La canción apareció como una llave.
No la vi venir: venía colgada en el aire, escondida en los pasillos fríos, mezclada con el ruido común de la gente comprando lo cotidiano. Bastó el primer acorde para que mi cuerpo entendiera algo antes que mi mente: no era música, era un regreso.
Hay recuerdos que no se guardan en palabras, sino en clima. En viento. En la temperatura exacta que roza la piel como un aviso. En una luz que cae de cierto modo sobre el mundo. En un sol que golpea con la misma fuerza de aquel día, aunque la vida haya cambiado de nombre y de forma.
Yo venía, hace tiempo, sobre una carretera larga. Había horas por delante y una amenaza sin rostro fijo: la posibilidad de perder lo que uno ama. El miedo no era un pensamiento; era una presencia física, una mano apretando desde dentro. Conducíamos hacia casa con esa urgencia que no se pronuncia. El viento era fresco —tan fresco como hoy—, y el estéreo, como si fuera inocente, dejó caer una melodía que se me quedó pegada al pecho.
Entonces lloré. Lloré con esa clase de llanto que no pide permiso porque ya no puede contenerse. Y a mi lado había silencio. Un silencio que no fue abrigo ni pregunta, solo un tramo más de carretera. No sé si alguien puede imaginar lo que pesa un silencio cuando por dentro te estás desmoronando: es como estar acompañada y, al mismo tiempo, completamente sola.
El tiempo siguió. Las cosas se resolvieron como a veces se resuelven por misericordia: no ocurrió la tragedia que mi mente había ensayado. Sin embargo, algo quedó inscrito. La melodía tomó su lugar en la memoria como una marca: ahí, en ese estribillo sin palabras, se guardó el sabor de la pérdida posible. Y desde entonces, cada vez que la vida quiso recordarme que el amor también tiembla, lo hizo con música.
Años después, la misma melodía volvió. Esta vez no en la carretera, sino en un supermercado. Y el cuerpo, fiel a su aprendizaje, reaccionó como si la emergencia fuera presente. Sentí el vacío. Esa oquedad antigua que se instala en el centro del pecho y se extiende como niebla: el dolor de saber que algo se ha ido, o que alguien se ha ido, y que el mundo insiste en seguir funcionando con la misma iluminación de siempre.
No porque fuera cobarde, sino porque el corazón —ese órgano que también guarda memoria— entiende el duelo como una alarma. El pecho se vuelve una casa demasiado estrecha. El aire se siente insuficiente. La garganta se llena. Y el pensamiento, como si fuera un juez, sentencia: “No lo volverás a ver. Nunca.” Esa palabra pesa más que cualquier objeto. Nunca es un portazo.
Y entonces aparece la pregunta que nadie quiere hacerse: ¿qué se hace con un dolor que no se va?
He aprendido, a fuerza de repetición, que el sufrimiento no siempre proviene de sentir, sino de pelear contra lo sentido. Hay una diferencia entre ser atravesada por una ola y vivir tratando de impedir que exista el mar. Lo segundo agota. Lo segundo desgasta la vida entera.
No porque la escritura sea una pastilla. No porque al juntar frases el corazón se cure automáticamente. Escribo porque hay dolores que, si no se nombran, se vuelven dueños del cuerpo. Y al nombrarlos, aunque no disminuyan de inmediato, dejan de ser un monstruo sin forma. Se vuelven algo que puedo mirar sin entregarme por completo. Se vuelven parte de mi historia, no el final de ella.
Escribir es sentar al dolor en una silla, no en el trono.
Escribir es decir: “te veo”, sin decir: “me gobiernas”.
Y sí, hay días en que la emoción me toma por dentro y parece que lo ocupa todo. Pero incluso ahí, en medio del temblor, hay una parte de mí que permanece: un testigo silencioso que respira, que observa, que se acuerda de lo esencial. Esa parte no niega lo que duele; simplemente no se confunde con ello.
Quizá eso sea lo más difícil de aprender cuando uno ama de verdad: que el amor deja huellas y que las huellas duelen cuando el cuerpo se da cuenta de que ya no hay a quién volver.
A veces la vida no nos quita solo a una persona; nos quita un futuro imaginado, un lenguaje compartido, un clima, una música, una forma de caminar el día. Y lo que duele no es solo la ausencia: es el contraste brutal entre la continuidad del mundo y la fractura íntima.
Sin embargo, el duelo también es una manera de honrar: no a quien se fue necesariamente, sino a lo que en nosotras fue capaz de amar. A lo que en nosotras se entregó con honestidad. A lo que en nosotras todavía cree, pese a todo, que la vida puede tener sentido.
Yo no quiero curarme volviéndome de piedra.
Quiero aprender a sostener mi sensibilidad sin que me destruya. Quiero que el viento siga siendo viento y no una sentencia. Quiero que una canción vuelva a ser canción, aunque por un tiempo sea también una herida. Quiero poder caminar por un pasillo cualquiera sin tener que huir de mí misma.
Y si hoy el corazón duele, lo digo con la solemnidad de quien no minimiza su propio temblor: duele. Duele de verdad.
Pero también sé esto —y lo escribo como quien deja una lámpara encendida—: yo soy más grande que esta ola. No porque sea invencible, sino porque estoy aquí. Respirando. Nombrando. Eligiendo.
El dolor vino a tocar mi puerta con música, y yo no le prometo que se vaya. Solo le pongo límites.
Que me acompañe, si quiere.
Pero que no decida por mí.
Porque aunque haya pérdidas que cambien la vida, yo todavía puedo elegir cómo caminarla.
Y esa elección, humilde y diaria, es la forma más silenciosa —y más radical— de seguir viva.