Las historias reales tienen respuestas. Los "casi algo", no.
Por eso duelen más.
Porque cuando alguien desaparece sin explicación, o cuando algo nunca llega a empezar, tu cabeza se encarga del resto: les inventa el final perfecto. La versión donde sí pasó. Donde sí se atrevieron. Donde el timing no ganó.
Y esa versión imaginaria no envejece, no discute, no decepciona. Se queda intacta, viviendo en cierta plaza, cierta conversación, cierta mirada.
Uno no extraña a la persona. Extraña el potencial.
Y el potencial es imposible de superar, porque nunca existió lo suficiente como para poder soltarlo.













