Esto no está pasando
Hoy me he despertado temprano, muy temprano para lo que acostumbro estos días, estas semanas, estos meses. No me he encontrado plumas negras ni un pico anaranjado, pero algo había pasado. Un presentimiento. Me he frotado los ojos y he visto una cantidad sorprendente de notificaciones en el teléfono. Varios grupos en los que se me etiquetaba antes de las nueve de la mañana, y unas publicaciones de una cuenta oficial: un vídeo conmemorativo y un obituario. Hoy el cielo ha amanecido de luto. Hasta las doce no he hablado con nadie que no le echara de menos. Incluso los más duros de mis amigos rockeros estaban hoy sinceramente tristes, sin ninguna pretensión, sin bromas para restarle importancia. Esta mañana, el mundo se ha detenido, y el aire se ha llevado a nuestro último gran poeta.
No es difícil adivinar que me gusta mucho Robe. Las últimas dos veces que he escrito en este blog lo acompañé de una canción suya. De hecho, muchos de mis seres queridos han pensado hoy en mí cuando les ha llegado la noticia, como si se tratase de algún pariente lejano. Supongo que no es del todo impensable: al fin y al cabo, la madre de mi abuela era, escandalosamente para aquella aldea donde la parió a orillas del Bullaque, extremeña. Me alegro de que me asocien con él, que no puedan pensar en las canciones que nos ha regalado sin acordarse de mí. Prácticamente todas mis relaciones más estrechas están mediadas por Extremoduro. Muchas veces es de forma independiente, porque encontré algo en común con otros fans, pero también en muchas otras es porque mi pasión por su música se desbordó de mi cuerpo y llenó a las personas que tenía más cerca. Peter ha sido el primero en contestar en nuestro grupo de amigos, y ha dicho "joder, para uno que escucho...".
Mi hermana tiene una lista de canciones que son nostálgicas para ella. La pone siempre cuando conduce. En su gran mayoría son las mismas que nuestros padres ponían en el coche cuando éramos pequeños. En esas cintas estaban siempre Los Rodríguez y Tequila, Mecano, Amaral y Ella Baila Sola, pero Paula también ha metido unas cuantas de cosecha propia. Entre ellas hay varias de Extremo, que añadió el año pasado, por el simple motivo de que le recuerdan a mí. Cuando volví a casa me sorprendió darme cuenta de que una de ellas era Entre interiores. Las otras se las había enseñado yo hacía años, o son de las más famosas de la banda. Cuando le pregunté por qué esa sencillamente me dijo "es que es mítica", sin girarse siquiera a mirar al asiento de atrás.
De adolescente, cuando me empezaba a aficionar al grupo, Sara y yo "cantábamos" Jesucristo García por Whatsapp, tomando turnos para escribir los versos en mayúsculas. Uno ponía espontáneamente un CONCRETÉ y el otro ya sabía lo que tocaba, como un ritual. A mis padres Extremoduro no les gusta demasiado —mi madre es más de Leño—, pero a Sara le recuerda a la suya. Es una menuda profesora de historia de la que los alumnos hablan como si fuera una leyenda porque da sus clases enfundada en camisetas negras. En el grupo donde conocí a Sara, y a tantas otras personas que hoy considero imprescindibles, había un punki chileno que para nosotros era un venerable anciano, porque nos llevaba alrededor de diez años. Ahora tendrá unos 35. Le llamábamos Petrarka, que es un nombre un poco de poeta y un poco de anarquista, y tenía un pequeño grupo al que dedicaba sus ratos libres. Sabiendo lo mucho que me gustaba, este hermano mayor al que nunca he conocido me regaló una vez una cover de Puta.
A Fer, que es mitad arte y mitad rock, le ha dado tiempo, antes de que fuera siquiera mediodía, de hacer un retrato de Robe. Le ha dibujado en su última encarnación, ese viejito con falda y guitarra eléctrica, con la melena alborotada y la expresión pensativa. Anoche estábamos charlando en llamada y escuchábamos Buscando una luna, porque justo a elle se le había pegado y había decidido dedicarle un dibujo. Siempre que viajo al norte, como la primera vez que nos reunimos todos en el mismo sitio, en casa de Sara cerca de Santiago, me acuerdo de esos versos de Machado que cita el tema. Llanuras bélicas y páramos de asceta que forman el paisaje de esa Castilla que me ha visto crecer. Este agosto yo también la escuché en bucle mientras volvía en autobús de uno de esos viajes que me llevan por las tierras de España en nombre de la amistad.
Tengo las notificaciones de Extremoduro activadas en Instagram desde el desastre de su última gira, que primero se pospuso, luego quedó en el aire y finalmente no se hizo. Lu y yo compramos entradas para ir juntos en 2020, antes de que nuestra relación fuese nada más que una idea pasajera. Recuerdo claramente el momento en el que decidimos ir, porque me llamó por teléfono el día que salieron a la venta. Yo vi la perdida al salir de mi clase de chino, que en primero todavía eran por las mañanas. Le llamé de vuelta en el pasillo de la facultad y las compré con el dinero de la beca que habíamos solicitado juntos el verano anterior. Nadie lo sabía en ese momento, pero solo quedaban nueve días para aquel confinamiento que acabó con tantas cosas. Cuando nos separamos, años después, la música de Robe no me dejó de acompañar. Lo primero que hice tras acabar esa llamada fatídica, aunque no sin antes habérselo contado todo a Peter, fue ponerme Rock Transgresivo, porque después de llorar necesitaba gritar. Ese mes de mayo, Tu Corazón me hacía estremecer, igual que lo hizo la primera vez que yo perdí el mío siete años antes. Ambas fueron al final de la primavera, ambas justo antes de mis exámenes. Tiene que haber algo predestinado entre mí y ese mes. La primera vez llevé el Tango Suicida como banda sonora, pero la segunda lo cambié por Nada que perder. Su discografía, en grupo y en solitario, ha dibujado todas las etapas de ese duelo. En ella encontré el dolor, la negación, la rabia, las esperas, los colores del atardecer, las puertas abiertas y los puntos suspensivos.
Este año, para mi, ha sido un constante redescubrir de su obra. No habría podido elegir mejor momento para obsesionarme, como prediciendo que se nos iba a ir. Le pegué la fijación a Rubén y nos hemos pasado esta primavera escuchando los discos viejos en su coche, obligando al resto de nuestros amigos a soportarlo. Incluso fuimos a un tributo en la Copérnico que fue fácilmente el bolo donde mejor me lo he pasado de todos a los que he ido: gritamos, bailamos, casi nos subimos al escenario y volví a casa cubierto de moratones. A él también fue a quien convencí de ir a Alcalá en septiembre del año pasado, cuando me moría de ganas de ver a Robe pero no tenía con quién. Tuvimos la verdadera fortuna de poder verle en uno de sus últimos conciertos, de poder enamorarme en directo de Interludio y de Puntos Suspensivos, porque el enfisema le robó el final de esa gira que ahora sabemos que era de despedida.
Quedan solo un par de semanas para mi cumpleaños, y me muero de ganas de ir a un karaoke. Mis amigos de toda la vida son tímidos, así que reservaré una sala privada para que podamos divertirnos. Otros años les obligué a ir a un bar en la calle de las Huertas en el que, como suele pasar en estos sitios, hay que esperar bastante para que te toque el turno. Fueron dos veces, a los 21 y a los 22, así que se me desdibujan los recuerdos, que de todas formas formé con las mismas personas. En uno de ellos, mientras esperamos a que nos llamen vemos aparecer en las pantallas un nombre y una canción: Jesucristo García, para Pollatrueno69. Yo canto desde mi mesa en el rincón con tantas ganas que se me oye más que al que la había pedido. En el otro, subimos Rubén, Lu y yo a cantar Salir, y se nos unen unas treintañeras bastante borrachas. Nos dicen encantadas que les alegra que la gente de nuestra edad siga escuchando a Extremoduro. Compartimos los micrófonos, y, en medio de la canción, Lu recita a la perfección, mirándome a los ojos, los versos de Santos Isidro Seseña que cuela Robe en medio del tema:
Para algunos la vida es galopar un camino empedrado de horas minutos y segundos, y yo, más humilde soy, y solo quiero que la ola que surge del último suspiro de un segundo, me transporte mecido hasta el siguiente
La relación de Robe con la lírica es una de mis cosas favoritas de su obra. No exagero cuando le llamo poeta, como se suele hacer en un intento mal aconsejado de dignificar a los letristas. Su obra está en diálogo con una tradición riquísima de las letras españolas, de raíz popular, muchas veces rural, y siempre libertaria, con el corazón a la izquierda. Mi poeta favorito desde hace muchos años es Miguel Hernández, humilde y a la vez gigante, el mayor poeta de un pueblo que no le tiene mucho cariño ni a los maderos ni a la gente con bandera. En los temas de Extremoduro se cuentan nombres canónicos como el suyo, el de Lorca y el de Neruda, pero también muchos otros como Marcos Ana, Sor Kampana o su querido Manolillo Chinato, que son voces de su tierra, de la contracultura y de la resistencia. Mi propia poesía está empapada ineludiblemente del estilo y las formas de Robe y de las fuentes de las que él bebió. Quizá sea, de entre las personas que nunca he conocido, quien ha dejado en mí la huella más profunda. Él es quien me enseñó que el poder del arte bien nos podría salvar de una vida triste, de una vida inerte, y de una mala muerte.
El disco que más veces he escuchado a lo largo de los años es, sin ninguna duda, La Ley Innata. Me ha acompañado en los mejores momentos y también en los peores. Me lo he puesto otra vez esta mañana cuando he leído la noticia. Pensaba escribir sobre otro tema esta semana, pero hoy no hay nada más importante de lo que hablar. Todo lo demás puede esperar. Me despido de esta forma de nuestro poeta básico, del rey de la baraja, de un honrado traficante, el hijo pródigo de una Plasencia que le odió antes de aprender a ensanchar el alma. Nuestro escritor más romántico y nuestro filósofo más vulgar.
Los rockeros no van al cielo, pero él, una mañana cualquiera, se despertó con alas.
Vuela alto, Robe.


















