Las calles empredadas
Caminaba por una de las calles empedradas del pueblo. Esquivando un pequeño charco que se habĂa formado en el lugar donde antes debiĂł haber estado una piedra del tamaño perfecto para que mi bota se hubiera hundido en su totalidad. Eran las celebraciones del pueblo y la gente caminaba por todos lados en trayectorias que me parecĂan caĂłticas en sus trayectorias individuales, mas, totalmente ordenadas al tomar el caminar de todos. El orden del caos, recuerdo le llamaban asĂ esos seres de cabellos grises y ojos sabios. Le dedique unos minutos ha estos pensamientos, mientras me fumaba el ultimo cigarro que habĂa en mi chaqueta. En la Ășltima calada a mi cigarro sentĂ la tranquilidad de ese dĂa. Realmente era un ambiente agradable el de ese dĂa, una tranquilidad completa.
Me habĂa sentado en la acera, mientras un niño soplaba uno de esos objetos que usan los niños los niños y adultos para crear burbujas de jabĂłn. SeguĂ la gran burbuja de algunos 15 cm de diĂĄmetro que viajaba suavemente por el aire, dejando ser llevada por el viento. ComenzĂł a bajar obligada por su gran peso hasta llegar casi a la altura de mis ojos, una gran mezcla de tonos purpura, verde y rosados pude ver por un segundo antes de que explotarĂĄ violentamente. Y pasĂł, o sĂ que pasĂł. La mire a ella y ella me miro. No sĂ© cuanto tiempo fue, un segundo un eĂłn, no lo sĂ©, yo ya no estaba ahĂ. Mi mente viajaba a mil kilĂłmetros por hora tratando de descubrir quien era esa mujer con la que sostenĂa un intenso duelo de miradas. No podĂa reconocerle, sin embargo, sabĂa que le conocĂa, sabĂa que era importante. Mire cada centĂmetro de su cara, sus ojos cafĂ©s, su cabello castaño oscuro que caĂa a medias sobre su ojo derecho debido al mismo viento que termino explotando a la burbuja, o tal vez a mĂ, o a ambos. Mire su nariz con esa ligera curvatura con forma de reloj de arena. Me perdĂ en sus labios, unos labios normales, tan normales que eran Ășnicos. Estaba en medio de una lucha por no cerrar los ojos y no perderla de vista hasta saber quien era, y saber el porque de su importancia. No podĂa ser algo trivial, no podĂa, no lo querĂa.
La recordĂ©, recordĂ© todo. RecordĂ© todas los dĂas juntos,  los cafĂ©s en las noches frĂas. Nos recordĂ© corriendo por aquellas calles empedradas bajo mi capa para cubrirnos de la lluvia. Me recordĂ© llegando a casa a sus brazos y, tambiĂ©n,  recordĂ© las tristes noches en que nuestros dedos no se buscaron entre las escurridizas cobijas, junto con las buenas mañanas en que nuestros labios cerraron el trato que nuestros dedos no fueron capaces. RecordĂ© el dĂa que  encontrĂ© tu primer cana y el dĂa que yo perdĂ toda la cabellera.  Nuestros dos hijos creciendo y el viejo Thor acostado a nuestros pies. RecordĂ© todos los dĂas. RecordĂ© aquella noche, donde Thor ya no estaba, y como le dijiste a nuestros niños, adultos, hijos que los truenos no debĂan asustarlos pues solo erĂĄ Thor ladrando para alejar el mal de nuestro hogar, y te ame, te ame tanto, te ame con toda la profundidad  de tu ser. Te ame tanto esa ultima noche. RecordĂ© todo, y al mismo tiempo, no recordĂ© nada. Lo sentĂ, lo sentĂ todo.
Te miraba directamente a los ojos, y me di cuenta, que ya no estaban las trayectorias caoticas, el mundo el universo se habĂa detenido. Los pedazos de la burbuja que nos separaban suspendĂan en el aire, dispersando la luz por todo el lugar. Me mirabas, me mirabas y sabĂa que tambiĂ©n me habĂas reconocido, me habĂas recordado, 60 años mĂĄs joven, pero, al final, yo, tĂș al final, nosotros al inicio y al final. SonreĂste.
-¿Por qué tardaste tanto?
Y el mundo universo retomo su movimiento.
T.P.












