Cada una de las palabras pronunciadas por la chica no hacían otra cosa que enojarlo y frustrarlo todavía más, sabía que su propio comportamiento era demasiado cambiante pero simplemente no podía entenderla. Con la nariz y labio goteando de sangre, vio cómo ésta empezaba a marcharse, y eso no podía ser, él todavía tenía mucho que decirle. Quedándose donde se hallaba, inhaló profundo para responder casi a gritos, dejando que las palabras salieran por si solas, sin pensarlas. —¡¿Qué yo te hago sentir como mierda?! ¡¿Yo?! ¿Quién demonios fue quien que se marchó de un día para otro sin comentar nada, y que ahora vuelve como si nada hubiera pasado? ¿Yo te hago sentir mierda? Porque créeme que no tienes una idea de cómo me siento yo. No tienes ni una mínima idea…— Comenzó, pausando para tomar el aire necesario de nuevo. La verdad era que le dolía mucho más a él tratarla de aquella forma, pero no había otra forma de hacerlo, o al menos no la conocía. —¡Ah!, lamento no aceptar tus inútiles disculpas, lamento que te duela todo lo que digo, lamento que me importaras más que mi vida, lamento haberme enamorado de ti como nunca lo había hecho, ¿de acuerdo? Lo siento, lo siento mucho. Ahora bien, ¿qué esperabas?, ¿que te recibiera con los brazos abiertos?— Preguntó retóricamente, elevando la voz un poco más, ocasionando que varias personas voltearan a ver la escena. Sin embargo, no le importó. —Por mucho que odie admitirlo, por mucho que me haga sentir tan patético y estúpido, me rompiste el jodido corazón, y…— Deteniéndose de nuevo, se inclinó un otro poco hacia adelante, haciendo presión en el área de sus costillas. No sabía la forma en que llegaría hasta la enfermería del lugar si ni siquiera podía moverse un paso del mismo pedazo de tierra, pero ya pensaría en ello después. —¡Y creo que por primera vez estamos de acuerdo en algo! Lo mejor será que te vayas. Mi vida estaba perfectamente ya— Finalizó, sintiendo a su vez terribles punzadas dentro del pecho, unas que no eran causadas por la paliza recibida minutos atrás. Aunque no terminó de gritar todo lo que sentía y todo lo que sintió hasta hace unas pocas semanas, ya no podía más, sabía que en cualquier momento aquella rabia se convertiría en puro dolor, y lo menos que quería era que ello lo viera de tal forma.
A punto de irse, la voz del chico la hizo parar. La rabia la estaba carcomiendo por dentro y aquella rabia empezaba a convertirse en lágrimas. Las lágrimas de rabia siempre habían sido las peores para ella y fíjate tú por dónde que ahora las estaba sufriendo en primera persona. Apretando los puños, se dio la vuelta. Lo encaró como la cobarde que era. Era una cobarde pretendiendo ser valiente. Se desmoronaría allí mismo. Sus gritos la hacían sentirse cada vez más pequeña y débil. Quería sentirse fuerte, quería volver a hace unos meses, quería estar en un avión de vuelta a Austria, quería olvidarlo y quería no volver a verlo. Pero lo que más quería era dejar de sufrir, y si eso implicaba irse, eso mismo haría. Tragó saliva, además de sus lágrimas, segundos antes de contestarle—. ¡¿Quieres dejar de echarme en cara todo el daño que te he hecho?! ¡Porque ya lo sé! Y tú tampoco tienes idea de lo que yo he sufrido durante éstos meses o de lo que siento. ¡No sabes nada y nunca lo entenderías! No esperaba que me recibieras con los brazos abiertos pero al menos pensaba que ibas a dejar explicarme. Ya veo que no es así. ¡Y lo siento de nuevo! Nunca pretendí herirte y nunca pretendí que esto acabase de ésta forma. Y-yo de verdad que lo siento y... —se mordió el labio con preocupación al ver las tantas muecas de dolor realizadas por el castaño. Quería ir y ayudarlo pero no estaba segura de si era buena idea hacer tal cosa—. ¡Sí, va a ser lo mejor! —exclamó por último, sintiendo un dolor por todo su pecho. Ya no la quería, ya no la quería en su vida y eso le dolía demasiado. Finalmente y porque su instinto se lo dijo, se dio la vuelta; derrotada y humillada—. Mejor dicho, no me voy de aquí hasta que te vea la enfermera —finalizó decisiva, acercándose a dónde se hallaba el chico. Acababa de perder toda la dignidad del mundo, de eso no había duda. No supo qué hacer en el momento que llegó a su lado. Ya no tenían la misma confianza que antes y por lo tanto, tampoco podía llevárselo de ahí a la fuerza. Jugó con sus dedos, volviendo la vista al castaño—. Si quieres que me vaya cuánto antes, es mejor que camines a la enfermería de una vez —si se iba, por lo menos quería asegurarse de que dejaba al chico sano y salvo. Sin un rasguño preferiblemente.








