Al inicio de los tiempos surgieron un día los colores.
Primero fueron el negro y el blanco. Luego, el rojo, el amarillo y el azul. Gracias a su convivencia, nacieron el naranja, el verde y el morado, y por último todos los tonos restantes.
Los colores tenían una vida feliz; el negro descansaba en la oscuridad, el blanco se relajaba en las nubes, el azul lo observaba todo desde el cielo y el mar, el rojo fluía y les daba vida a los animales, el amarillo proporcionaba calidez desde el sol, el verde le permitía expresarse a la tierra, el naranja hacía reflexionar ante el atardecer, y el morado hechizaba a las flores.
Sin embargo, llegó un día en el que el negro miró mal al blanco, el naranja resintió al azul, el amarillo se molestó con el morado y el verde dejó de hablarle al rojo. Eventualmente todos los tonos se encontraron odiándose, opinando que los demás eran unos inútiles y que sería mejor que no existieran. Incluso pensaron de sí mismos que quizá sí eran unos inútiles.
Al poco tiempo de adquirir esa negativa mentalidad, los colores tuvieron dificultades para funcionar bien.
En ocasiones el azul desaparecía del cielo, el amarillo era incapaz de transmitir calor, y en el peor de los casos, la opaques del rojo y el verde llevaron a los seres vivos a su muerte.
—No podemos seguir así —se atrevió a decir Morado—. Si continuamos vamos a acabar con todo lo que existe.
—Sí, tienes razón —aseguró Naranja—. Tenemos que terminar con esto lo más pronto posible.
Ambos organizaron una junta para la que convocaron a todos los tonos. Hacía mucho que no había una reunión así.
—Buenas tardes, compañeros colores. Iré al grano. Hemos cometido un error y debemos solucionarlo. Es por ese error que todo es una catástrofe —dijo Morado, firme.
—Pero, ¿qué error? Si nunca hemos hecho nada malo. Nos limitamos a cumplir nuestras funciones —exclamó Rojo.
—Quizá parezca que no hicimos nada malo —reflexionó Verde—, pero todo esto se dio justo después de que empezamos a pensar mal los unos de los otros. Creo que ese es el problema. Nuestros pensamientos nos llevaron a esto.
—Sí, así es… Verde tiene razón —dijo Amarillo, sintiendo frío—. Pensamos que los demás eran inútiles, incluso que nosotros éramos inútiles, y eso comenzó a tomar forma en la realidad.
Todos guardaron silencio, arrepentidos.
—Tenemos que hacer las paces, compañeros —dijo Morado—. Aceptar que todos somos igual de útiles y necesarios en esta existencia.
Muchos asintieron, pero muchos otros, orgullosos, se mostraron incómodos.
—Por mi parte les pido disculpas —expresó Naranja —. Siento haber pensado mal de ustedes, amigos… El mundo es mejor cuando estamos todos juntos.
Al observar que nadie más se animaba a decir algo, Negro, que se había vuelto muy reservado, levantó la voz:
—Yo también les pido disculpas. Con esto que sucedió, me di cuenta de que todos somos importantes para el funcionamiento de la vida. Al igual que cada quien tiene su color, cada quien tiene su función.
—Sí, es cierto. Confieso que llegué a pensar que el café, el gris y el negro eran muy feos, que eran colores que sobraban… Porque bueno, el café de los desechos, el gris de las tormentas y la negrura de lo que empieza a morir… todo eso es feo… o mejor dicho, me parece feo… Pero ahora sé que es necesario que todo eso ocurra, así que me arrepiento de haber pensado así.
—Oye, ¿en serio pensaste eso de mí? —gruñó Negro.
—Ay, como si tú no hubieras pensado algo así de mí —soltó Blanco, a la ligera.
—Je, bueno, sí... El amarillo y el rosa me parecen muy presuntuosos, y el blanco demasiado vacío —confesó Negro.
—Ah, ya ves, estamos igual. No te lo tomes personal, tan sólo nos pusimos muy quisquillosos de repente.
Todos los demás se rieron. Voltearon a verse entre sí e hicieron las paces.
Al poco tiempo los colores se fortalecieron y fueron capaces de actuar tan magníficamente como lo habían podido hacer antes del caos.
Por muy diferentes que fueran, comprendieron que era precisamente porque eran diferentes que eran necesarios para el equilibrio y la función estructurada de la existencia.