—Una vez, estando en la Ciudadela, entré en una habitación desierta y vi una silla vacía. Pero supe que allí había habido una mujer hacía tan solo un momento. El cojín conservaba la huella de de su cuerpo; la tela aún estaba tibia, y su perfume permanecía en el aire. Si al abandonar una habitación dejamos en ella nuestro olor, sin duda parte de nuestra alma debe permanecer aquí cuando abandonamos la vida, ¿no os parece?–
Qyburn a Jaime Lannister, Tormenta de espadas. George R.R Martin. Canción de hielo y fuego III.














