Ahora lo sé: la iluminación no es para siempre. No lo digo porque recién me haya iluminado y haya descubierto la verdad; sólo llegué a esta conclusión usando la lógica y la intuición. Para que la existencia “exista” son necesarios los opuestos. Un árbol no puede ser a menos de que haya materia y no-materia. Si no tenemos frente a nosotros algo que es bajo y algo que es alto, nunca sabremos qué es bajo y qué es alto. Como dicen por ahí: la luz no se puede conocer sin la oscuridad y viceversa. Sin embargo, no se trata de que estos opuestos permanezcan estáticos eternamente, al contrario; para funcionar se tienen que mover. La función es movimiento, y el movimiento es cambio, cambio de lugar. Por lo tanto, inevitablemente la luz se convertirá en oscuridad y la oscuridad en luz. Esto es el Yin Yang. Todo el tiempo eso ha significado el Yin Yang. Un equilibrio en pos de la existencia.
Empecé a pensar en esto al querer descubrir intelectualmente el “origen” de la existencia, así como su posible fin. Imaginar un vacío eterno antes y después de ella no tiene sentido. Si la existencia surgió de un vacío, y antes hubo más vacío, lo lógico sería entonces que antes hubiese existido otra existencia, y que después exista otra existencia. Lo cual nos lleva a un ciclo sin fin. Y tiene sentido. Eso sería equilibrado, y las cosas sólo existen bajo el régimen del equilibrio, de la complementación de los opuestos.
Por lo tanto, este proceso Sin Nombre, que se podría decir es Dios en su totalidad, se divide en existencia y no-existencia, es decir, en dualidad y unidad. En la existencia se encuentran los seres, los objetos, los conceptos; todo lo que experimentamos cada día como entes individuales, e incluso seguramente más fenómenos que desconocemos (otro tipo de seres, objetos, conceptos…)
En la no-existencia, valga la redundancia, no existe nada. Nada de lo anterior existe, pues aquello existe en su dualidad, y aquí sólo hay unidad. Una unidad que no puede ser descrita, pues sólo podemos describir aquello que comprendemos, y las cosas sólo pueden ser comprendidas de acuerdo a su dualidad. Esta no-existencia no es negativa, sólo “es”. O, mejor dicho, ni es ni no-es. Simplemente no puede ser descrita.
Y como la no-existencia es no-movimiento, la existencia es movimiento. En ella se lleva a cabo el proceso de evolución, tanto de espíritus como de cuerpos. Lo que nos lleva a que aquí también radiquen lo que son la inconsciencia y la consciencia. Como del anochecer al amanecer, pasamos de la inconsciencia a la consciencia, a través de un largo proceso de reencarnación en el que, por ejemplo, pasamos de animales, a humanos, a ángeles. Nos trasladamos de lo más material a lo más espiritual, para luego volver a la unidad, y luego volver al inicio del ciclo de la dualidad (el anochecer). Todo es un ciclo: un ciclo en espiral.
Por esto digo que no existe la iluminación eterna; eventualmente empezaremos de cero otra vez. Esta reflexión cambió por completo mi forma de pensar. Debo admitir que me provocó una decepción horrible, así como cierta resignación “espiritual” (digo espiritual porque dejé de lado mis actividades espirituales. Sé que más bien fue una resignación del ego, pues claramente se trató de un berrinche). Darme cuenta de que todo es un ciclo, así como de que la iluminación eterna no existe, me provocó unas enormes ganas de renunciar a mi crecimiento espiritual. “¿Para qué progreso en mi espiritualidad si voy a volver a lo mismo?”, me dije. Pero aquél, me di cuenta, era un pensamiento contradictorio a mi reflexión. Ese pensamiento implicaba quedarme estancada, entrar en un estado de inmovilidad, cuando, de acuerdo a mi lógica, debía moverme, debía evolucionar (a pesar de tener que retroceder después).
Cuando uno es humano (por lo menos en “nuestro” caso) es cuando ocurre la transición de la inconsciencia a la consciencia. Si tú, como humano, alguna vez ya has considerado seriamente que el camino a seguir es la Luz, tu momento de ingresar al camino de la Luz ha llegado. No ingresar en el camino ya habiéndolo considerado es similar a quedarse estancado. Los que no lo han considerado no lo han hecho porque todavía no son conscientes de que ellos mismos pueden decidir cómo quieren que sea su vida. Se dejan llevar por las circunstancias externas sin confiar en su capacidad interior, y rondan de aquí para allá, sufriendo confundidos sin saber qué hacer (lo cual no es “malo”, es una etapa de la existencia).
Por otro lado, los que ya lo han considerado ya tienen la capacidad de ver más allá y de decidir qué es lo que quieren hacer de su vida. Yo ya lo he considerado, y por lo tanto no puedo quedarme estancada. El sufrimiento es efecto de la inconsciencia; la felicidad es efecto de la consciencia. Si ya empezamos a ser conscientes, ¿por qué aferrarnos a seguir sufriendo? Se entiende que los que no sepan que pueden dejar de sufrir sigan sufriendo, pero, los que ya lo saben, ¿por qué siguen ahí? Será otra etapa, supongo, pero no podemos permitir que permanezca tanto tiempo. Si las puertas del cielo ya han sido abiertas para nosotros, debemos ingresar.
Por mi parte debo aceptar, y comienzo a aceptar que los opuestos en esta existencia son la Ley. (Dicho de tal forma que ya se me quede incrustado en la cabeza:) Acepto el papel que me corresponde ahora como futuro sol, aunque eventualmente vuelva a ser la luna. Quizá haya dejado atrás mi positividad ingenua que me hacía sentir llena de esperanza, pero ahora comprendo y respeto el equilibrio. La existencia se da por y para el equilibrio, y realmente no hay nada que podamos hacer al respecto más que fluir con ella.