto. Se desdibujan, desarman y reconstruyen como una actualización de software. Parecemos los mismos, pero no lo somos.
El viaje me ha cambiado de maneras impensadas, en su mayoría buenas. A menudo me preguntan acerca de si me resulta más difícil vivir viajando de la manera en la que lo hago que quedarme en Argentina. Pienso que es más difícil y duro en el sentido que nadie se preocupa por vos acá, es bastante más complicado allanar el camino, requiere más esfuerzo y sos completamente vulnerable. La felicidad y las experiencias traducidas en crecimiento son incuantificables y valen tanto que todavía sigo sintiendo que comencé a viajar hace dos meses. En mi actual vida no hay lunes ni domingos. La mayoría de las veces no tengo ni idea que día es, me acostumbré a hacer mi zona de confort en el espacio que está fuera de la zona de confort. La imagen que solía tener de la estabilidad se disolvió completamente. En algunos momentos viví con 5 euros, en otros hice 50 en 10 minutos. Conocí mucha gente con la que aún sigo hablando, gente que me ha cambiado la vida, gente que me ha mostrado cosas de mí que no sabía.
Empecé a tocar en la calle, algo que jamás pensé hacer en mi vida y, considero, todo músico debería experimentar alguna vez al igual que enseñar, como dice Hermeto. Todavía me resulta difícil el momento previo de salir a buscar un spot para tocar. Pero siempre, todo cambia una vez que ya estás tocando. Tocar en la calle me demanda un gran trabajo sobre el ego y, justamente, sobre eso quisiera contarles una pequeña historia.
Cuando estuve en Bosnia, casi no había músicos callejeros. Sarajevo es una ciudad muy generosa en la que pude hacer mucho dinero y hablar con muchos lugareños. Compartía la calle con mendigos, veteranos de guerra que pedían dinero, ancianos que casi no podían moverse y extendían la mano por horas esperando algunas monedas. Mi nueva realidad claramente es muy diferente teniendo en cuenta que vengo de un ambiente académico, de exponer mi música solamente en conciertos. La vida en ese contexto era hermosa y he de decir que en el ambiente en el que uno crece, se nutre de cosas maravillosas y de algunas que quizás no lo son tanto. Me refiero al tema que nos toca un poco a todos los artistas que es la reputación. Aun te resbale el asunto de si tenés una reputación que mantener o no, esto es algo que se edifica solo y uno no lo puede evitar. Y reputación puede ser reputación de cualquier cosa. La vas adquiriendo de a poco y oficia de validación de lo que se hace ante los pares y el mundo, como si fuera una moneda de cambio. A menudo cuando caminaba por las calles de Sarajevo me encontraba chicos muy pequeños, de aproximadamente siete u ocho años, con ropas harapientas y sin un abrigo adecuado cuando la temperatura rondaba entre los 0 y 7 grados. Estos niños cantaban melodías tradicionales bosnias o tocaban acordeón e improvisaban con teclados. El repertorio no debe haber consistido en más de 3 canciones. No tocaban solo porque fuera divertido tocar en la calle, lo hacían para sobrevivir. También yo lo estaba haciendo, quien soy un completo desconocido en estas tierras. Luego, pude averiguar y descubrir que esos niños, al igual que yo, eran extranjeros. En más de una ocasión, estos pequeños niños se colocaban justo en frente mío, donde estaba tocando, y comenzaban a cantar. El objetivo era más que claro, obligarme a irme del lugar y dejarles la calle libre a ellos. Siempre terminaba yéndome y volviendo cuando ellos ya se habían ido. Me daba mucha lástima pensar en lo tan pequeños que eran y lo que necesitaban hacer para conseguir dinero, cómo debían imponerse de una manera tan agresiva para hacerle frente a un mundo y una sociedad que les da vuelta la cara. El detalle peculiar, en medio de todo esto, es que el arte estaba presente en ellos, y hablaban con arte también. Esto realmente me ha hecho plantearme y replantearme, día tras día, cuál es nuestro rol como músicos, qué es el acto musical para nosotros, qué venimos a hacer a este lugar, y más importante aún, cómo nos relacionamos con nosotros mismos, nuestros pares y con el mundo. Y no sólo a nivel musical, sino en todos los niveles. ¿Qué es la reputación?, ¿acaso no tenemos una concepción de la reputación tan errada y sesgada, así como también la tenemos de la estabilidad?, ¿son nuestros problemas tan grandes como creemos?, ¿realmente estamos disfrutando de la vida?, ¿nos falta algo realmente?, ¿o es con el cristal con el que miramos nuestra realidad que nos lo hace creer? Y, supongo, que la más difícil de las preguntas, es la que me hago cada día, sobre todo en estas últimas semanas: ¿Quién soy yo ahora?
El viajar definitivamente me ha hecho un ser más sensible, menos complicado, menos estresado y me ha cambiado de una manera que no puedo explicar ni siquiera hablándolo con alguien cara a cara. Me ha pasado de no tener donde dormir a veces y la verdad, ya no me preocupo porque siempre sé que algo aparece, y siempre lo hace. Viajar enriquece y te abre las puertas a nuevos mundos, pero cuando uno entra a ese nuevo mundo también le abre la puerta para que entre en uno.
Escribí este texto hace un año como reflexión de cumpleaños. Un año después, bajo la situación del COVID-19, me pregunto ¿Qué fue de la vida de esos niños?, ¿cómo se encuentran en medio de la pandemia?, ¿tienen lugar para dormir?, ¿tienen dinero?, ¿tienen suficiente comida? Me encuentro a mí mismo leyendo esta historia, agradecido por lo que tengo y sorprendido de que me sigo haciendo las mismas preguntas existenciales acerca de la reputación, propósito musical y estabilidad. En un mundo que se encuentra al revés, es indispensable reevaluar nuestras acciones, decisiones, planes y estilos de vida. Sin embargo, la diferencia ahora es que no me encuentro solo en el barco, y eso puede ser muy animador para finalmente abandonar lo innecesario para hacer lo que es necesitado de mí, de vos, de todos nosotros, en un mundo que pide ahora más que nunca, acciones colectivas conscientes.






















