¿En algún punto me imaginé donde me encuentro ahora? Es sincera la cuestión. Nadie parece recordar sus expectativas del presente, pues hay subrepticias situaciones que nos llevan a lugares que no sabíamos existían. Eso no exime mi status quo de Epimeteo curioso. Prefiero, pues, en aras de evitar el presente vivir en un pasado fatuo y equidistante, muerto, casi apocalíptico. Hay, en muchos casos, cariño y resguardo en el momento ya pasado. El miedo desaparece, el pasado queda en un fresco que a ratos nos ocupa recordar. Sin embargo, ¿Qué ocurre en el presente cuando el amor hace añicos al pasado?
El presente es una moneda lanzada en el espacio: jamás cae. El presente es un dibujo de nuestra verdad personal y la verdad personal no es sino un conjunto de ideas o situaciones que experimentamos subjetivamente. Entonces ocurre que el presente no es más que un cúmulo de sensaciones que procesamos en nuestra mente para, como orquesta, interpretar una sinfonía única e irrepetible que, si es demasiado buena y compleja, quedará en la memoria por mucho tiempo. Sin embargo, como músico de cuarta que es nuestra mente, poco a poco el presente que pasa a ser pasado perderá detalles, quedará siendo una verdad personal a medias y se desvanecerá, la orquesta perfecta se disipará continuamente hasta ser suplida por algunas otras orquestas, más hermosas, más épicas, más perfectas.
Edelman, en su libro The Mindful Brain, nos propone el Darwinismo Neural, una teoría sobre el funcionamiento del cerebro [ que honestamente explica mejor Oliver Sacks en su autobiografía ], donde evoca una suerte de método cerebral. Es complejo explicarlo sin caer en algún error por mi parte, pero, grosso modo, Edelman nos otorga una aproximación (pues por supuesto hay detractores que tienen una opinión acertada sobre su método) de cómo el cerebro se comporta de manifiesto a las experiencias del mundo real desde la etapa prenatal hasta día a día en la vida de cualquier persona. Para Edelman la experiencia es lo más importante en todo este vacuo sistema, propone que lo único que en verdad importa es la supervivencia de neuronas. Hay una lucha constante entre neuronas, por ende entre recuerdos, sentidos, muchas de ellas mueren o mutan, son sustituidas o cambian su funcionamiento. Y es verdad que la teoría es un casco vacío, dibuja sólo el esqueleto, no es por completo la maquinaria de nuestra mente y por tanto no se puede hablar de cómo ocurren los sentimientos, algunas otras enfermedades mentales o ciertas situaciones en específico. En cambio propone una forma de reconocer cosas, de saber qué es precisamente y acercándonos a eso, puedo teorizar que nuestra orquesta se mantiene siempre comparando, luchando, viviendo en la mente como recuerdo, siendo sustituido constantemente y siendo obsoleto cada cierto tiempo. Los detractores y hasta los que apoyan a Edelman me considerarían un idiota al escribir esto y probablemente lo sea, pero el punto al que quiero o quisiera llegar es que el pasado no es sino química del recuerdo, verdad subjetiva que está a la espera de ser olvidada o sobrevivir a otros recuerdos. El Darwinismo Neural nos otorga el poder para entender esa lucha entre neuronas y aceptar que en algún punto el pasado sí existe y el pasado a veces nos hace daño y el pasado a veces nos hace feliz.
Ahora bien, soliloquio después, ¿Qué carajo tiene que ver el amor en el pasado? Es simple: el pasado nos condena a tener miedos. Yo soy el resultado de un pasado que me obliga a ser no menos que temeroso a lo que ocurre en mi presente. Mis neuronas están en constante recuerdo y temor por volver a cometer o, mejor dicho, sentir lo mismo que en mis orquestas melancólicas o tristes habita; pues, como Stephen King ha dicho, el miedo es un sentimiento que abarca e impide el cambio. No quiero ni recordar aquellas notas insulsas que me hirieron en algún insano punto de mi pasado, y en cambio quisiera convertir a mi presente en un pasado excelso que luche contra mis miedos y que tome su lugar, que me haga crecer neuronal y personalmente (y no, no es autoayuda barata). Y el amor, aunque suene a romántico medievo, a comparación del miedo, nos hace cambiar, nos evolucionan y convierte nuestros sentidos en un sólo mecanismo que evocan la mejor orquesta y que luchan contra el pesar del pasado. Y sin embargo parece que me contradigo al principio de este texto, pero no. El pasado nos confiere un cariño, es cierto, ya el pasado ha ocurrido y no volverán, si nos convertimos en Epimeteo, a ocurrir. El daño está en el pasado y eso es algo tranquilizante y una falsa capa de miedo por luchar en por el presente nos cubre, nos atormenta. Entonces esa es la cuestión final: ¿Luchamos por el miedo de convertir el presente en algo mejor, arriesgándonos a sufrir o sufrimos por el pasado por miedo al presente?
Yo elijo, pues, ser Prometeo: vivir en el presente y aceptar el pasado.