My heart is screaming

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My heart is screaming
12/∞ → xiuhan babies~
I need this!
Desentendiéndose de mesuradas solemnidades, el portador de mechones coloreados en los oscuros matices de un hábito franciscano retembló con el placer del aliento recuperado y apropiado a cuentagotas; saboreado, asimismo, con la fascinación de quien se sabe respirando luego de haber permanecido comatoso, envenenado con la ponzoña de un amor que durante semanas sentenció y sollozó no correspondido. Ocelos iluminados por el denuedo de la subrepticia pasión, palpitar moldeado al deleite del sabroso contacto fomentado por aquel ignorado adonis, y para redondear, una incorpórea esencia escapando de su óseo receptáculo tras cada resbaladiza mirada compartida. ¿Cómo podía su alma perdurar serena e inanimada cuando lo único que codiciaba era engarzarse a su correspondiente, quitándole tensión al cordón escarlata que simulaba unir sus dispares destinos? ¿Cómo podía él, en realidad, robustecer amistad con la sensatez cuando su subsistencia volvía a henchirse de retozón y floreciente optimismo? No era la primera ocasión que flaqueaba ante los encantos de un bisoño amante — quizás y todo pues las candorosas apariencias se le apetecían tan placenteras como helado tentempié en atardeceres regentados por una obstinada e ígnea estrella. Sin embargo, incluso desconociendo los alcances de ese neonato enamoramiento que adoptaba magnitud a la sombra de sus sonrisas, resultaba pertinente consagrarse principiante si Woojin germinaba en las acromáticas instantáneas que hacían a su enmarañada biografía, bien dispuesto a entintarlas con el espléndido abanico presente en artesanales caleidoscopios. Porque las bocas probadas hasta entonces, después de aquel beso impremeditado donde la eternidad cobró sentido y la soledad jugó a entenderse embelesada, sólo se contemplaban cuales ordinarios experimentos destinados al acopio de destreza. Como un ejercicio inconsciente y reiterado que osó enmascararse de auténtica ternura; una que recién acogía sincera sobre sus dos décadas, cuando el asedado miramiento de su oriental amante le delineaba los contornos, y endeble, su discutible fuerza de voluntad terminaba de rodillas. ¿Qué lo diferenciaba del resto? ¿Qué tenía que eclipsaba a sus prístinas conquistas? Una vez más, se percibía incapaz de obtener respuestas concisas. Pero presumió que en el inconveniente resonaba la solución: lo tenía todo.
Gobernado por el fundamento de la parsimonia, sin antes dedicarse oportunidad de arrancar ese manto de aturdimiento consolidado a su dermis, enjugó el sudor capturado contra los pálidos lienzos y posteriormente, haciendo uso de ineptas facultades, terminó de prender el solitario botón bordado a sus estrechos pantalones. Por un momento, rehusándose a inculparlo, esperó tropezar con el retumbo de su simiente estampándose a la porcelana del sanitario. No obstante, lo único que localizó fue la contenedora caricia de aquellas falanges y un comentario incidental que por su contenido optó tomarse a broma. Carente de repulsiones, correspondió al capricho de los carmines opuestos, y también dándose gusto, los aprisionó como si de una rebanada de pulposa fruta se tratara, probando en dichos las migajas de su viscoso arrebato. “¿Sabes? Si lo de la dieta te deja contento, aún estás a tiempo de ponerte al día” chancero manifestó a la pasada y prontamente imitó el desplazamiento de esas extremidades, embriagándose con la calidez de un transitorio abrazo. “No lo sé. Pero no pienso perderme más de ti” bisbiseó, dedicándole cada penetrante latido como si tales, puestos en combinación, engendraran la balada más romántica. Y en el interludio, insolentes, sus huellas dactilares danzaron al ras de la camiseta impropia, amenazando con acariciar el trayecto de su columna lumbar. “¿Quieres ser hombre y abrir el camino? Porque no miento cuando digo que necesito sentarme un minuto” socorrido por una carcajada, el marchito semblante resplandeció. “De hecho, me dejaste tan molido que… ¿era tu primera—?” los interrogantes escondidos al margen de su boca resonaron como esperado traspié, mas no dio sitio a posibles elucidaciones. “No hagas caso, podemos seguir con las preguntas en casa” renegó portando una nariz fruncida, y acto seguido sustituyó las enigmáticas con un adicto beso. Moderar el anhelo por semejantes labios no estaba en sus planes. “Tú ve llamando a tu hermana que en un segundo te alcanzo, boo” resolvió, y luego de haberle alineado el flequillo con las yemas de los dedos, prolongó su agarre hasta el cerrojo, liberando al pasador de su metálica celda.
Premeditada, la separación no demoró en materializarse, y pese a en el pecho sostener la crepitante necesidad de compañía, se sorprendió demasiado cobarde como para adoptar responsabilidad por sus incivilizados actos. Impidiéndose husmear en busca de testigos encubiertos, cerró la puerta, colocó tapa al accesorio de baño y con la pericia de un masculino en sus setenta ocupó asiento. ¿Podía decir que se arrepentía de tamaña insolencia, de cualquier modo? Supuso que no, y sacándole provecho al descanso, barrió la humedad presente en su piel con paños desechables. La sonrisa asociada a sus carmesíes, no obstante, estaba lejos de creer en supuestos. Recluido, dilató su salida hasta que el silencio pareció almorzar el vigor de la música. E incordiado con imaginarias amenazas, al cabo de unos eternos minutos se armó de valentía y abandonó el cubículo que contenía sus secretos. Jabonó sus manos, adecentó las hebras alborotadas y el par de pulmones se supo de piedra ante la silueta de un tercero. ¿Los había oído? Con dificultad, escurriéndose entre sudorosos cuerpos, a continuación encontró el camino a Woojin. “Creo que nunca podré volver a mirarte como lo hacía.”
“Desde hoy no te suelto, espero que te quede bien claro”, articuló adhiriendo la presión ligera de sus dientes en la mejilla ajena como si quisiese descansar en él sus más profundos sentimientos sin siquiera desligarse de una simple palabra. Creía en el arte de silenciar y actuar por instinto, creía en que ambos se complementaban a tal extremo de comprender lo que el otro necesitaba sin oír sentencias coherentes escapar desde sus gargantas. Se conocían mutuamente sin importar el poco tiempo que residía calmo entre los dos; demasiado pronto o demasiado tarde, tenerlo entre sus brazos significaba admirar el mundo desde otra perspectiva, despojándose del miedo a un rechazo inminente, entrelazando la mano en sus cabellos mientras inhalaba el aroma de su piel perdiéndose en las oscuras pupilas de su amante. Tomó distancia asintiendo ante su petición, pero no sin antes arquear las cejas y admirar el techo con una vergüenza notoria, incrustada en sus expresiones faciales. “Joder, no, esa pregunta no, te lo pido”, señaló esperando que la cerradura quitara la seguridad escondida dentro de ese reducido espacio, “En casa tampoco vamos a hablar sobre esto, no quiero humillarme Bailey”, emblanqueció las esferas en sus cuencas volviendo al largo pasillo concurrido por almas que siquiera identificaban la forma humana frente a ellos. ¿Los habían oído con detención? Tragó pesado analizando los cuerpos masculinos restregándose las extremidades bajo el chorro de agua, otros murmurando a solas y su presencia perseguida por el desastre pasional que abandonaba tras cada paso abrumador que plantaba en el suelo. Sonaba meramente increíble que el joven caminara a sus anchas con una sonrisa surcándole las comisuras de los labios, orgulloso y encendido por la llamara de la música que no cesaba a expensas de los bailarines. Se sentía como un hombre nuevo, como alguien que había descubierto la satisfacción en base a un mundo totalmente opuesto al que solía conocer.
Se instaló cerca de la barra apoyando el antebrazo en la superficie de la misma y tomó la iniciativa de enviarle un rápido mensaje de texto a su hermana mayor. Corto y con los emojis suficientes para no levantar sospechas de que algo ocurría. Perdido y anonadado contra la fuerte oleada de colores impactando de lleno en su mirar no pudo hacer algo menos evidente que recrear lo vivido en su cabeza con detalles que se le escaparían gracias a la creciente ansiedad circundando su pecho como el siniestro en el cual estaba dispuesto a arder en flamas. El roce de su piel y las palabras en su oído se sumergían como un solo cuerpo, habiéndole otorgado el único placer del cual osaría nutrirse en un futuro. Sus párpados cayeron aislándolo de formas que pudiesen desconcentrarlo de la tarea principal; reproducía los jadeos ajenos con el mayor eco profanando sus oídos, se sabía a una adicción que hubo arrancado su fuerza de voluntad desde la raíz. ¿Cómo era posible que aquel individuo tuviese las herramientas necesarias para hacerlo sucumbir de esa forma tan violenta? Lo tenía a sus pies, comiendo de su mano, y Woojin solo sacudía más el pie sobre el armazón bajo sus zapatos a causa de la desesperación por estar esperando que hiciese aparición en la escena como era debido. Perdido en el ensueño el alma le volvió al pecho una vez esa gravedad retumbó en su abdomen bajo. “¡Qué dices!”, exclamó pestañeando para enredar sus dedos en los suyos, “¿Y cómo lo hacías antes? No seas tan exagerado, no creo haber sido el primero que intenta esa maniobra, debes tener a alguien con quien compararme”, bromeó sujetándose de la vestimenta del castaño con la seguridad desgarrándolo desde sus dedos. “Yuming ya viene, tengo que fingir que no quiero que me hagas pedazos la próxima vez, tú dime cómo hago eso porque no puedo pensar con claridad teniéndote tan cerca”, palabras obscenas se descarriaron sin aplicar alarma con anterioridad; absueltas sobre los labios contrarios con el murmullo casi como un roce imperceptible. El tierno y delicado beso contrastado con sus sucios pensamientos se escurrió cuando chocaba los dientes en los blanquecinos que le hacían entrega de sustento. El aparato vibró en su bolsillo y se separó de su fruto prohibido al instante. “Vamos, y nada de bromas dentro del auto”, sugirió elevando el índice, poniéndose en marcha para seguir el mismo trazo que los condujo a esa ciudad del pecado. El automóvil aparcado con la ventanilla abajo y una muchacha distante pendiendo un cigarrillo por entre sus dedos. Notó que su hermana no tenía intención de joderles el panorama, que incluso estaba metida en su mierda como todos los días. Woojin quería adrenalina, más adrenalina surcando sus venas, fue así como optó por no ocupar el asiento del copiloto e ir atrás junto a Bailey, necesitaba ese frenesí de tenerlo a unos centímetros pero estar vetado de ponerle un dedo encima. « ¿Y, qué tal les fue? ». Relamió sus labios y desvió la mirada a su acompañante. “Bien, aunque…bastante ruido y desesperante para mí”, escupió con la doble intención a flor de piel.
Domesticado por una conquistadora e inaudita abulia, el de turmalinos iris contestó los interrogantes impropios con un silencioso tributo y un atisbo cansino; enseñando, sin caer en la cuenta, el lastimoso estado de sus pensamientos — esos encadenados al capricho de los que supieron persistir en retaguardia hasta que la oriental apareció con su mediocre carátula de libertadora, estropeando el compacto armazón que manufacturó previo a hacerle rostro a un cosmos tan despiadado como él. ¿Dónde guardaba, entonces, el discurso autoritario y el rechazo que le hubo prometido desde aquella violenta despedida? Ignorante, no pudiendo colonizar las respuestas ambicionadas debido al vértigo, decidió separarse de cualquier misericordioso vistazo que su oponente amagara con suministrarle. Y seguidamente, saboreando el fracaso en los rincones de su detonadora boca, se pintó el antebrazo con la bermeja tinta que manaba del labio partido y que permanecería brotando de él no cesar con las lambidas de maltrecho cachorro. “¿Qué te importa?” censuró cuando pudo sostenerle la mirada, ostentándose inalterable. Las ondas de dolor repercutían en sus extenuados huesos, sin embargo, demasiado había columbrado la desconocida como para proseguir obsequiándole gestos desorientados. O frescas muestras de debilidad. “No pienso ir al hospital por un rasguño de mierda o porque tú—” sus protestas resquemaban en cada nervio, pero no fueron los achaques quienes le impidieron dar clausura al razonamiento. Por el contrario, la ingrata conspiradora volvía a declararse protagonista, y propietario de curiosidad enfermiza, independizó el rectángulo de madera y se dispuso a seguirla como no probó la última ocasión. “¿Por qué diablos quieres que te espere? Vete a dormir” demandó, descompuesto con la mera idea de, nuevamente, compartir un mismo techo. ¿Qué tan poco respeto se tenía aquella disputable adulta como para correr a limpiar sus heridas? ¿Qué tan poco se quería él, asimismo, como para permitirle entrar en sus aposentos cuando su huidizo paso lo había dejado quebrado y aún no alcanzaba a recomponerse? Acariciándose los nudillos accidentados, terminó de escurrirse dentro del caótico apartamento. Lamentablemente, era la segunda oportunidad que no podía cerrar el portón contra la endemoniada cara y la undécima que no discernía el por qué tras sus actos.
Dueño de deteriorada estabilidad, atragantándose con la terebrante molestia que parecía ensamblar sus vértebras, después de colocar el pasador ilustró un compuesto de pasos hasta la pequeña cocina. Dudaba que los daños fueran más serios que un semblante amoratado o unos costados adoloridos, y por esa causa no accedió a que el discurso adverso fomentara su latente paranoia. “E igual haces ambas. Curioso” evidenció, contemplando los femeniles movimientos con un ceño arrugado. Olía a tonta por no comprender que las malas hierbas tardaban en extinguirse. “Mira— no sé en qué mundo vives tú, pero en el mío no puedes ir a llorarle a la policía cuando te buscas problemas” rotundas, dichas palabras brotaron antes de que lograra capturarlas, y el recuerdo de sus padres lo atacó en el estómago, afanándose por sonsacar un sentimentalismo escondido. La máscara ansiaba desprenderse a todo pulmón. “Especialmente si tu curro pende de un hilo” añadió, cansado del jerarca abusador que embolsaba a costas de su trasero. Huérfano de prudencia, abrió uno de los estantes superiores y recogió una cristalina botella a medio beber. Desconocía cuáles eran los futuros planes de la colindante inquilina, mas comprendía que los propios se resumían en envenenar el hígado. “¿Qué buscas con todo esto?” sembró. “No te entiendo. Aunque bien, si voy a tener que tolerar tu culo, primero deja que el alcohol haga efecto” absteniéndose de darle lucha a quien lucía empecinada, dejó que el diáfano líquido corriera por su garganta, y con los dientes apretados se lanzó sobre el sofá. El fuego de la tortura ardía en cada esquina de su fisonomía y las gotas en su camisa no hacían justicia al padecimiento.
Comenzaba a cuestionarse si aquella relación se había transformado en una repudiable rutina o si realmente sus pupilas apreciaban todo lo contrario. Durante veinticuatro años la ausencia de un tercero en su vida simplemente se concluía como un detalle irrelevante en el proceder de sus actividades, mas no deseaba ahondar en el sentimiento con el panorama girando drásticamente en trescientos sesenta grados. Dos o tres días sin conocer su paradero para recaer en sus aposentos como la mojigata arrastrada que colgaba de sus hombros incluso estando maltratada por sucias palabras derivadas de los labios contrarios. Su hostilidad se sabía a dulzura a esas alturas, comprendía que no obtendría la suavidad a la cual el ser humano estaba acostumbrado cuando ansiaba una pizca de consideración; estaba bien, no insistiría en una amabilidad fantasma, después de todo ponía hincapié en preocuparse por él sin esperar reciprocidad. Miha no sería capaz de curar sus heridas si por alguna inexplicable razón Young hacía aparición en el umbral con los huesos rotos y el carmesí tornasolando sus pieles. Miha no era el tipo de sujeto que hacía sentir a una mujer especial, y probablemente no se obligaría a volar cerca del sol de no ser necesario. Permaneció en silencio quitando cualquier impureza de sus manos con el alcohol escociéndole las uñas. La hipótesis de imaginar que su vecino invertía sus sesiones nocturnas en algo más que limpiar mesas derramadas con licor barato acababa de tomar forma y confirmarse en las oberturas de sus oídos. Sin embargo hizo caso omiso, puesto que no planeaba interrogarlo con preguntas fuera de serie cuando el agravado necesitaba atención médica. De inmediato frunció el ceño ante tamaña pregunta, ¿Qué buscaba? ¿Acaso tenía que tomarse los segundos necesarios para responder un misterio de su vida? Dio media vuelta escurriéndose por un pequeño espacio antes de dirigirse al sofá, sosteniendo sus materiales prácticos y juzgando la botella de licor con la mirada.
“Busco evitarte un mal rato”, masculló entre dientes derramando la lidocaína en un trozo de gasa blanca, “No chilles, te lo pido, tampoco me golpees”, añadió inclinándose con las rodillas en el piso y el torso hacia adelante en su dirección, rozando el apósito en el contorno de la herida. Seriamente y sin quitarse los lentes ópticos quitó cualquier tejido muerto o contaminado de su rostro, siendo delicada ante todo pronóstico. “No creo que se infecte, pero no se puede quedar abierta”, añadió irrigando a presión con la solución salina que se hallaba a unos metros de su brazo izquierdo, sobre el piso. “Esto es lo más anti-higiénico que alguien puede hacer en estos casos, ni siquiera tengo guantes”, pausó, “Pero tampoco creo que te importe demasiado”, reconoció abandonando los desechos en una bolsa para luego tomar una aguja con las pequeñas tijeras metálicas. Apenas pudo observarle la expresión, en ese instante le importaba un bledo si le lanzaba la usual mirada fulminante, enhebrar ese jodido hilo le estaba costando un poco de trabajo. “Voy a tener que sentarme aquí y vas a tener que apoyar tu cabeza en mis piernas en lo que termino de suturar eso”. No estaba tan a gusto teniendo en mente que Miha podría quejarse como un adolescente en plena pubertad, pero no estaba a su caso, era seguir sus órdenes o dejar que su pedazo de carne se pudriera con los días. “Ya, hazme el espacio”, sacudió la mano botando el hilo que ya a esas alturas permanecía contaminado por el tiempo de espera. Casi de pie tomó asiento en el extremo derecho y jaló del brazo impropio con suavidad, acomodándole el cuello sobre sus muslos. Con los dedos diestros peinó las juguetonas hebras azabaches que osaban alterar su trabajo antes de iniciar. “Y cuéntame algo, no quiero que estés pendiente de lo que pasa ahí arriba”, se armó de valor tomando el sujeta-agujas mientras la mano libre presionaba los bordes aledaños al corte horizontal. La punta del artefacto metálico se introdujo en su dermis pasando hacia el otro extremo, de vuelta y yendo nuevamente. Tres, tres pasadas por cada punto.
“Libre”, ese era el adjetivo que mejor lo describía y el que regía su vida, “caprichoso” seguramente posicionado en el segundo puesto. Había nacido en una cuna de oro, rodeado de comodidades y lujos. Creció habituado a la blandeza de sus padres, a salirse siempre con la suya: una sonrisa, un mimo, cualquier cosa —pequeña o grande— funcionaba para conseguir lo que quería. Por eso no fue sorpresa alguna que en algún momento de su adolescencia —quizá prematura— anunciara que no tenía intención alguna de jugar el papel del perfecto heredero que siempre le habían reservado. No estaba habituado a dejarse consumir por remordimientos o secretos oscuros, él era simplemente él, demasiado franco para el gusto ajeno. Después de todo, las altas esferas siempre han sido así: egos y reputaciones tan gordas como los fajos de billetes desperdiciados en mantener un estilo de vida —y una fachada— de perfección. Un juego de poder que nunca captó su atención salvo por los jugadores. Aquellos que se creían los ganadores, eran sin lugar a dudas, usualmente los perdedores: pobres diablos esclavos del capricho de una frágil y falsa sensación de poderío. Curioso, porque eran esos jugadores quienes en ocasiones, entre las sombras, se acercaban buscando un poco de su libertad.
Hyunwoo hubiera pasado su vida en libre comodidad, burlándose en el rostro de aquellos hombres esclavizados de sus propios y oscuros pecados, de no ser porque lo tuvo la (des)dicha de conocerlo. Él. Plegó sus alas y se ató voluntariamente a uno de aquellos pecadores, encaprichado, enamorado, creyó que podría salirse con la suya. Pero al final, los besos y las caricias no importaron nada, cuando su captor decidió que en lugar de un escape, era una vía más rápida a su condena. Él, su mayor capricho, su primer y mayor decepción, se quedó como un amargo capítulo de la quincena de sus años. Suficiente para que se aferrara aún más a su preciada libertad, prometiéndose a sí mismo no repetir nunca más ese error atribuido a la estupidez de la inmadurez.
Siete años después, leal a su palabra, había logrado satisfactoriamente adueñarse de un vasto círculo social. Las disputas por el poder seguían sin interesarle, pero las farsas y los desfiles para pavonearse frente a los otros adinerados tanto como a los falsos que se esforzaban demasiado por encajar, esas disputas sociales seguían siendo sus favoritas. Por eso era habitual verlo rondar en casi todas las fiestas, de presencia requerida, no hacía más que complacer y regocijarse entre juegos que fingía inocentes: Ese era su campo de batalla, lleno de supuestas hombrías que disfrutaba ver fragmentándose bajo sus manos.
La noche pintaba como cualquier otra, aunque algo lenta para su gusto. A esas alturas, en lugar de estar bebiendo con pereza de su copa de champagne, debería encontrarse en alguna de las habitaciones contiguas olvidándose de su nombre cual adolescente hormonal con otro sujeto. Pero la vida tenía un terrible sentido del humor, lanzándole un hombre, pero no otro desconocido más ❝ Oh no, está bie… ❞ soltó con prontitud y educación, aún con la copa levantada, lejos de su indumentaria, arrepintiéndose en el acto de haberse girado para encarar a la persona. El gesto de sorpresa no duró más de una fracción de segundo sobre su rostro, intercambiándose con una mueca de disgusto ante el “saludo” tan cortante ❝ ¿Qué haces tú aquí? ❞ bufó con pesadez, sin ocultar su disgusto, resultándole más sencillo fingir molestia que prestarle atención a su ritmo cardíaco, súbitamente disparado por la presencia contraria ❝ Luego de qué… ¿cinco?, ¿seis años? Tienes que aparecer a arruinar una fiesta, perfecto, sólo tú serías capaz de semejante proeza Seunghoon ❞
Mentiría si dijese que no había fantaseado con las circunstancias de este sorpresivo momento. Mentiría aún más si negara la frenética necesidad de haber meditado al menos durante un maldito desvelo el tomar su teléfono y buscar la manera de contactarlo como fuese. Sin embargo estaba enfrentándolo como el desgraciado que vestía de prendas costosas y saboreaba sus labios mientras el ardor del licor apaciguaba la ansiedad recorriendo su torrente sanguíneo. Juntó saliva antes de permitir su paso por su garganta, ardiéndole la carne como un río de vidrio molido en polvo; aun trazando heridas en su fuero interno. Se aferró a la coraza de hierro que había construido durante tantos años de ausencia en el medio, consentía a su viejo recuerdo de antaño, cuando aún se etiquetaba como un adolescente hormonal, demasiado inmaduro para analizar las consecuencias de sus actos. Este hubiese gritado en éxtasis al conocer una premonición de tal calibre; altura suficiente para haberlo dejado atrás unos centímetros, una estructura que no recordaba durante el apogeo de sus quince años, el mismo rostro pero capturando el ventajoso paso de los años, al igual que el suyo. El atractivo y el encanto eran dos elementos innegables, y por esa casualidad de la vida necesitaba darle otro sorbo a su copa antes de perder los estribos. Elevó el entrecejo imitando la ofensa enmarcada en sus pómulos a medio liberar una sonrisa burlesca, ¿Qué había sido esa pregunta? Aclaró su garganta con el puño concentrado en el borde de su labio inferior y se limitó a responder con la pesadez oscilando de su lengua. “Disculpa, ¿No tengo el dinero suficiente para estar en este lugar o…?”, sacudió la mano libre atrayendo el resto de sus palabras a la rencorosa conversación, “¿…o es que te causa a ti demasiada impresión verme nuevamente?”, desprendió osado a recuperar la seguridad que se adhería en sus huesos antes de tropezar con la misma piedra.
No recayó en el detalle de sus agregados sino hasta que su oído puso atención en la cantidad de años que hubo nombrado el susodicho. ¿Lo recordaba, lo tenía presente? Podría abandonar la arrogancia como el adulto que era y simplemente despedirse cortésmente, pero no, Seunghoon adoraba una plática envenenada y despolvada de tiempos remotos, cuando el corazón sangraba incesablemente. “¡Ah! ¿Por casualidad no contaste las horas y los minutos también Hyunwoo?”, se precipitó a escupirle entretanto descansaba la diestra entre las aberturas de su chaqueta a la altura del pecho, “Todo el mundo parece divertirse, ¿No ves las sonrisas? Mi presencia no arruina nada más que tu velada y ese ya deja de ser mi problema, creo que tienes que controlar sus sentimientos e impulsos en vez de proyectarlos en los demás, y si eso te preocupa mi trasero no se moverá a otro sitio que no sea este”, sentenció vaciando lo último que quedaba del cristal. La súbita figura femenina ya no acaparaba los recovecos de su mente, estaba jodido incluso antes de tiempo. Presionó su mandíbula obligándose a mantener la compostura y lanzar la defensiva contra su contrincante de tal manera que cualquier vieja fechoría quedase plasmada como un error, un fatídico error. “Pero dejando a un lado la pesadez, ¡Mira quién se convirtió en un hombre! ¿Qué fue eso? Oh, mi instinto me dice que hallaste a una chica, te diste cuenta que el problema estuvo en seguir la jodida moda de los niños confundidos en la secundaria”. Alzó una de sus cejas cruzando la línea que instalaba una señal apenas visible de paz entre ambos. Seis años sin ver siquiera una fotografía de su sonrisa y anhelaba comportarse como un individuo repulsivo. Sentía la masculinidad frágil, resbalándole entre las falanges como agua escurriéndole. Era un cobarde de primera categoría, tratando de reiterarse que esos actos no constituían parte de su enseñanza, tratando de borrar las facciones contrarias de su anhelo. Eran letales; su voz era mortífera, nada de lo que se había llevado consigo en la adolescencia perpetuaba intacto.
。・゚゚ ☆ @lastnightinkauai·
Cuando abrió los ojos en un sitio vagamente familiar, y una creciente incomodidad en la parte trasera de su cabeza, se terminó de convencer a sí mismo de que su vida debía ser una especie de sitcom mala. La suave luz que se filtraba por la tela de las largas cortinas de aquella habitación —que reconoció como una sala— facilitaban un poco la tarea de adivinar la hora, quizás cerca del medio día, si se sentía optimista. Cerró los ojos casi al instante, frotándose los parpados de forma violenta en un intento por espabilar más pronto. Por suerte, no tardó demasiado en que los eventos de la noche pasada acudieran a su cabeza y terminara por asimilar perfectamente la situación en la que estaba metido.
Se incorporó con lentitud, sentándose en el frío suelo que había fungido como su cama, saliendo detrás del mueble que había servido como su refugio para que el dueño —o dueña— del apartamento no reparase en su presencia. Tratando de no moverse demasiado, escaneó la habitación desde su escondite: Efectivamente, se encontraba en una lujosa sala de estar. Y en apariencia, era el único bastardo que había quedado olvidado tras la fiesta… una situación tan típicamente suya. Digno de una pésima sitcom, se encontraba en el departamento donde había ocurrido la mejor fiesta del año, atrapado, hambriento, con un poco de resaca y un anfitrión desconocido; pues únicamente había aceptado ser arrastrado a la dichosa fiesta bajo la excusa de comida y bebida gratis ¿Y qué estudiante universitario que se hace respetar declina una oferta como esa? El problema era, que no se había tratado de una de esas habituales fiestas entre colegas, en el mismo campus, donde con facilidad podría escabullirse sin problema alguno. Recordaba el gusto del alcohol no tan barato en su paladar, un beso robado con una figura borrosa, utilizar su móvil para enviar todo por snapchat y su firme resolución ya avanzada la noche de encontrar un sitio para dormir. Humedeció los labios, contemplativo, ¡qué difícil era pensar en algo con el estómago vacío!
Bostezando, resolvió que lo mejor en su situación era limpiar un poco en lo que el dueño aparecía. Después de todo, su madre lo había educado bien y era una especie de grosería dejar un apartamento de apariencia tan costosa hecho un lío de vasos, latas y botellas. Tal vez, se animó el joven a pensar, su buena acción como hada silenciosa de la limpieza ayudaría a aminorar su condición de “intruso” —por casualidad, lo juraba—. Con un móvil sin batería y escaso conocimiento de su localización actual, ¿realmente había algo mejor que hacer?
Tarareando una tonada de forma ausente, prosiguió con su labor en relativa calma; más cuando se disponía a deshacerse de las últimas latas que cargaba entre sus brazos, una presencia masculina en el pasillo principal ❝ ¡AH, MIERDA! ❞ gritó sobresaltado, dejando caer en un violento estruendo las latas de sus brazos. Apenas y les lanzó una mirada, regresándola a la figura del otro hombre —presumiblemente el dueño del apartamento— que seguía allí, sólo observando su desastre ❝ N-No es lo que parece… bueno, sí, QUIERO DECIR… no soy un ladrón ¿vale? Porque qué ladrón robaría latas, ¿no? Tal vez sí existan pero ese no es el caso, yo me quedé dormido en la fiesta y mis amigos me olvidaron, juro que no soy un acosador o algo así ❞ farfulló, gesticulando vagamente con sus largos brazos, reparando en la parcial desnudez del otro hombre ❝ …Oh, perdona, ¿interrumpí tu mañana de suerte? ❞
Afortunadamente su madre no estaba informada de cada movimiento que el mediano de los hermanos ponía a prueba mientras se hallaba a kilómetros de distancia, por esa inmunda razón se otorgaba el lujo de proponer una fiesta cada dos semanas, quizás una vez al mes para no permitir que el resto olvidase quién era el mejor anfitrión en el elegante perímetro que rondaba su figura a diario. Joder, no tenía un registro de los invitados oficiales, pero ese maldito pent-house yacía atestado de almas que con las cuales no tuvo oportunidad de cruzar una sola palabra. Alimento de sobra para los buitres que no toleraran el trago amargo de una ronda; botellas en el bar trasero y el volumen de la música trajinando oídos sin recibir quejas aledañas a su piso. Yuming y Woojin contaban con su propio tiempo de esparcimiento quién sabe dónde. Fue entonces que optó por relajarse, servirse un trago aleatorio sin poner tanto ojo en lo que hacían los demás; era un desgraciado, no tenía consciencia sobre el esfuerzo que recaía en todo objeto electrónico bajo sus dominios. Los desconocidos se aspiraban una línea en el baño y Zhen continuaba perfilando un espacio en el largo sofá que utilizaban dos muchachas bastante atractivas. ¿Cuándo fue que la superficialidad lo carcomió hasta los órganos? La mirada perdida en el horizonte, el vacío percudiendo su esternón y la ridiculez que comprendía filosofar al día siguiente. Nadie estaba ahí porque realmente necesitase de él, de sus conversaciones, su silencio u algo que no comprendiera dinero de por medio. A pesar de la soledad admitía su error en todo el asunto, quizás, si no fuese tan selectivo y egocéntrico en ciertos aspectos habría curado la herida abierta.
De la noche anterior no recordaba nada. Sus pupilas envueltas en la confusión matutina descifraron el camino que conducía a la puerta de su habitación. Solo, con el torso envuelto entre sábanas pero sin rastro de haber sobrevivido a una sesión pasional que, en otras circunstancias, perpetuaría en su mente. Restregó su rostro con ambas manos, arrastrándose hasta el baño con el peso de sus huesos acarreando la deshidratación que amenazaba con llevarlo a la muerte. Lucía como un estropajo utilizado una y otra vez. “¿Dónde…?”, cuestionó entre dientes revolviendo la compuerta superior mientras lanzaba objetos al suelo sin percatarse del desastre, “¿Y los analgésicos, las aspirinas?”, continuó sosteniendo su puente nasal con el pulgar y el índice. Bajó la escalera enredándose en sus piernas sin detenerse a imaginar que algún pobre diablo rondaba por los pasillos; semi desnudo, protegido por la holgada elasticidad de su ropa interior, sin añadir el nefasto detalle de sus azabaches hebras desordenadas. No era su día. Largó un amplio bostezo que hubiese traído esperanza de no haber pegado un salto al visualizar un cuerpo masculino de gran altura con las explicaciones deshaciéndose entre sus labios. “Eh, cálmate, considerando que anoche habían como doscientas personas en mi casa lo menos que puedo imaginar es que seas un ladrón, ladrón de latas”, agregó desprendiendo una ligera sonrisa cansina enfatizando las tres últimas palabras, “¿…de suerte? ¿A qué te refieres con…?”, frunció el ceño pestañeando con lentitud, recordando que estaba presentando su indecencia frente a él. “Ah, no, no hubo noche ni mañana de suerte, creo que estaba tan ebrio que me saqué la ropa y me lancé en la cama, ¿Y a ti, cómo te fue? ¿Tuviste la regalía de usar algún espacio en este lugar para ligar con alguien?”, cuestionó abriéndose paso por el corredor hacia la cocina, “Soy Zhen”.
No se caracterizaba por ser un sujeto filosófico, es más, la mera idea de analizar el curso de la vida desperdiciando la mirada en el horizonte le resultaba una tarea tediosa, pero era suficientemente desagradable durante el periodo matutino para estar consciente de que acabar con su vida sonaba sabroso una vez la alarma del despertador sonaba incesablemente bajo su almohada. Bajaba el pie izquierdo porque era un desgraciado que de ese modo adquiría una excusa barata si algún tercero osaba en advertirle que era lo más similar a un agudo dolor en el trasero; ¿Su compañero de apartamento quizás? Probablemente a esas alturas aprendía a arrastrar su modus operandis; labios sellados, inexistentes palabras y un golpe tras su espalda que lo distanciaba de sus dependencias con la cruda realidad. No se hacía responsable del veneno que surgiese entre sus labios, pero jamás sería él aquel precursor de un saludo mañanero. Las sentencias salían espontáneas frente a una pantalla digital y más tarde, cuando la llave encajara en la cerradura, sería capaz de enfrentarlo con una sonrisa sincera. Pero aquel día los profundos decibeles de la melodía profanando sus oídos silenciaban la orquesta de jadeos que provenía de su preciado sillón, ese que le servía de compañero en sus siestas previas a la miserable merienda. “¡Eh, llegué ante…!”, la coherencia hubo arrancado de su fuero interno cuando dio con el chocante panorama. Vale, lo conocía hace unos meses, no intercambiaban secretos que valiesen una fortuna pero, ¿No era el perezoso algo detallista para haber pasado algo como eso por alto? Relamió sus labios quitándole el auricular derecho, analizando los dos torsos desnudos que persistían quietos. “Ah — mierda, y-yo — yo, ya vengo, tengo que ir a buscar unos planos a… — qué importa”, vomitó pestañeando fugazmente como quien no desea ver más allá. El mismo sonido, pero ahora sacudiéndose el sudor del rostro mientras bajaba la escalera.
¿Era homosexual, bisexual? ¿Estaba experimentando? ¿Qué diablos? Frunció el ceño sacudiéndose el colorido cabello que cubría parte de sus ojos con los dedos. Honestamente le importaba un bledo si lo pensaba detenidamente, pero no podía, un sentimiento arrebatado le golpeaba el cráneo desde la cúspide. Necesitaba hacer un par de preguntas luciendo la misma expresión neutral. ¿Cómo proceder sin ser descubierto en el apogeo de su curiosidad? Invirtió unas horas en patear piedras a unas cuadras interesantes no deseando desbloquear su teléfono celular; bueno, no es como si le debiese explicaciones. La poca vergüenza lo consumió queriendo asumir que ya el otro susodicho se había puesto los pantalones en el acto, no le habría tomado más de treinta minutos tener una pizca de decencia. Fue entonces que hizo aparición nuevamente en una escena más pacífica y con el ruido de los vehículos en vez del latente gemido que se esmeraba en ignorar. “Mira no tenía idea que ibas a estar ocupado”, inició gesticulando con las manos, “Un emoji hubiese bastado para mantenerme fuera”, pausó dejando vacilar los segundos antes de preguntar con la osadía de un bastardo. “Entonces…”prosiguió tensando los labios con sus nudillos postrados en la cintura, “¿No sabía que te gustaba por…?”, dejó la oración inconclusa señalándose las asentaderas con el cuello y la mirada. ( @mansaae )
heize in unpretty rapstar2 ep.4
Friendly reminder que sigo en hiatus hasta que termine el semestre y me den la miserable semana de vacaciones que me deben, ahí volveré a ser activa y luego volveré al hiatus cuando entre al segundo semestre, LMAO pido disculpas.
Me encanta que se estresen porque usamos face claims asiáticos, ojalá sigan estresándose y sintiendo un ají en el culo. Sinceramente ya no me queda tolerancia en el cuerpo luego de estar viendo a gente quejarse por todo aquí durante cuatro años. DROPS MIC, no volveré a sacar este tema a la palestra.
Rebuscadas e inabordables, embarcándose en una maniobra estañada a sus calamitosos lunes, las palabras otearon el presente desde una insurrecta y bucal desembocadura. Conocía la sapidez de ese dialecto manipulado incluso en las inescrutables comisuras del anchuroso planisferio. Después de todo, descontento recordaba haber degustado minúsculas rebanadas de exóticas culturas durante sus épocas como sobresaliente alumno. Pero las herramientas apropiadas en sus primeros albores, interpretó cuando el solitario letargo de sus zancadas debió abrirse camino por un aeropuerto repleto de rostros desconocidos y abrumadores hablares, no representaban socorro. Los cordiales saludos y la situación climática nada aportaban al momento de inscribir su firma en importantes contratos, ni mucho menos cuando de estipular transacciones monetarias se trataba. ¿Cuál era la diferencia entre cien dólares y mil? Las letras que componían a cada término se decían bastante distintas, y sin embargo, en su sesera continuaban percibiéndose siamesas. Crédulo y desmañado, desde el minuto cero encarnaba al arquetipo de hombre embaucable. Lastimosamente, desnudarse de las costumbres apuntaladas a sus enclenques huesos y comportarse como un americano escéptico promedio, más que cualquier composición coreográfica o dificultosa postura, olía a meta inalcanzable. Y sin el amparo de una traductora que parecía disconforme con sus irrisorios avances, entonces se veía en la obligación de recurrir a la que imploraba fuera un alma condescendiente. Desperdiciar madrugadas tras terrosos ejemplares impresos, aparentemente, no evidenciaba genuina obstinación y auténtica apetencia por encajar en una sociedad bastante prejuiciosa. “Oh — de acuerdo, está bien. Lo siento” empequeñecido murmuró, y acelerado, el combinado de papeles pendiendo entre enjutos dedos terminó por escurrirse dentro del bolso que, no sabiendo si cerrar o emancipar de su contenido, abrazó contra el palpitante pecho. “Gracias” adicionó abusando de la misma tonalidad, haciendo referencia a una aclaración no solicitada. Juraba que el muchacho oponiéndolo podía inspirar el denso nerviosismo que su cuerpo emanaba aún cubierto por opacos tejidos.
Las gratitudes, empero, osaron limpiarse de sus carmines cuando le fue ilustrado que el comienzo de las lecciones se estudiaba poco factible, y la comezón de la impaciencia buscó descansar por encima de sus pronunciados pómulos. ¿Qué debía sumar a esa arbitraria sentencia? Quizás nada, pues justo como la incuestionable malinterpretación, los indicios del desengaño yacían adheridos al extinto resplandor de su mirada. Cohibido, unió los dientes metálicos de su mochila, y mientras el transitar de las declaraciones impropias evocaba todo menos piedad, se preparó para seguir pordioseándole esclarecimientos a una vecina entrada en sus seis decenas. A fin de cuentas, en el rostro herido y surcado por la experiencia no vislumbraba rastros de fastidio. “Creo— Entendí. Sólo, si pudieras…” recuperó la cordura en el tiempo que el estudiante le brindó misericordia, y con cautela, estacionó los codos sobre la compacta estructura que delineaba separación entre sus siluetas. La elocuencia de ese espontáneo en una enrevesada lengua lo atacaba con el brío de un maremoto. “Uhm, ¿articular? Sí, e ir un poco más lento… eso, yo… te lo agradecería mucho” melindroso acentuó, dibujando lo que no podía expresar con el desembarazo de unas falanges artistas. Mirándolo, asimismo, con el recelo de un infante avergonzado. “E–entiendo las palabras si las veo escritas, sólo… es que me toma unos segundos escucharlas y procesarlas” no habían requerido su explanación, mas no demoró en obsequiarla; aún cuando poner en manifiesto la aspereza de su entonación era de lo que menos le agradaba. “¿Quieres — uh, comenzar? ¿O lo de las preguntas tampoco?” contempló los archivos reposando contra la mesa, depositando su atención como si a cambio obtuviera excepcional seguridad. Una que jamás infectó sus venas ni brindó espacio a simpáticas sonrisas. “¿…tampoco es para hoy?” corrigió, pellizcándose el labio inferior.
Actuaba como el ansioso campestre que residía entre sus costillas. La mera idea de ser partícipe del avance de un tercero en el conocimiento de un idioma le conmocionaba por sentirse útil y fuera de una burbuja rutinaria que hallaba entre sus moldes la monotonía. Sabía de antemano que el intercambio de palabras sería complicado entre un nativo y un extranjero, sobre todo cuando Eric gustaba de entablar conversaciones cuando su estado de ánimo le permitía soltar más espontaneidad que en otras ocasiones, rodeándose de sus compañeros o presencias desconocidas que para él presentaban un obstáculo en los cimientos de su lado introvertido. Lo observó nervioso, probablemente era incómodo doblar las esquinas y confrontar a transeúntes poco amigables con quien no utilizaba el inglés como primer instrumento de comunicación; podía conectarse en un sentido con Akira, cuando Eric hubo invadido las calles de la mismísima urbanización le había parecido como la boca de un lobo. Los callejones, los nombres de avenida a avenida, el transporte, la tecnología y otros agregados que acabaron por brindarle una extendida jaqueca. No era bienvenido en la selva de cemento y tardó dos años en acostumbrarse, porque los rascacielos jamás se adaptaban a ti. Elevó el entrecejo oyendo la petición de su estudiante, entreabriendo los labios de inmediato para reprenderse a viva voz y mentalmente. “Discúlpame, estoy algo nervioso”, confesó presionando sus áridos rosáceos con la punta de la lengua entremedio, “Iré más lento, lo prometo, ha sido mi culpa”, reiteró sacudiendo la diestra levemente empuñada en el aire.
Se deshizo en una sonrisa inclinando su espalda hacia él, obteniendo una mejor panorámica del muchacho, quien evidenciaba su falta de vocabulario y la ardua tarea que representaba unir coherentemente un concepto con otro; a pesar de ello Eric tenía la capacidad de ponerse en el lugar del otro y con toda su atención puesta en su aprendiz asintió condescendiente y dispuso el peso de un lápiz entre sus dedos. “Tranquilo, las preguntas son para hoy, no quería que te estresaras desde el inicio”, recalcó aclarando su garganta mientras echaba una mirada a la selección enumerada de su curiosidad. “Entonces…quiero saber sobre —— sobre tu vida, tu vida desde que llegaste a Estados Unidos, ¿Sí?”, introdujo esbozando una ligera curvatura que emanaba nada menos que confianza. Confianza, era necesario que el joven no tuviese temor en consultar, equivocarse y comprender sus errores, después de todo Eric no era un profesor titulado, tampoco una amenaza. “¿Hace cuánto que vives aquí? ¿Tenías en donde quedarte o tuviste que buscar alojamiento a solas? — Uh…¿Tenías alguna asignatura de inglés cuando estabas en Japón o aprendiste lo que sabes por tu cuenta? — ¿Te ha costado orientarte en las calles o sueles preguntar a la gente que va caminando?”, indicó rodeando la parte trasera de sus incisivos durante un minuto, “Puedes ir contándome como puedas, si no tienes las palabras necesarias hazlo como te parezca más fácil, créeme que voy a entender todo lo que quieras decirme”, reafirmó recostando su espalda en la silla, “Pero antes deberíamos tomar algo”, señaló realizando un ademán en dirección a la camarera. Dejó que la muchacha se acercara lo suficiente hasta la mesa esquina y parpadeó entrelazando ambas manos sobre la superficie, “Ah Mindy — lo de siempre, la malteada de oreo con frambuesa y uh…podrían ser unos pretzels de azúcar y canela”, zanjó moviendo el índice en dirección a su pequeña libreta de notas, “¿Tú quieres algo o te pido lo mismo?”, indagó buscando la mirada del asiático con el brillo palpitante en sus pupilas. No sabía si estaba invadiendo demasiado su espacio personal con las pequeñas muestras de amabilidad, esperaba que no se ahuyentara demasiado.
Privado de una vida social impregnada en lujos y tentaciones hubo forjado el camino que su padre tenía planeado mucho antes de su llegada al mundo. Caprichoso y único heredero, el dominante macho alfa que un empresario había creado en base a mano dura y abuso de poder logró emanciparse rozando la mayoría de edad con el propósito de desaparecer del radar e invertir el preciado tiempo en algo más útil que los grotescos eventos con sabor a riqueza y competitividad. Se atribuía a sí mismo una vida exenta de necesidad, derrochando egocentrismo y seguridad en cada uno de sus movimientos, pero, ¿A qué costo? No sería primera vez que limpiara los vestigios de sangre en sus manos cuando el sigilo se hallaba distanciado de sus procedimientos. El remordimiento se fue desvaneciendo tal cual las viejas memorias de un pasado que, a pesar de negarlo a ojos cerrados, yacía próximo ardiendo en cada célula de su cuerpo. Guardaba secretos de su progenitor, les daba cobija en un recoveco de su alma porque era demasiado débil para dejarlos ir en la incesante pérdida de inmadurez que se había propuesto como claro objetivo. No tenía culpa de vivir el calvario entre las sombras, la única fortuna en sus andares era la reverberante luz y las palabras de su madre, quien por instinto de protección aún no le permitía adentrarse profundamente a esa red mafiosa de las condenadas siete estrellas. Sin embargo tenía la tinta anexada a su pecho con el pesar de sus huesos; se rasgaba la sentencia a diario, cada vez que se posicionaba frente a su reflejo con la verdad traspasándole el torso. Para el millonario corrupto Seunghoon era el descendiente perfecto. Disciplinado, con la hombría por delante, determinado, arriesgado, leal e inteligente.
¿Qué pasaría si de pronto un día decide explotar con la honestidad reemplazando una potente dinamita? No fue capaz de hacer brotar el amorío con otro hombre en la quincena de su vida, se hundía en sus besos mientras observaba por sobre su hombro con los nervios pendiendo de una cuerda floja, y mientras sonreía con la mirada definida su mano se escondía bajo un escritorio entrelazando los dedos con su escape hacia la libertad. Pero de aquella tragedia habían transcurrido siete años, y hoy, con un traje costoso ceñido al cuerpo, la arrogancia perfumando los bordes de su camisa y una magnífica fortuna rebalsando sus bolsillos, se atrevía a suprimir el pasado de la boca hacia afuera, mas no de su corazón. Veinticinco años, era momento preciso para volver a las pistas y dominar el mundo con un chasquido de dedos. La mujer que le hacía compañía lucía una seda carmesí bastante elegante que hubo presumido frente a sus amigas en una esquina del club privado para individuos con algo más que unos pesos para caerse muertos. La mayoría tenía reputación y era fácil reconocer a los falsos adinerados. Fue entonces el momento justo para tirar del cuello y disminuir el agarre de su corbata mientras daba un trago a la copa de champagne que había robado de una bandeja, girando en sus talones para ir en busca de la fémina. Pero no contaba con las casualidades del destino cuando su cuerpo colisionó con otro, sin percatarse de quien se trataba. “Disculpa, iba distraí…”, tragó en seco retrocediendo un paso con la garganta anudada y las extremidades trémulas. Quien recordaba como el dueño de sus pensamientos hace tanto tiempo ahora respiraba el mismo aire que él, siendo víctima de la adultez tanto como Seunghoon. “Ah, bueno eres tú”, zanjó a secas desviando las pupilas a otro lado. Fingió que su corazón no había dado un vuelco de trescientos sesenta grados. ( @mansaae )
Se permitió considerar escapar, con el momentáneo silencio y la incrédula mirada del más bajo fija en su rostro, era imposible no sentirse con todas las de perder. Volvió a morderse los labios con ansiedad, apretando sus manos en puños, nervioso. ¿Que si lo había visto antes? La declaración lo hizo dudar un poco, tratando de asociar el rostro de ensueño frente a él con alguno otro. ¿Un idol?, ¿un actor? Si bien sus facciones podían fácilmente encajar en esos perfiles, el muchacho dudaba haberlo visto en alguna otra parte: Un rostro como aquel era difícil de olvidar. Y de no ser por la carcajada que brotó del más joven (en apariencia, al menos), ya se hubiese disculpado de forma torpe antes de huir del arcade.
Alzó las comisuras de sus labios en visible diversión y confusión. Ciertamente el gesto lo había pillado de sorpresa, pero había funcionado para obtener nuevamente su completa atención ❝ N-No, está bien, me siento más aliviado de que te rieras y no sé, no terminaras golpeándome o algo así ❞ bromeó algo nervioso, moviendo de forma torpe sus brazos, sin saber muy bien qué hacer con ellos ❝ ¿Qué? Espera, no, no, tienes todo completamente equivocado ❞ su anterior incomodidad desapareció casi al instante, siendo reemplazada por esa confianza que antes había demostrado minutos atrás. ¡El chico no podía estar hablando en serio! De cualquier modo, envuelto en la falsa confianza de camaradería y quizás algo de envidia, fue posible ,para alguien usualmente muy tímido en esos temas como Joowon, hablar con franqueza ❝ Creo que he visto a muchas personas, incluso a esos miles de idols que debutan cada año, creo que sé muy bien cuando veo a alguien realmente atractivo y cuando no ❞ No mentía, a lo largo de toda su vida se había regocijado con la visión de personas sumamente hermosas, para bien o para mal de su autoestima, había logrado reconocer la clase de facciones que él consideraba las más atractivas. Aunque esa lista habitualmente se limitara a catalogar innumerables féminas que siempre terminaban rechazándolo, esta vez parecía ignorar aquel hecho y gritarle con todos sus sentidos que el hombre frente a él único merecedor de halagos; hacerle ver lo que en ese momento él estaba viendo.
No lo estaba pensando demasiado a fondo, si se sinceraba consigo mismo. Querer llenar de cumplidos al más bajo le resultaba familiar, hasta cierto punto, correcto si utilizaba otra palabra. ¿Por qué? No quería siquiera detenerse a considerarlo, ¿Debería? Resultaba más lógico encontrarse más cómodo haciéndolo con Junseo que con cualquiera de sus previos intentos de conquista, porque según el joven estudiante, la diferencia radicaba en eso: Él no estaba tratando de conquistar el corazón de Junseo… ¿cierto?
❝ Eeeehh… pero eso no tiene nada de fascinante ❞ protestó, gesticulando con ambas manos para restarle importancia a las palabras ajenas, desviándose de sus alegatos previos ❝ Con algo de práctica puedes incluso superar lo que te dije de los videojuegos. Práctica, práctica, sólo eso ❞ le sonrió de nueva cuenta, un poco más cómodo. ¿Y cómo no hacerlo? Había algo magnético en Junseo, su mera presencia quizá (o el hecho de que también parecía satisfecho con su simple compañía), que lo seguía manteniendo en su sitio y ahora con las curvaturas levantadas en una mueca algo boba ❝ Si de verdad crees que eso fue fascinante puedo enseñarte otros trucos con las demás máquinas ❞
Golpeándolo, eso había sonado tan irreal que el volumen de sus pupilas se masificó ampliando su mirada con la expresión atónita reflejada en sus rasgos faciales, inclinando de pronto su cuerpo hacia adelante como si hubiese malentendido las palabras del muchacho. “¿G-Golpearte?”, titubeó negando de inmediato con la cabeza en ambas direcciones; Junseo tenía sus episodios de fastidio y frustración como cualquier ser humano con temple inestable, pero jamás se había observado haciendo uso de su fuerza bruta para desahogarse, “Jamás, ¿En serio tengo pinta de andar mostrando los puños por ahí?”, cuestionó elevando la arqueada figura de una bien delineada ceja. Con minuciosa meditación estaba próximo a admitir silenciosamente que si recibía un halago con respecto a su aspecto físico tenía directa relación con su trabajo. Un sujeto como él, devoto a su estado físico y al regalo visual que obsequiaba sobre la tarima, no podía salir de casa con tan solo el rostro hundido en el efecto mañanero de un chorro de agua, muy por el contrario era tal extrema su preocupación que dedicaba exhaustivas horas al cuidado de su piel, al maquillaje y otros detalles útiles en sus noches laborales, pero fuera de las luces y el breve espectáculo intentaba caminar por las calles con una sobriedad dentro de lo normal. “Te voy a creer simplemente porque soy un tipo con baja autoestima y este comentario pudo haber alegrado mi jornada”, añadió ensalzando su alba sonrisa. Al igual que su interlocutor él tenía gran capacidad de discernir entre un hombre atractivo y otro de estándares aceptables; el que le hablaba con cierta osadía y timidez encajaba en el primer grupo, por esa razón prolongaba la conversación a toda costa, una vez su atención capturaba algo asombroso no renunciaba a él fácilmente. Su obstinación primaba por sobre lo demás. “Idols”, aportó carcajeando con los brazos en cruz, “Quién fuera ellos, están forrados de dinero y son jodidamente atractivos además de talentosos, creo que por ese motivo no estoy en Corea, para no deprimirme”, bromeó en la misma posición, cambiando el peso de su cuerpo a la pierna contraria.
Sacudió las manos frente a él deteniéndolo antes que lo dejase proseguir. “¿No tiene nada de fascinante? ¿Acaso jamás te ha pasado que te quedas embobado escuchando cómo alguien te explica o habla sobre alguna cosa? Vamos, no puedo ser el único”, puso hincapié en la situación previa; por muy simple que fuesen las instrucciones del juego en cuestión, no podía retener más que su voz, unos matices memorables en su discurso y el movimientos de sus manos. “¿En serio? ¿Podrías? Digo, no quería interrumpir lo que estuvieses haciendo antes de verme medio ridiculizado, pero estaría encantado”, contestó curvando el inferior con los mansos oscuros en el más alto. Por su bien tenía que abandonar la automática coquetería que se adhería a sus facciones sin que él mismo pusieses esfuerzo en parecer un rompecorazones, porque en definitiva, no lo era. Se había inmiscuido en el amor con cuerpo y alma solo para arrastrar un sabor amargo que, afortunadamente, recaía en su mente como un fantasma al cual revivía de vez en cuando. Su trabajo tampoco le permitía reforzar una confianza puesto que no todo individuo estaba abierto a ignorar las dudas en relación a supuestas infidelidades, pero ese no era el caso, de hecho estaba exagerando. Joowon solo era un precioso y cautivante joven más en su vida, que se esfumaría en cuanto el local bajara sus cortinas de plomo.
Encerrado en su propio aturdimiento, el de dos decenas por edad solamente apreció el crecimiento de los días en la imperceptible recuperación de las brechas abiertas sobre sus prominentes artejos. Una combinación de lesiones y arañazos que, sucumbiendo a la robustez de los inmundos sentimientos estimulados por perniciosa señorita, amante del masoquismo que hasta entonces astuto sepultaba tras un periódico y secreto consumo de narcóticos, él mismo optó infligirse ni bien sus suelas besaron el poluto pavimento. Enseñándose imperturbable a los cuchicheos ambulantes, recordaba haber estampado los puños contra el obstáculo más cercano en un auténtico deseo por ensombrecer la inquietud desbordándose en su pecho con una maciza cuota de perceptible y admisible dolencia; un manto de dolor físico que abocetara punto final al desconsuelo trasladándose por su caldeada sangre. Sin embargo, noventa y seis horas más tarde, el escozor entre los dedos continuaba burlándose de sus temperamentales intentos, mientras que el corazón reproducía los abrumadores cantos que durante numerados otoños se rehusó a escuchar atentamente. Cólera insumisa, estrepitoso desconsuelo y un ardor insondable que pintaba su pasado con los caducos óleos de la eternidad. ¿Quién lo mandaba a colaborar con mocosas insensibles, a aceptarlas en su morada incluso cuando brindar amparo a mortales en apuros se oponía a la tosca naturaleza que hacía a su nombre? Era la primera vez que detenía sus pasos por una cualquiera, la primera que liberaba la inaccesible entrada de su casa a desconocidos, y por mostrar inusitada debilidad, asimismo la primera que desenmarañaban los pesares ocultos tras su ácida mirada. ¿Qué le importaba a ella lo que sentía o no?
Desentendiéndose de sus pecados y repeliendo las hialinas gotas que contendían por derramarse a través de unas pendientes oculares siempre secas, el de mechones azabaches buscó alienarse en su dañina rutina. El miedo por encontrarse cara a cara con sus atormentados demonios, después de todo, resultaba más cizañador que arrimarse a las secundarias consecuencias que proponía su empleo. Bocas contraponiéndose, minutos desperdiciados en corroídos colchones, deletéreas sustancias sedimentándose a las paredes de sus sacos pulmonares. Los pareceres de una niña sin autoridad sobre su existencia lo habían encaminado a los peores supuestos remedios, y recién fue consciente de dicha realidad cuando una mezcla color escarlata manó de sus abultados carmines, consagrándose el producto de un impacto inesperado. Mismo que, por insinuar su demencia en una enronquecida carcajada, pronto se replicó a los costados de un cuerpo demasiado extenuado como para prestar combate. Sintió la perseverancia del oponente errado, y aún habiendo iniciado aquella contienda con la excusa de un toque inoportuno, sonrió cuando el delirio de los dedos ajenos abandonó los puñetazos y se ciñó a su garganta. ¿Cuánto debía quebrarse para localizar paz en sus pensamientos? El socorro de una hueste desconocida le impidió estimarlo.
Con los reclamos de su patrón replicándose en sus necios oídos y un par de bolsillos desprovistos de dinero, quien paladeaba adrenalina dejó que lo acercaran a sus enmarañados aposentos. Y no fue consciente del alcance de la repentina embestida hasta que el espejo lo descubrió con un labio roto, un párpado inflamado y una absurda necesidad por lagrimear de impotencia. ¿Quién era? ¿Cuándo se había convertido en esa persona? Antes de caminar a abrir la puerta, la pared forrada en azulejos desayunó un trompazo de su zurda. El desasosiego lo empachaba. “Lo que me faltaba. ¿Qué diablos quieres, ahora? Dejé tus cosas en tu casa” harto, resopló ni bien sus hinchados ojos delinearon a la traidora, y la irritación cogió su pescuezo con la habilidad de unas palmas fantasma. No sabía por qué esperaba respuesta, mas en tanto se relamía la sangre culpó al cansancio.
La condenada idea de observar un leve movimiento en el trozo de madera le revolvió los intestinos, verlo nuevamente luego de la oscura escena delatadora caló hondo en su fuero interno. Lucía como el ser humano más masoquista que pisaba ese mundo terrenal al volver como si fuese portadora de culpa, con dos palabras hundidas en el fango que representaban el arrepentimiento de un inocente. ¿Por qué siquiera anhelaba saber qué tal marchaba el transcurso de su vida? Luchó con su subconsciente se zafó de la buena voluntad y cuando hubo esperado por el momento preciso evitó concentrar las oscuras pupilas en la imagen masculina, su retina se vio borrosa captando solamente el breve discurso áspero divagando desde los labios ajenos. Frunció el ceño preguntándose cómo diablos logró entrometerse en so morada para desligarse de sus pertenencias. “¿Tú? ¿Y cómo…?”, exclamó elevando la mirada, en esta oportunidad glorificándose en pura nitidez; fue como dio con el púrpura resbalando de su piel, adhiriéndose a ella como un pigmento que enseñaba mucho más de lo que su primera hipótesis concluyó una vez sus carmines dejaron un gran y redondo espacio entre ellos. La coartada se destruyó como una pirámide de naipes, el temple de acero y el sentimiento de repudio que demostraba hacia él se vieron obligados a cesar la intensidad y ser reemplazados por el acelerado latir de su corazón. Durante un eterno minuto se dedicó a localizar el montón de heridas tatuadas en su dermis; un labio roto en dos, vestigios marchitos de sangrado, una incisión horizontal próxima a la ceja y las normales huellas que delataban algo similar a un motín callejero. ¿Se había buscado problemas? ¿Era a causa de ese misterioso y extraño trabajo nocturno? Relamió sus labios no pudiendo despojar su mirada de la catástrofe humana. “Dios mío, ¿Qué te pasó? ¿Te peleaste con alguien? ¿Te asaltaron?”, la peor de sus predicciones se materializó en la suavidad de una estupidez, bautizada como uno de los dichos más famosos alrededor del globo; tropezar con la misma piedra. “Tienes que ir al hospital”, sugirió de inmediato gesticulando con ambas extremidades, pero aquella idea sonaba del fiasco en los tímpanos impropios, lo intuyó porque un sujeto como él deseaba más aislarse que pertenecer a la masa, “No, no, espérame, no me cierres la puerta, ya vengo”, pidió anteponiendo la palma de las manos frente a sus ojos antes de dirigirse a su cerradura e introducir la llave.
Seguramente en otra circunstancia habría echado un ojo al inventario mental que albergaba para asegurarse que todo estuviese en su lugar, pero Miha estaba robando sus prioridades y la rapidez de sus piernas alcanzaron el higiénico botiquín de primeros auxilios; no por nada era tan pulcra y jamás había tenido problemas de esa índole. Y cedió tan velozmente que no era digna de tener dos buenos amigos capaces de brindarle un techo en el cual pasar las noches, esos mismos que le pidieron contra viento y marea que se hiciese respetar, más aun tratando con un joven tan despreciable en el punto de vista de cada uno. Ignoró los consejos olímpicamente, y cegada por la adrenalina atravesó ese umbral olvidándose del mar de lágrimas y los insultos vejatorios. “Voy a necesitar que te recuestes en el sillón, ya que no es viable que te lleve a urgencias lo mínimo que puedo hacer es evitarte una gangrena y tu muerte”, pausó sacudiendo la diestra mientras se dirigía a la cocina allanando el rincón por si el azabache almacenaba agua ardiente sobrante. Se lavó las manos con esta y dobló el cuello en noventa grados, “No quiero exagerar ni meterme en sus asuntos, pero eso luce gravísimo, ¿Estás seguro que es mejor no ir a dejar una constancia a la policía?”, cuestionó secándose las falanges y con una toalla de papel.
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Se merecía el sermón disparado a través de los labios ajenos mientras un cabello furioso se unía junto a sus castañas hebras mientras le consolaba el mar de lágrimas escapando por el borde de sus cuencas. Traspasó el umbral con los lánguidos pies apenas deseando explicar con lujo de detalles la fatídica escena que fue disfrutada por el público transeúnte, era más denso y cruel que la humillación. Comprendió a duras penas que la ingenuidad recaía tejiendo en la superficialidad de su piel; en innumerables ocasiones hizo oídos sordos al único familiar directo residente en los Estados Unidos, quien insistía en repetir incesablemente que no todo ser humano era poseedor de una sensibilidad, por muy natural que el cliché hiciese parecer a un exento de corazón nada más que la alegoría del incomprendido. Su error continuaba floreciendo en cada uno de sus actuares una vez se decidía en rozar la fibra emocional cuando creía haberla observado en las pupilas de alguien que en ese minuto deseaba borrar de su memoria para siempre. Se hizo de vestimentas prestadas y un cuarto pequeño de huéspedes que le habían facilitado para dormir a gusto. Su estómago vacío repudiaba los trozos de alimentos disparatados en la loza y el cansancio la sumergía en un estado de depresión del cual solo podía huir gracias a la realidad de cumplir en un trabajo cotidiano que no podía abandonar cuando no se gozaba de una gran fortuna en su cuenta bancaria. ¿Realmente era una zorra sabelotodo, un estorbo, una niña estúpida? El tinte de su voz ahogaba sus tímpanos entretanto limpiaba las mesas con un género húmedo, queriendo detener el curso del tiempo y esconderse entre cuatro paredes con la brutal orden de ocultar los sollozos a como dé lugar. No hubiese calado hondo de no haber sido él el autor de sus insultos. Él, el único que le parecía digno de tener a alguien de su mano para enseñarle un lado totalmente contrario a lo que sus pupilas osaban ver. Pero hasta el alma más pura e inocente era dueña de un límite.
Un llamado bastó para percibir el ardor en sus entrañas. “Claro, muchas gracias, estaré ahí a eso de las doce así que no se moleste en esperarme”, recalcó asintiendo con la cabeza entretanto arreglaba su apariencia para asistir a su jornada laboral. El problema con la tubería subterránea estaba resuelto y su apartamento listo para ser usado nuevamente por la inquilina, pero eso significaba ir a golpear a la puerta del lado con tal de recibir sus pertenencias en las manos, si es que no las había lanzado al basurero. No supo cuántas veces estrechó los brazos a la castaña y al muchacho bien portado, quienes estuvieron pendientes de sus necesidades básicas minuto a minuto, tal cual su familia hacía antes de que esta osara tomar un avión sin retorno. Subió la escalera lentamente acomodando los anteojos ópticos propicios para una lectura que necesitaba avanzar lo antes posible; su mano apenas rozaba la baranda de la escalera y sus órganos se retorcían en cobardía. ¿Cuánto había pasado? Cuatro días desde el bárbaro enfrentamiento antes de ir a comer algo en paz. Presionó sus labios deteniendo el paso frente a su puerta, anudando su garganta con una soga inexistente al adquirir un puñado de oxígeno revuelto en sus pulmones. Nudillos listos, diestra empuñada y una colisión contra la madera lo suficientemente fuerte para que el otro notase que algo sucedía tras la estructura rectangular. Era más viable que atendiera si no oía de quién se trataba. ( @mendvcious )